CUENTOS DE LA PANDEMIA I: "Clase a distancia en cuarentena"

Opiniones

Una maestra de primaria regresa de un viaje y se encuentra con el desafío de volver al aula con sus alumnos en medio de una pandemia. ¿La misión? Que al final de la clase todos aprendan algo nuevo.

Por Esdian

A diario, me acerco a la ventana y pienso cómo me gustaría pedalear las calles, cierro los ojos y visualizo el camino que cada mañana tomaba para ir a la escuela.

Me distraigo, y comienzo a imaginar una gran pista de carrera, montada sobre la Avenida Beiró, el barrio entero preparado y despierto a primera hora de la mañana, y como si se tratara del Tour de France, observa desde sus veredas, ahora decoradas con guirnaldas de papel.

Luis, el panadero, que jamás lo he visto sino es detrás de su mostrador y con su delantal cubierto de harina, me grita desde la puerta vidriada en un francés nativo: Tu vas être en retard. Commencer à pédaler.

Me subo a mi bicicleta, y con el vestido más lindo, el que nunca quiero usar, por temor a rajarlo, esta vez flamea como una bandera sin engancharse en ningún lado. Recorro así una pista que me lleva directo a la Avenida Nazca, donde al llegar, la clase me espera en un eterno recreo, que yo, la recién llegada estoy a punto de cortar, con una entrada triunfal. Sacudo la cabeza, y sí, es un sueño, o algo parecido. Miro la hora en el reloj de péndulo que decora la habitación, en cinco minutos empezaré una clase a distancia.

Trato de acomodar todo, y que desde la pantalla no se note que aún no he desarmado la valija desde que volví de viaje, hace más de un mes. Intento que alguno de mis miedos no se noten cuando rondando las nueve de la mañana empiece el encuentro a través de la computadora, sin pizarrón, sin tiza, pero con la clase completa.

Somos puntuales, y, en esta oportunidad, el tráfico porteño no tiene protagonismo. Nos saludamos. Como hacíamos cada mañana, pero no hay beso, ni abrazos, ni upas. Tenemos tanto de qué hablar, llevamos casi un año y medio sin vernos. Desde sus habitaciones las familias saludan, las mascotas acompañan, intentando también unirse a la clase.

—Hoy vamos a trabajar con Quaderno di fantástica, les digo en un italiano improvisado antes de sentarme con el libro en la mano, en una especie de set televisivo que armé en la habitación en la que vivo desde que llegué, en la misma calle en la que vivía Julio Cortázar.

Les cuento que el autor del libro, era maestro y comenzó a recopilar historias que luego fue juntando en esto, su cuaderno de fantasía, en una Italia infectada con un virus casi tan peligroso como el que hoy nos tiene en vilo en nuestras casas: la guerra.

—¿Cuál guerra? ¿La primera o la segunda?, pregunta él desde una de las ventanas.

—La segunda, le respondo.

—¿No fue en Alemania?— retruca otra de las voces con tono de duda desde una habitación decorada con los colores de Boca.

—Fue en casi todo el mundo. Muchos países participaron y la sufrieron de diferentes maneras. La guerra se sufre, no se pelea, sentencio.

—Como el coronavirus, agrega él.

—¿Vos no lo tenes Seño?— pregunta ella, a quien recuerdo siempre bien peinada en el aula, pero ahora, a distancia, está en piyama mientras su mamá le alcanza un vaso de leche chocolatada.

—No, respondo. Y abriendo los ojos, y mirando de costado, dudo ya de mi respuesta.

—¿Cuándo estabas en Italia no había pasado nada?— insiste ella.

Saben que los últimos meses antes de volver a Argentina viví en un modesto edificio en un barrio de Siena, porque les envié cartas contándoles.

—No, parecía un lugar normal—, les digo.

—¿Sigo?—, pregunto al resto que me escuchan mientras me saludan y hacen caras.

Gianni Rodari, armaba sus clases de italiano a orillas del Lago Maggiore, donde quienes aprendían eran los hijos de familias hebreas que pensaron que, llegando a Italia, se habían salvado del nazismo, y asistían de 7 a 10 de la mañana.

Y creo pertinente, leerles una parte del libro en la que Gianni se denomina a sí mismo como un mal maestro, uno que sólo contaba a su clase historias fantásticas. Todo era inventado, cuentos que no se basaban en lo más mínimo en la realidad.

— ¿Por qué creen que hacía eso? — , interrumpo la lectura para preguntarles.

— ¿Les contaba historias de mentira? — , dice una voz desde una esquina de la pantalla.

— Sí, más bien historias que él quisiera que fuesen realidad — , les digo.

Y él desde un cuarto muy oscuro, donde no logro ver qué cuelga de sus paredes, mostrando su sonrisa incompleta de dientes delanteros, dice: porque lo que les pasaba era feo.

— ¿Qué les pasaba? — , le pregunto haciéndome la que no entendí.

— Y… la guerra, escaparse, que los maten Seño, lo dijiste antes — , me ubica ofuscada la voz xeneize.

— Sí, es por eso. A Gianni le parecía que era mejor escapar de la realidad y por eso uno de los capítulos de este libro, habla del prefijo arbitrario.

— De árbitro, dicen a coro — , como en tribuna.

— Sí, de arbitrar en realidad, que… ¿alguien sabe qué significa?

— Es como dirigir, lo que hace el árbitro — , dice una de las voces luciendo gafas nuevas y aparatos en los dientes.

— Algo así, pero para poder arbitrar, tiene que haber dos partes.

— Claro — , dicen a coro.

— River, Boca — , dice nuestro xeneize comentarista.

— ¿Vieron la lista de palabras que les mandé? — , digo levantando un papel como el que tendrían que tener a mano.

Y en ese momento hay quienes la tienen a mano y hay quienes corren a buscar a alguien que los auxilie para que no se note que no hicieron la tarea. Saludo a cámara a familias completas en piyama, y a algunos integrantes con guantes de goma y hasta puedo sentir el olor a lavandina cuando me saludan, a través de la pantalla.

Después de un rato, la mayoría tiene su lista de palabras y podemos seguir la clase.

— Esas palabras que tienen ahí, son prefijos, e invito a leerlas casi a coro.

La pantalla se parece al video de ‘Rapsodia Bohemia’ de Queen o a la parodia que hacen los Muppets.

— ¿Dónde las leyeron antes? — , les pregunto.

— En todos lados, las tienen todas las palabras — , dicen algunas voces del margen superior.

— ¿Las tienen o se las agregamos? — , retruco.

Algunas caras asienten, otras con algunos perros de departamento buscan distraerse de la clase virtual.

— Con estos prefijos, vamos a jugar un rato — , les digo.

Vamos a inventar algunas palabras que quizás no existan en la realidad, pero sí en nuestra imaginación. A mí me gusta una que es la que inventó Gianni. Puso el “des” adelante de “país” y en ese momento inventó el despaís, que fue el único que podía deshacer la guerra.

— ¡Desorden! — , dice ella desde la esquina de mi monitor, percatándose de la presencia de un prefijo en la palabra que describe su cabellera mañanera.

— ¿Jugamos? Inventen uno y explíquenme para qué sirve.

Les sugiero cortar y que entrando la tarde, podemos compartirlo.

Me despido y cada una de las ventanas se van cerrando. Excepto una, la de él, que entre dientes caídos y la habitación tan oscuro, solo alcanzo a ver su sonrisa, como la del gato de Cheshire.

— Seño, no tuvimos recreo — , me recrimina.

— No, tenemos otros, pero no como los del cole.

Con él solíamos jugar en cada recreo y charlar bastante. A veces se enojaba cuando mirando la hora, aplaudía y les avisaba que había que ir al aula. Pero al rato se le pasaba y me perdonaba.

— ¿Cómo estás?, le pregunto. Está oscuro tu cuarto, no veo nada.

— Ah, esperá que prendo la luz — , me dice.

Y a los pocos minutos, su habitación tiene pintada sobre la pared la figura de un jugador de básquet encestando un aro que está en el límite con el techo.

— Estoy bien, extraño mucho la plaza, pero, ¿sabes qué extraño más? — , dice mientras deja caer y la sostiene con el puño.

— No, ¿qué? — , le pregunto.

— La cancha de básquet. ¿Te acordás Seño que nunca encestabas?

— Sí, ya mejoraré — , le digo sabiendo que eso jamás pasará.

Después de hacerme un tour por su casa, nos saludamos, y le cuento que mi prefijo preferido es: bi.

— ¿Por que ese? — , me pregunta levantando una ceja.

— Bi, de bicicleta. Yo extraño mucho salir a pedalear — , le confieso y me escapo un minuto de la pantalla para mirar por la ventana.

Me mira y baja la cabeza. Nos despedimos, esperando encontrarnos en un rato para compartir su prefijo arbitrario.

Pero a la hora de la puesta en común, él no estaba.

Esperé su escrito y nada. Revisé y actualicé la casilla de mail y nada.

Entonces, fuera del horario escolar y de trabajo, decidí hacerle un llamado.

Su mamá, ya sin piyama y sin guantes, me atendió y me felicitó porque estuvo todo el día trabajando en la tarea. Ella recorre un pequeño departamento, toca la puerta y le avisa que tiene un llamado.

— Tu maestra te llama — , le dice mientras entra en su habitación.

— Seño, me olvidé de la clase, pero mirá —, y me muestra, en vivo y en directo, su prefijo hecho a pura fuerza de voligoma y tijera.

— ¡Una canchita de cartón! ¡Qué genial! — , le digo mientras trato de pensar qué tiene que ver con los prefijos.

— No — me corrige — es una bicanchita. Una cancha en la que se entra jugando siempre de a dos — , me cuenta agarrando su estadio a cielo abierto donde no hay ninguna línea recta.

— Los aros, los hice bajitos para que nadie se quede sin embocar — , mientras me sigue contando recorre con el dedo índice los alambres que forman una circunferencia perfecta, en donde entrarán todos nuestros tiros.

— En esta canchita, no se puede jugar solo, siempre necesitás a alguien. Porque si no, no hay juego.

— ¿Te gusta? — , me pregunta después de que permanecí en silencio durante toda la descripción.

— Es hermosa, es de los Chicago Bulls le digo, como la remera que siempre llevabas en segundo grado.

— Sí, no te olvidaste. Ahora tengo dos más.

— No, nunca.

Canchita de basket 2.jpg

Él sigue contándome todo lo que podemos hacer en la Bicanchita, que tan maravillosa es que los partidos que allí se juegan son tan mágicos que logran exceder el tiempo del recreo.

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