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29 de abril 2026 - 14:32

Bancarrota hídrica: el problema que nadie terminó de procesar

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El 75% de la humanidad vive en países con inseguridad hídrica

Durante años, la gestión del agua en las empresas fue sinónimo de eficiencia operativa. Reducir el consumo, optimizar los procesos, reportar métricas. Un problema técnico con soluciones técnicas. Un capítulo más en el reporte de sustentabilidad. Ese paradigma quedó obsoleto.

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Un reciente informe del Instituto de la Universidad de las Naciones Unidas lo dice sin rodeos: el mundo ha entrado en una era de bancarrota global del agua. No es una metáfora. Es un diagnóstico técnico: en muchas cuencas y acuíferos del planeta, el sobreuso, la contaminación y la pérdida de ecosistemas han llevado los sistemas hídricos más allá del estrés reversible. Ya no estamos hablando de gestionar la escasez. Estamos hablando de administrar pérdidas irreversibles.

Los números son contundentes. El 75% de la humanidad vive en países con inseguridad hídrica. Cuatro mil millones de personas sufren escasez grave de agua al menos un mes al año. El 70% de los principales acuíferos del planeta muestra un declive a largo plazo. En las últimas cinco décadas se perdió el 70% de los humedales naturales. El costo global estimado de las sequías supera los 307 mil millones de dólares.

Frente a este escenario, la pregunta ya no es cómo gestionar el riesgo hídrico. Es cómo operar en un mundo donde el agua escasea de forma estructural y donde las reglas del juego están cambiando más rápido de lo que la mayoría percibe.

Porque el agua ya no moldea solo las operaciones. Moldea la regulación, las finanzas, la cadena de suministro y la licencia social para operar. Los inversores la incorporan en sus análisis de riesgo. Los reguladores la integran en sus marcos de reporte. Las comunidades la ponen en el centro de sus demandas. Y la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Agua de 2026 va a ser, en palabras que comparto plenamente, "la arquitectura estratégica emergente de cómo el agua influirá en la regulación, las finanzas, las operaciones y la creación de valor."

Mi paso por el sector privado me dejó una certeza: ninguna empresa puede resolver el problema del agua sola. Una cuenca es un sistema compartido. Su gestión requiere actores que normalmente no se sientan en la misma mesa — empresas, gobiernos, comunidades, sociedad civil. Y también me dejó otra: el sector privado tarda en cambiar, pero cuando lo hace, puede mover el mundo. El carbono lo demostró. El agua necesita ese mismo movimiento — y lo necesita ahora.

Hace falta posicionar el agua dentro de la estrategia central de negocio, no solo en la agenda ESG. Participar en coaliciones multiactor en lugar de iniciativas aisladas. Combinar ambición con implementación real. Las empresas que sigan mirando el agua como un problema de eficiencia van a descubrir que llegaron tarde a una conversación que ya cambió de escala.

Argentina tiene una oportunidad concreta. Es un país con recursos hídricos significativos, con sectores productivos que dependen directamente del agua y con actores que ya están pensando el problema con seriedad. Iniciativas como "Agua para la Prosperidad", impulsada por Fundación Avina, son una señal de que esa conversación empieza a tomar forma. Pero no alcanza con abrirla — hace falta sostenerla y convertirla en acción coordinada. Alguien tiene que liderar ese proceso. En mi experiencia, esperar que lo haga el Estado es perder tiempo.

La bancarrota hídrica no es un problema del futuro. Ya está pasando. La pregunta es quién va a liderar la respuesta antes de que el costo de no actuar sea mayor que el costo de construir.

Cofundador de Ambition Loop, organización global dedicada a impulsar la colaboración transformadora entre empresas y gobiernos frente a los desafíos del clima y la naturaleza.

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