El cambio climático, el talibán y las miserias estructurales que prevalecen 

Opiniones

La realidad es que tenemos un presente sombrío, donde lo único que se resalta es la carencia de valores. Del miedo al cambio, de aferrarse a la diplomacia 'por las dudas'. De esperar que, como diría Don Julio, 'todo pase'. 

En la década de 1820, el matemático francés Fourier advirtió que algo, que no podía determinar con precisión, estaba elevando la temperatura de la Tierra. Pero como todo es una cuestión de poder y riqueza, la situación no llamó la atención a nivel global hasta que en 1965 el entonces presidente estadounidense, Lyndon Johnson, sostuvo en un discurso que “esta generación ha alterado la composición de la atmósfera a una escala global; ello se ha dado a través de un incremento en el dióxido de carbono obtenido por la quema de combustibles fósiles”.

Dos décadas más tarde, más precisamente en 1988, Margaret Thatcher, entonces Primer Ministro del Reino Unido, hizo un primer llamamiento mundial para luchar con este flagelo: “El problema del cambio climático global nos afecta a todos y las acciones sólo serán efectivas si se toman internacionalmente. No es fructífero comenzar una riña sobre quién es el responsable o quién debería pagar por ello”.

Ni los discursos ni los datos duros torcieron un ‘destino manifiesto’. Ese destino en el cual la necesidad de producir más para ganar más y satisfacer un insaciable consumo, se transformó en el eje rector de nuestra era. Por ende, no puede sorprendernos que la crisis climática causada por el hombre sea la responsable de que la temperatura promedio global se incremente en torno a los 1,5ºC en la década de 2030, varios años antes de lo pronosticado hasta el momento, según un informe que publicó el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) de la ONU. Esta es la advertencia más dura hasta el momento sobre la velocidad y la escala del calentamiento planetario.

¿Qué significa esto? Si se toman en cuenta los impactos, la Tierra donde vivirán nuestros descendientes sufrirá mayores sequías, alza de los niveles del mar con riesgo para ciudades costeras, desarrollo de ecosistemas más frágiles, y graves efectos económicos para actividades como la agricultura y la ganadería. "La vida en la Tierra puede superar un cambio climático de envergadura evolucionando hacia nuevas especies y creando nuevos ecosistemas. Pero la humanidad no puede", sostiene el resumen técnico del informe.

Sin embargo, algunos miembros de la Elite global se encuentran obsesionados con la idea de no asustar, obviando hablar de una ‘dudosa’ crisis climática. O naturalizarla, quitándole la responsabilidad que le cabe al hombre: no por nada la naturaleza aparece bajo sus premisas teóricas como un ‘regalo para los procesos capitalistas de acumulación de riqueza’. "Lo peor es cuando no queremos afrontar la realidad y le restamos importancia a las cosas, diciendo 'todo va a ir bien, no te preocupes' o 'estamos haciendo todo lo que podemos', cuando muchos sabemos que ello no es cierto. Hay que dejar algo en claro: no hay vacuna milagrosa para el cambio climático", sostuvo en la presentación del informe Inger Andersen, Directora Ejecutiva del Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente.

Evitar un desastre climático exige cambios en nuestra forma de consumir, de producir energía, en nuestros sistemas de transporte. Y debemos asegurar al mismo tiempo que nuestros ecosistemas permanezcan intactos para continuar absorbiendo el carbono que emitimos. Pero sobre todo, se deben hacer negocios de otra forma, donde los grandes emisores de contaminantes acepten que existirá una pérdida económica que no podrán recompensar en sus balances. Difícil: requiere de mucho altruismo, especialmente de los poderosos, aquellos actores estatales y no estatales que compiten entre ellos por la supremacía del poder global - el G-7 implica el 26% y el G-20 el 78% de las emisiones contaminantes globales -. ¿Su justificación? El hacer lugar al bienestar colectivo podría determinar su descenso en la fase más álgida del realismo en las relaciones internacionales.

Por otro lado, el primer período de los talibanes en el poder en la segunda mitad de la década de 1990’, estuvo marcado por medidas brutales contra las mujeres como decapitaciones, lapidaciones, o la imposición para que utilicen el burka cada vez que se encontraran en la vía pública. Tampoco podían salir a la calle, a menos de que fueran acompañadas por un hombre de su familia. Después de que fueran derrocados, las mujeres afganas lograron avances significativos: solo para citar un ejemplo en términos institucionales, por primera vez las mujeres ocuparon altos cargos en la administración como ministras, alcaldesas, juezas y oficiales de policía.

Ahora, como diría el tan conocido eslogan político local, los talibanes sostienen que ‘volvieron mejores’. Sin embargo, no pareciera que realizaran un mea culpa que derive en cambios estructurales y superadores; sin ir más lejos, apenas tomaron el poder en Kabul hace solo unas semanas, no solo afirmaron que permitirán a las mujeres trabajar y estudiar "solo dentro del marco de la ley islámica", sino que el acompañamiento de un tutor masculino “solo se aplicará a viajes de tres días o más”.

En tamiz con aroma de suavizante occidental, el vocero de los talibanes sostuvo además que “nuestras mujeres son musulmanas y también estarán contentas de vivir bajo la sharía. Esperamos poder persuadir a la gente para que no haga lo debido, en lugar de presionarla”. Y luego añadió: “Estados Unidos y otros países occidentales no deberían interferir en nuestro país y sacar nuestros recursos humanos: médicos, profesores y otras personas que necesitamos aquí. En Estados Unidos podrían convertirse en lavaplatos o cocineros. Y ello es inhumano”.

Por supuesto, sus palabras se diluyen como arena entre los dedos al no existir elementos técnicos para evaluar racionalmente bajo qué muestra las mujeres mostraron su conformidad a vivir bajo el dogma talibán; tampoco cómo se puede hablar de acciones inhumanas en términos de calidad vida cuando se condena a la mujer, por el solo hecho de ser mujer, a las más denigrantes de las servidumbres. Una aberración que, a esta altura del siglo XXI, excede cualquier tipo de análisis cultural, étnico, religioso, o moral.

La que se puede concluir de los dos conceptos vertidos es que los temas de relevancia trascendental, aquellos que hablan del cuidado de nuestro planeta, nuestro hogar, como así también el valorar la vida humana como acto de amor supremo, donde la libertad y el desarrollo del deseo, el ocio, el aprendizaje sean derechos plenos y no un hecho fortuito del destino, quedan subsumidos ante la ambición y los intereses particulares de quienes buscan a como sea más poder y riqueza.

Nos encontramos entonces con una desigualdad, una desidia, una lógica de la acumulación desmedida, arraigada en aquellos que nada les interesa cambiar, pero que utilizan todas sus herramientas para difundir mensajes confusos que obstaculizan las posibilidades de quienes quieren demostrar que un cambio es posible: aquellos que pueden arrastrar a las masas a salir de su anestesia para poder vislumbrar, con mayor claridad, que no podemos seguir mirando para otro lado, taparnos los ojos, para dejar que el statu-quo siga triunfando para con el beneficio cortoplacista de unos pocos. Esos que piensan en una economía ilimitada dentro de un planeta limitado. Los que naturalizan el todos contra todos, el pobre contra el pobre, el hombre como propio lobo del hombre. Los que aceptan cualquier tipo de vejaciones a los derechos humanos porque ‘siempre fue así’, o porque ‘allá lejos es lo normal’.

La realidad es que tenemos un presente sombrío, donde lo único que se resalta es la carencia de valores. Del miedo al cambio, de aferrarse a la diplomacia ‘por las dudas’. De esperar que, como diría Don Julio, ‘todo pase’.

Podemos no verlo, y no siempre es nuestra culpa. Pero si lo sabemos, y lo entendemos, tenemos que involucrarnos de alguna manera. Con el voto, o como sea. Y si no nos interesa, pensemos en los más jóvenes. Ellos heredarán nuestro desastre y, a futuro, seguramente no serán tan pusilánimes como nosotros y pedirán que rindamos cuenta ante la destrucción de su mundo, ante la carencia de valores. Si no nos importa nuestra vida, nuestra aceptación de las miserias con los cuales convivimos y hacemos oídos sordos, aunque sea hagámoslos por nuestros hijos y nietos: tengamos un poco de empatía, un poco de altruismo, y dejemos una mejor humanidad para todos. Con un planeta sustentable y recordando a los talibanes como parte de un mal trago de la historia.

Analista Internacional, Twitter: @CafuDiego

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