Vestidos como si fueran peronistas antes inclusive de la propia existencia de Perón («A mí me gusta decir peronismo, no justicialismo», aseguró la Presidente como si la palabra fuera un caramelo), desde el púlpito partidario habló él y, desde el recuerdo de los bombardeos de junio del 55, lo hizo ella. Sin importar, claro, que durante 5 años se olvidaron de la divisa y la marcha, también del nombre del fundador, como si citarlo invocara a la mala suerte. Apenas si concedían que Evita merecía homenajes. Pero todo pasa, la estructura sirve -permitió ganar la última elección- y el «Viejo», que traicionó ideales juveniles tan cercanos, puede volver a figurar en el manual kirchnerista. Para uso de los propios y para abuso de los piqueteros que lo denuestan. Queda, sin embargo, una incógnita: ¿Quién convirtió al peronismo en los últimos meses a los Kirchner?
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Se presentó Néstor concediendo hasta una limitada conferencia de prensa, lo que evitó hacer durante su gobierno. Caprichos del poder. Ahora, debido a obvias tensiones sociales, está en el cambio. No sólo habla con periodistas sino que, el sábado, cuando fue a la Plaza de Mayo, se encontró con los ministros de su esposa y hasta pareció que realizaba lo que tampoco había hecho antes: una reunión de gabinete. Sigue el cambio.
Y no le fue mal en su trato periodístico: afable, bastante simpático en ocasiones, con el vitriolo mínimo del sur para que todos sepan que es incorregible, demostró lo equivocado que estuvo durante un lustro granjeándose antipatías por su indiferencia y repudio a la prensa (o a ciertos periodistas, ya que para las empresas que hoy aborrece siempre tuvo tiempo, café, conversación y primicias, cuando no negocios). Pareció, en suma, más normal de lo que se lo imaginara, lejos del personaje que el sábado, también en la plaza, se exhibió más como un irrefrenable fanático del tablón, casi un barra brava -justo él, que no se emociona ni cuando Racing hace un gol- que en el proyecto de hombre de Estado con el cual amenazó ayer.
Abonó desde el PJ lo que luego anunciaría su esposa. Se anticipó para aligerarle el terreno, limpiando de escena a Luis D'Elía, esa bestia negra que ciertos sectores desprecian como vecino. El hombre que siempre pareció su Chirolita, más obediente inclusive que Guillermo Moreno -lo que constituye una hazaña para el Guinness-, quien dijo lo que él no se atrevía a decir, volverá a la semisombra: hasta le reprochó Kirchner que era proiraní. Generoso pago para la subordinación, al menos en ese sector son proclives al masoquismo. Y, para mostrar el cambio, rescató de la presunta infamia golpista a Eduardo Duhalde, inclusive le obsequió alguna frase lisonjera para desmentir su enojo porque el bonaerense promete volver a la política y, sobre todo, porque no le contesta el teléfono. Con esas dos declaraciones se ganó -se supone- la confianza de los bienpensantes de la sociedad a los que él despreció, a quienes además les regaló otro presente: se expidió como los constitucionalistas liberales contra la expresión de «tomar las armas» invocada por D'Elía. Hasta se burló diciendo: no leyó toda la Constitución. Vaya novedad. El ahora mansito Néstor se proclamó democrático más de una vez -a ver si alguien pensaba lo contrario-, dijo aceptar los disensos de Cobos en el gobierno y de Das Neves en el partido. Le faltó decir: bienvenida la crítica. Se repitió en quejas contra la prensa, reveló cierta tendencia policial al respecto («sos de 'Continental', Grupo Prisa, ya sé lo que vas a preguntar»), habló contra «La Nación», «Clarín» y alguna cronista de moda. Advirtió sobre el peligro de «Clarín» y que Héctor Magnetto, zar de ese grupo, sólo persigue negocios. Tardíos el descubrimiento y el enojo, casi de advenedizo, luego de 5 años de contubernio.
Mal dormido, con ojeras y una dentadura de la publicidad Colgate, se quejó en parte del campo -lo ninguneaba cual muchacho de café a De Angelis, diciéndole «Dangelis»- y reivindicó el derecho para insistir con el acto peronista de hoy en Plaza de Mayo. Para sostener la democracia y a Cristina, invitando a todos los argentinos. Una paloma de la paz reconvertida ayer, incurriendo en la propaganda de lo que fue su gobierno, asegurando que ha luchado más por los negros que por los blancos (parece creer, como afirmó siempre el gorilaje, que sólo la « negrada» estaba con Perón). Escasa credibilidad también cuando les imputó a sus adversarios la invención de los escraches (cuando los suyos se han hartado de atacar personas y empresas) o al afirmar groseramente que la pugna con el campo es «retenciones sí o retenciones no» (en verdad, es por un porcentaje de las retenciones). O cuando reclamó que no se deben cortar las rutas, ni una calle siquiera, cuando él hizo la vista gorda en el pasado y hasta auspició, con 14 gobernadores, el bloqueo -ya hace más de dos años-del puente que separa a la Argentina del Uruguay. Ya para la gracia fue su comentario de que los mercados no se conmueven en la Argentina a pesar de la crisis. Revela poca lectura económica, falta de datos sobre dólar, reservas, bonos o Bolsa, tal vez la creencia de que los peronistas no se interesan en esas pavadas (como les afirmaba el general, ¿para qué les importa el dólar si ustedes nunca vieron un dólar?).
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