Contrasentido histórico: demonización de la soja
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La reconstrucción de las reservas internacionales hasta alcanzar los 50.000 millones de dólares actuales y la posibilidad de haber cancelado los 9.000 millones pendientes con el FMI, hubiera sido una quimera sin el concurso de las exportaciones del producto en cualesquiera de sus versiones, es decir medie o no proceso industrial. Constituye una ingratitud ignorar o disimular estas realidades.
En el terreno de las impugnaciones «in totum» unas veces por razones doctrinarias, cuando no por influencias ideológicas nostálgicas, se incurre en excesos, por supuesto, sin descalificar en ambos casos a sus sostenedores. El primer defecto de tipo técnico se asocia con la precariedad probatoria de las afirmaciones, entre las cuales el fomento del desempleo rural debido a la soja, sobre todo asociada con la siembra directa, configura un ostensible error.
En realidad lo que se ha operado es un traspaso de empleo de baja calificación por otro asociado con tareas identificadas con la sociedad del conocimiento ( informática, biotecnología, investigación, genética, manejo de malezas e insecticidas, etc.) todo lo cual aumentó la producción y la productividad, sin considerar el incremento del empleo industrial inducido por la generalización de inversiones en maquinaria agrícola y nueva tecnología, las que a su vez exigieron una fuerte demanda de personal con habilidades especiales, sobre todo en los centros urbanos del interior contribuyendo a retener población, lo cual no es otro dato menor. Los sectores transporte y seguros resultaron aventajados partícipes de la nueva configuración productiva. El primer polo aceitero del mundo y la transformación de los puertos tiene mucho que ver con el producto y con niveles de empleo en otras áreas.
El principal argumento ideológico, no doctrinario, porque el primero suele convertirse en una desviación del segundo, de acuerdo a una clásica distinción, abusa groseramente de la realidad. Según Alicia Dujovne Ortiz, se trata de un «cultivo maldito» que empobrece la tierra «para siempre» a manos de latifundistas feudales que, desafortunadamente, a mi juicio, nadie termina por definir ni censar, aunque muchos de los grandes productores son arrendatarios del mismo sector para hacer escala, cuando no financieros oportunistas que hoy frecuentan todos los paisajes aquí y en el resto del mundo.
Aapresid que nuclea a quienes practican la siembra directa que también se ha ido difundiendo en el resto del mundo, afirma lo contrario y desmiente la degradación de la tierra como fenómeno inherente al cultivo de la soja. Con la llegada de la biotecnología -aducen- se simplificó el control de malezas y de insectos. Luego, las técnicas de rotación permiten alternar el uso del recurso con trigo, maíz y ganadería, lo cual, de paso, aumenta explosivamente la explotación del recurso y su rentabilidad. Como consecuencia, se me ocurre que la oportuna presencia de la AFIP resultaría altamente conveniente para el fisco, sobre todo si la recolección de información confirma la concentración de beneficios.
Ahora bien, no todo es negro o blanco. Hay tonos y las circunstancias especiales que inspiraron la introducción de retenciones, o mejor derechos, hacen innecesaria la campaña de descrédito que empaña los logros conseguidos a través de un producto que modificó las arruinadas cuentas macroeconómicas argentinas. Mientras se normalice un enfoque tributario adecuado y mientras el peligro de inflación no se desvanezca de alguna manera, la pretensión de reducir la contribución de marras parece legítima en tanto los costos internos de insumos en pesos y en dólares han desdibujado, al parecer, desprolijamente la rentabilidad.
Si lo que se pretende es desviar recursos aplicados a la soja hacia otros renglones como los mencionados, en vez de demonizar a los productores más eficientes, hágase lo que sugiere Enrique Martínez desde el INTA. Incorpórese la obligación de rotar según preferencias y posibilidades del productor. Alárguense los contratos de locación o arrendamientos y también compénsense según las distancias los envíos de los pequeños productores para facilitar su desempeño.
El pretexto de la biodiversidad es válido hasta cierto punto en tanto no anule la orientación que sugieren los precios para asignar los recursos. En vez de combatir la soja parece razonable apuntar a reorientar la ganadería hacia producción intensiva (feed lots) y dejar más espacio para cultivos más rentables. Otras combinaciones permitieron en quince años pasar de 30 a 90 millones de toneladas de granos virtualmente en la misma superficie (Carassai), por supuesto inversiones y cambio técnico mediante. Por lo demás, el estancamiento de la ganadería ya es casi secular, como no ha sucedido en Brasil y Uruguay, por seguir en el vecindario. El primero siguió adelante y encabeza las estadísticas internacionales de ambos productos, de modo que aquí no hay misión imposible.




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