El mercado de créditos de carbono atraviesa una etapa de consolidación. A medida que más empresas incorporan objetivos de descarbonización en sus estrategias, también crece la necesidad de diferenciar entre proyectos que generan impacto ambiental real y aquellos que cumplen, principalmente, una función reputacional o contable.
Créditos de carbono: qué proyectos conviene priorizar si buscamos impacto real
En un mercado que madura, la diferencia ya no es solo cuántas toneladas se compensan, sino cómo y con qué impacto real. Elegir proyectos de alta calidad es clave para garantizar credibilidad climática y valor ambiental.
-
Banco Nación expandió 53% su cartera de préstamos en 2025, con fuerte impulso del crédito en dólares
-
Las compras de dólares del BCRA son la piedra angular de la macro 2026
El desafío hacia adelante no es adaptar la naturaleza a nuestras herramientas, sino desarrollar tecnología, metodologías y estándares capaces de capturar y verificar la complejidad real de los ecosistemas que buscamos proteger.
Dentro de este escenario, las soluciones basadas en la naturaleza (Nature-Based Solutions, NBS) ocupan un lugar central. Sin embargo, agruparlas bajo una misma categoría puede resultar engañoso. No todos los proyectos ofrecen el mismo nivel de impacto climático, ecológico ni el mismo grado de permanencia. Para las compañías que buscan créditos de carbono de alta calidad, esta distinción es clave.
Actualmente, el mercado se organiza en torno a tres grandes tipologías de proyectos.
Los proyectos REDD+ apuntan a reducir emisiones evitando la deforestación y degradación de bosques existentes. Son urgentes y necesarios, especialmente en regiones bajo fuerte presión ambiental. Su aporte, sin embargo, se limita a evitar emisiones futuras: no capturan dióxido de carbono adicional, sino que previenen su liberación. En términos de impacto, protegen lo que aún existe, pero no regeneran ecosistemas degradados. Son cruciales ya que son las grandes arcas genéticas del planeta.
Los proyectos de forestación, reforestación y revegetación (ARR) buscan crear nuevos bosques en áreas ya deforestadas. Su potencial es de largo plazo y su atractivo radica en una narrativa simple y clara, en la facilidad de monitoreo y en el alto potencial de captura de carbono. No obstante, presentan desafíos ecológicos relevantes. Los ecosistemas recreados difícilmente alcanzan la complejidad, biodiversidad y resiliencia de los bosques nativos, lo que introduce mayores riesgos en términos de permanencia e impacto real. Ojalá funcionen, pero recién en 20-40 años podremos tener suficiente información para sacar conclusiones.
En contraste, los proyectos de Manejo Forestal Mejorado (Improved Forest Management, IFM) se desarrollan sobre ecosistemas altamente degradados, pero aún funcionales. Su principal fortaleza es el impacto inmediato: el secuestro de carbono comienza desde el primer día del proyecto, al mismo tiempo que se detiene la degradación y se protege la biodiversidad existente, en muchos casos con especies endémicas o en peligro de extinción. Desde una perspectiva climática y ecológica, son los proyectos de mayor impacto disponibles en la actualidad. El desafío está en otro lado: su gestión, monitoreo y trazabilidad son más complejos.
El mercado de carbono tiende a inclinarse por soluciones estandarizadas, escalables y fáciles de auditar. Sin embargo, esta preferencia abre una pregunta estratégica para empresas e inversores: ¿tiene sentido priorizar proyectos con menor impacto ambiental solo porque son más simples de medir, comprender y comunicar?
Si el objetivo es generar créditos de carbono de máxima calidad, el orden de prioridades debería ser claro. Primero, los proyectos IFM, que restauran y conservan ecosistemas complejos aún existentes. Luego, REDD+, enfocados en proteger lo que todavía no se ha perdido. Finalmente, ARR, como una estrategia de regeneración desde cero, con una mirada de largo plazo y mayores riesgos asociados.
El desafío hacia adelante no es adaptar la naturaleza a nuestras herramientas, sino desarrollar tecnología, metodologías y estándares capaces de capturar y verificar la complejidad real de los ecosistemas que buscamos proteger. En un mercado que exige credibilidad y resultados medibles, cada tonelada importa, pero no todas generan el mismo impacto ambiental ni el mismo valor sistémico. La verdadera diferenciación estará en reconocer esa jerarquía y alinear capital, incentivos y regulación con las soluciones que realmente importan.
CFO de Nideport




Dejá tu comentario