CUENTOS DE LA PANDEMIA III: "Qué día es hoy"

Opiniones

Sentirse improductivo hasta darse cuenta que no estás solo. Una llamada cotidiana que despierta sentidos y nos baja a tierra. Para qué estamos acuarentenados.

CUENTOS DE LA PANDEMIA es una sección de Ambito.com donde se publican cuentos breves, historias, relatos, crónicas o ensayos de ficción, vinculados a la pandemia del coronavirus Covid-19.

La mañana del 20 de marzo me desperté y todo estaba así: muertos en todas partes del mundo, tumbas comunitarias, médicos tuneados de nuevo ejército. El agua y el jabón de pronto se volvieron más poderosos que la pólvora y el alcohol en gel pasó a ser la mejor replica de un arma blanca. Iglesias, clubes de fútbol, sociedades de fomento se convirtieron en hospitales ambulantes. La gente dejó de salir de sus casas y la mayoría pasamos a tener vida social en la cola de los supermercados. El límite de salidas estaba delimitado en hacer las compras o trabajar. Muchos lo asocian con un peronismo recargado: de casa al trabajo, del trabajo a casa. El sexo mutó y terminó por convertirse en eso que Woody Allen describió en la película El Dormilón.

Lunes, martes, miércoles, cualquier día ya es igual. Hablar con los amigos o la familia se volvió terreno de aplicaciones para videollamadas, el wifi el nuevo motivador de stress y el inicio de las conversaciones adquirieron nuevas plantillas: “se corta”, “debe ser la señal”, “espera que hago la reunión de nuevo”, “que voz de robot tenes”.

A pesar de eso, mamá quiere que hablemos dos veces por día. Lo intentamos y si unos segundos de silencio invade nuestras pantallas, me pregunta:

“¿Me escuchas?” “¿Y, ninguna novedad para contar?”

Sí, la misma que ayer: series, libros, home office, limpiar la casa y el anhelo de que vuelva la vida anterior. La del viaje al fin de la noche, los besos y los abrazos.

Cuesta hablar. No sé qué contar. Es un gran verso eso de que las redes sociales o que los teléfonos sirven de compañía para estas ocasiones o que siempre hay que decir algo inteligente de los horrores. No veo conveniente tener que inventar un optimismo o estructurar un pensamiento estilo Darío Z para tranquilizar a esa cara que aparece del otro lado de la pantalla. Lunes, martes, miércoles, cualquier día ya es igual. Y esto se volvió una convención de ansiedades que buscan aprovechar todo curso online que anda pululando por ahí. Hay que aprovechar el tiempo, volverse productivo.

En estos momentos lo único que quisiera es no haberme llevado matemáticas todos los años de secundaría para entender mejor eso de la curva. ¿Cuántos más faltan morir? Hay una parte que intento resolver por otras vías para no quedar del lado de ese muro que contiene a todos los que quieren pasar por alto la angustia. Por qué, me pregunto, se intenta esquivar el sufrimiento. ¿Ves? Hace mal quedarse encerrado. Uno piensa demás. Piensa y el sinsentido recobra un gran protagonismo en estos momentos. Se ve que este detalle no lo tuvieron en cuenta y ahora se acumulan una docena de filósofos en las redes sociales. Ahí me está llamando un amigo.

- Hola Boludo – dice del otro lado de la pantalla una imagen que de a ratos queda congelada - ¿Me escuchas bien?

- Sí, bastante bien. ¿En qué andas?

- Acá, encerrado…- se ríe.

- ¿Ya hiciste yoga, cocinaste, leíste veinte mil libros, escribiste un libro y grabaste un disco casero?

- No tuve tiempo de hacer todo eso todavía. Y eso que ya van como 35 días de encierro.

- Dale, para eso me llamaste. Ya hablamos ayer…

La imagen volvió a quedar congelada, una leyenda dice que la conexión es débil y se corta.

Lunes, martes, miércoles, qué día es hoy. El desayuno es un pedazo de pollo frío que sobró de anoche y al café con leche lo reemplacé con mates. Charly García canta que detrás de las colinas sale el sol y que tanto dolor se va acabar. Esa canción funciona como las palabras de esos curas que te van a bendecir antes de que te mueras. No, espera. Basta de esta tonta oscuridad 2.0.

Cuentos de la Pandemia Que dia es hoy 2.jpg

De ahora en más voy agradecer el nuevo día, la salida del sol, el olor de la comida. Voy a disfrutar de la ducha, de la carne que me traen los de Pedido Ya, de las salidas al chino, de las vueltas manzanas que doy con la excusa de pasear al perro y de haber aprendido a lavarme las manos. Hay que agradecer estar acá, aunque nadie te lo haya consultado.

Salgo a tender la ropa. Las dos o tres prendas que uso todos los días: pantalón de Jogging, la remera de Sumo y el barbijo que recuerdo haber lavado unas cuatro veces.

Otra vez está llamando mamá.

- Hola hijo, cómo estás. Quiero decirte que te quiero mucho.

- Mamá, por favor. Dicho así suena a despedida.

- No, qué horror. No digas eso.

- Pero sonó así. Qué tal todo por allá.

- Bien. Me descargué una aplicación de charlas que ayudan a reducir el stress.

- ¿Y? ¿Funciona?

- No sé. Me entretuve leyendo el chat interno que tenemos los participantes. ¿Vos, en qué andas? No me digas li mismi de siempri. Ponete las pilas.

- Estoy colgando la ropa y agradeciéndole al sol.

- Dale, no me cargues.

- Posta te digo. Me anoté en un curso online para aprender a agradecer… No me dejó terminar la frase. Me cortó.

Todavía no entiendo por qué se enojó. En estos momentos estoy terminando de instalar la aplicación de ese curso. Cuando pueda le voy a mandar un print de pantalla para que vea que es cierto, mientras tanto tengo que seguir agradeciendo y aprovechando la cuarentena. Me da miedo que el vecino del balcón de enfrente llame a la policía para denunciar mi improductividad o que esto sea foco de un nuevo rebrote de cacerolazos a las 21:30.

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