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En un mundo que la tecnología acerca y reduce espacios, que profundiza la competencia de las empresas para ofrecer mejores bienes y servicios a los consumidores y al menor precio posible General Motors debe cobrar en el precio de cada automotor que vende y antes de poner un tornillo en él nada menos que u$s 1.600 que son el costo promedio por unidad para cubrir las conquistas sociales de sus trabajadores y sindicalistas, en especial los subsidios a la atención de salud de los jubilados de General Motors y de sus pensiones.
Además, el directorio ni siquiera puede reestructurar sus fábricas sin consentimiento del sindicato por ejemplo, ni hacer planes de producción sin asegurar trabajo a cada línea de ensamblaje.
Todo muy lindo, pero así es como General Motors ha llegado a tener que seguir produciendo sólo en los EE.UU. unos 89 modelos de automóviles mientras su más fuerte competidor, Toyota fabrica 26. Un verdadero costo de manejo de stocks, de acuerdos ineficientes con proveedores, de ineficiencia en las cadenas de montaje, de sobrecostos de marketing y venta y por supuesto un drenaje permanente de dinero hacia cuestiones improductivas relegando la investigación y desarrollo. Los sindicalistas aun hoy se niegan a revisar los convenios colectivos de trabajo que tienen varias décadas y durante las cuales General Motors no ha dejado de ir declinando cada día. Sus argumentos son que «desde siempre hemos es
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