ver más

Ya superaste el límite de notas leídas.

Registrate gratis para seguir leyendo

8 de agosto 2026 - 00:00

Cuánta vida vale tu sueldo

El poder adquisitivo no se mide solo en pesos, salarios o índices: se trata de cuánta vida cuesta conseguir aquello que necesitamos. Recuperarlo exige mucho más que una decisión económica puntual: requiere estabilidad, empleo formal, productividad y, sobre todo, una dirección sostenida durante generaciones.

ver más

Qué es en realidad el poder adquisitivo, para qué le sirve a una persona y a una sociedad.

Hace casi dos siglos y medio, Adam Smith escribió una frase que todavía no logramos incorporar del todo: el precio real de cualquier cosa no es lo que figura en la etiqueta, sino el esfuerzo y la fatiga que cuesta conseguirla. Es una idea desconcertantemente simple y, al mismo tiempo, la definición más exacta de aquello que hoy llamamos poder adquisitivo. No es cuánta plata gana una persona. Es cuánta vida tenemos que entregar para conseguir lo que necesita.

El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.

Como abogado laboralista que liquida sueldos todos los meses, tengo la costumbre profesional de traducir todo a horas. Un par de zapatillas no cuesta ochenta mil pesos, cuesta dos jornadas de trabajo. Un alquiler no cuesta cuatrocientos mil, cuesta la mitad del mes de una persona que se levanta a las seis. Cuando uno hace esa conversión, deja de discutir sobre índices y empieza a entender de qué se trata realmente el asunto: el poder adquisitivo es el tipo de cambio entre nuestro tiempo de vida y las cosas del mundo. Todo lo demás es contabilidad.

La idea, curiosamente, no nació en un banco central sino en un aula. En 1556, un teólogo y jurista navarro, Martín de Azpilcueta, observó desde Salamanca algo que nadie había sabido explicar, los barcos llegaban de América cargados de plata y, sin embargo, en España todo se volvía más caro. Escribió entonces que el dinero vale más donde y cuando escasea. Fue la primera formulación de lo que siglos después llamaríamos teoría cuantitativa del dinero. Recién en 1918 el sueco Gustav Cassel acuñó el término técnico, paridad del poder adquisitivo, para comparar economías no por lo que declaran, sino por lo que su gente efectivamente puede comprar.

¿Para qué le sirve el poder adquisitivo a una persona? Aquí está lo que las estadísticas nunca dicen. Sirve, sobre todo, para poder decir que no. Quien tiene margen puede rechazar el trabajo que lo humilla, esperar una oferta mejor, mudarse, estudiar, cambiar de rumbo, sostener a un hijo enfermo sin que la economía familiar se derrumbe. El poder adquisitivo es el sustrato material de la libertad: sin él, la autonomía es una declaración lírica. Una persona sin capacidad de compra no elige, obedece a la urgencia, y la urgencia es la peor consejera que existe. Por eso el que no llega a fin de mes no solo tiene menos cosas: tiene menos futuro, porque el futuro es, antes que nada, la posibilidad de postergar.

¿Y para qué le sirve a una sociedad? Para exactamente lo mismo, pero multiplicado. Una sociedad con poder adquisitivo planifica; una sociedad sin él, sobrevive. La primera tiene mercado interno, ahorro, matrículas universitarias, obras que se empiezan sabiendo que se van a terminar. La segunda tiene changas, cuotas, y una clase media que dejó de proyectar para pasar a administrar el daño. Y hay algo más, menos económico y más político: el poder adquisitivo es el termómetro del contrato social. Cuando una generación entera trabaja más que la anterior y vive peor, la paciencia democrática se agota. Ninguna institución resiste indefinidamente el desmentido cotidiano del bolsillo.

¿Por qué se pierde? Por tres vías, y las tres son silenciosas. La primera es la inflación, que Keynes describió como el método más eficaz para confiscar riqueza sin que nadie lo advierta: nadie firma el decreto, nadie sale a la calle, y sin embargo todos los meses alguien es un poco más pobre. La segunda es más sutil y es global: la desconexión entre productividad y salarios. En los Estados Unidos, entre 1948 y 1973, la productividad y la remuneración del trabajador típico crecieron juntas, casi como dos líneas paralelas. Desde 1973 se separaron, y hoy la productividad creció alrededor de tres veces más que el salario mediano. Se produce más que nunca, pero lo que se produce de más no llega al que produce. La tercera vía es la informalidad: un empleo sin aportes no solo paga menos hoy, cancela el poder adquisitivo del mañana, porque no hay jubilación, ni indemnización, ni obra social, ni antigüedad que capitalizar.

Ahora la pregunta difícil, la que en Argentina evitamos hacernos: ¿cómo se recupera? La respuesta internacional es incómoda porque no es rápida. El último Informe Mundial sobre Salarios de la OIT muestra que los salarios reales globales crecieron 2,7% en 2024, el mayor aumento en quince años; pero el propio organismo aclara que en muchos países ese crecimiento todavía no repuso lo perdido durante la crisis de precios. Recuperar lleva más tiempo que perder. Siempre.

El caso más aleccionador es Polonia. En 1991, el ingreso per cápita polaco equivalía al 28,5% del alemán medido en paridad de poder adquisitivo. En 2022 había superado el 66%. Su producto por habitante se multiplicó casi por seis desde 1990 y su poder adquisitivo creció alrededor de un 91%. Este año Polonia superó a España. No fue un milagro ni una fórmula secreta: fue estabilidad monetaria sostenida, apertura comercial, inversión en infraestructura y educación, previsibilidad institucional y ,esto es lo esencial, treinta años de una misma dirección, atravesando gobiernos de todos los signos. España, en cambio, es uno de los países europeos que menos poder adquisitivo ganó en las últimas dos décadas. La diferencia entre ambos no fue el diagnóstico: fue la constancia.

Hay una imagen antigua que me acompaña cuando pienso estas cosas. Los constructores de catedrales colocaban piedras sabiendo que jamás verían la obra terminada; trabajaban con la escuadra en la mano, midiendo cada bloque, conscientes de que la perfección de la obra dependía de la perfección de cada pieza, y de que el mérito no era el aplauso final sino el trabajo bien hecho. Sabían algo que nuestra época olvidó: que sobre el nivel todos los que trabajan son iguales, y que ninguna construcción verdadera la termina quien la empieza. Recuperar el poder adquisitivo de un país es exactamente eso: una obra de varias generaciones, donde los que ponen los cimientos no cortan la cinta.

Argentina lleva demasiado tiempo intentando el atajo, el aumento por decreto, el congelamiento, el índice que se corrige antes que la realidad. Y el resultado es siempre el mismo, porque el poder adquisitivo no se decreta, se construye, con moneda estable, con empleo formal, con productividad que se reparta, con reglas que sobrevivan al gobierno que las dictó.

Porque al final, cuando uno mira un recibo de sueldo, no está mirando un número. Está mirando cuánta vida vale el trabajo de una persona en un país determinado y en un momento determinado. Y esa, y no el índice de precios, es la medida más honesta de lo que una sociedad piensa de sí misma.

Últimas noticias

Te puede interesar

Otras noticias