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Chile luce atractivo. Por la coherencia de sus conductas, ciertamente. Pero, por sobre todas las cosas, por la coincidencia sustancial de sus principales fuerzas políticas en la necesidad de mantener el «modelo» económico que ha adoptado con éxito. Uno que ha sido notoriamente edificado sobre la economía de mercado. Uno que no le tiene miedo a la globalización sino que, por el contrario, procura sacar de ella las mayores ventajas, particularmente en el plano de las exportaciones. Uno que acepta el desafío del riesgo.
Los últimos datos sobre el estado de su economía confirman, todos, la solidez de su andar económico.
En el primer semestre Chile creció un soberbio 6,3% y, en el año, crecerá probablemente un aun más sólido 6,5%. Pese a la caída de la actividad minera, cuyos volúmenes de producción han disminuido -de un año a otro-un sensible 12%. Y, señores, las mediciones chilenas no comparan -como otrascon períodos de contracción que derivaron en maxidevaluaciones, razón por la cual no son engañosas.
Mientras tanto, con las exportaciones chilenas de cobre, apuntaladas por niveles muy atractivos de precios internacionales, Chile puede cerrar este año con exportaciones totalesdel orden de los 40 billones de dólares. Todo un récord.
La recaudación fiscal chilena está también creciendo, lo que en un país saludablemente aferrado al superávit fiscal estructural permite ejecutar políticas sociales activas y genuinas. Sin amenazas, ni abusos de poder. Los ingresos del Tesoro serán, este año, históricamente altos. Esto es, del orden de unos 3,1 billones de dólares.
El problema, donde aún las cosas no están resueltas, es el de la desocupación. Chile todavía tiene una tasa de 8,5%. Sustancialmente mejor a la nuestra, es obvio. Pero lejos de ser satisfactoria. Porque ella supone que hay algo más de medio millón de chilenos que buscan trabajo (no planes sociales) y están desocupados.
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