Tras un año y medio de pandemia y restricciones sobre la actividad, la economía argentina se encuentra nuevamente en un proceso caracterizado por las tensiones y la inestabilidad. De hecho, históricamente hemos presenciado eventos de crisis de distinta intensidad, seguidos de planes de estabilización que han llevado hacia fases de cierta “calma” pero marcada fragilidad.
Regresó un común denominador histórico de la economía que se va y siempre vuelve
La pandemia de coronavirus causó una fuerte crisis en la economía mundial. Sin embargo, en el escenario local la inestabilidad se presenta como un común denominador.
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La inestabilidad económica, una constante en el escenario local.
Desde el plan de estabilización de finales de la década de 1970, pasando por el plan Austral y Primavera, la Convertibilidad, y los años subsiguientes al 2000 de fuerte crecimiento (en el marco del ciclo expansivo del precios de las commodities), hasta el estancamiento económico desde el año 2011 y el plan de déficit primario cero del año 2018; todos los programas tuvieron una agenda basada en el tipo de cambio como ancla nominal y como variable causal sobre expectativas, e inicio de un proceso de desinflación de precios domésticos.
Todas esas experiencias con ciclos de ajuste, expansión, distorsión de precios, contracción y nuevos ajustes, no han logrado procesos estables de crecimiento ni consolidación, pero sí crecimiento económico con vaivenes frecuentes. La finalización de las fases expansivas se materializaba en frenazos de la actividad, niveles medios y altos de inflación, y salida abrupta de capitales, afectando principalmente el lado monetario y financiero de la economía. Ese marco determinaba grandes depreciaciones del tipo de cambio, caídas bruscas del PBI, y redistribuciones regresivas de riqueza a gran escala. En este sentido, no resulta llamativo que actualmente emerja cierta discusión sobre la necesidad de una nueva depreciación, sin tener otros instrumentos combinatorios que converjan hacia un corredor de estabilidad económica.
La experiencia de los años 2018 y 2019 se presenta con similitudes: incertidumbre sobre la política económica, estancamiento económico, saltos devaluatorios y salida de capitales. Sin embargo, debemos notar que durante esa experiencia no se observan potenciales desestabilizaciones sobre el sector financiero dado que, en esa oportunidad, no existía un sustancial descalce de monedas; el financiamiento en moneda extranjera se realizó hacia agentes con capacidad de generar liquidez externa. A esto se sumó la intensidad en las regulaciones precautorias impuestas por el Banco Central, con un nivel de encaje de 20%. Ciertamente, el plan de estabilización y ajuste fiscal del bienio 2018-2019 no tuvo éxito, y sobre “llovido”, se le agregó el fuerte shock COVID-19.
Hoy, la economía se sitúa, una vez más, en una fase poco favorable luego de la fuerte caída del PIB de 9,9% interanual durante el 2020. Durante el primer trimestre de este 2021 el producto solo creció 2,5%, ese resultado se compara con el mismo período del año pasado cuando el PIB había caído 5%. Si bien el dato del primer trimestre 2021 es positivo, el aumento solo representa una recuperación parcial. La perspectiva negativa sobre la actividad se agudiza cuando notamos que la expansión fiscal del año 2020 fue sustancial. El aumento del gasto corriente fiscal (base caja) fue 66% interanual, donde se destacan los aumentos en las prestaciones sociales de 40% y de subsidios económicos en 74%. Cifras notorias en una economía con disminución de empresas y formalidad, es decir, menor universo de contribuyentes que financien ese mayor nivel de gasto.
La actual crisis económica, si bien se presenta en una magra recuperación, es acompañada por niveles altos de inflación, lo que se traduce en estanflación. Nuestra economía no muestra una recuperación que sea convergente y en mayor medida que las caídas previas. Desde el Banco Central se proyecta que el producto solo crecerá 6,1%, lo cual puede estar sujeto a revisiones a la baja. Esa proyección es sustancialmente menor a la contracción de 9,9% del año 2020. En ese sentido, es notoria la cantidad de eventos de ajuste y crisis y, más aún, que la economía no haya retomado el crecimiento estable desde el año 2001. La pregunta natural derivada de esa observación, debería referirse a “¿cuándo recuperaremos lo perdido?”. La respuesta no es clara y se sitúa en el campo del ajuste, en lugar de la recuperación del costo generado, solo con observar la pérdida del nivel de empleo formal y el aumento de la pobreza.
Otro de los factores es la acumulación de distorsiones y ajustes a implementar, que genera una economía que no dispone de instrumentos de gestión acordes ni tampoco un rigor político adecuado; no sirven de nada las tensiones en el seno del poder. El alcance y la eficacia de la gestión económica que se asocia con la política no es el esperado: se circunscribe a la necesidad de generar expectativas e incentivos convergentes a la estabilización. Naturalmente, el objetivo de estabilizar una economía con una historia inflacionaria persistente y de un alto nivel de sobrerreacción hacia la demanda de dólares, se torna en un desafío que necesita variados instrumentos y un acuerdo generalizado.
No solo existe la necesidad de implementar una gestión clara y bien informada sobre la futura política monetaria, sino que serán determinantes los instrumentos de política económica adecuados a los objetivos establecidos. Sin dudas, para no reiterar y profundizar los ciclos mencionados, necesitamos un mayor y mejor espacio de política que impulse acuerdos con hidalguía y claridad, en lugar de mayores divisiones.
Economista investigador IAE Business School, Universidad Austral.
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