16 de marzo 2005 - 00:00

"Dolardependencia", la madre de todas las crisis

Dolardependencia, la madre de todas las crisis
A juzgar por nuestra historia económica de los últimos 30 años, George W. Bush es el personaje a quien los argentinos deberíamos estarle más agradecidos. Su decisión de invadir Irak y generar así un descomunal déficit fiscal, que ascendió a u$s 413.000 millones en 2004, tras el superávit de u$s 236.000 millones que recibió de Bill Clinton en 2000, depreció el dólar 40% (frente al oro) en sus cuatro primeros años de gobierno. Estos ciclos de gran depreciación internacional del dólar siempre han sido una garantía de éxito para los planes económicos acometidos por todos los ministros de Economía de nuestro país.

Al contrario, todos los momentos de dólar fuerte han resultado demasiado exigentes para nuestros gobiernos y condujeron inevitablemente a crisis profundas y terminales. El éxito argentino de estos dos últimos años le debe prácticamente todo a la referida decisión del ahora reelecto presidente norteamericano.

• Advertencia

Si bien esta conclusión no nos deja muy bien parados como artífices de nuestro propio destino, debe servirnos al menos como advertencia para no desaprovechar las fases convenientes del ciclo económico internacional y, sobre todo, para prepararnos para las fases inconvenientes.

Es probable que las continuas subas de la tasa de interés de la Reserva Federal de los EE.UU. terminen por apreciar nuevamente el dólar. Es cierto que esto no tiene por qué notarse necesariamente este año y tal vez ocurra recién el próximo o más adelante aún, a juzgar por el consenso de los analistas internacionales. Pero si ocurre, no deberíamos estar desprevenidos.

De las decenas de planes económicos que intentaron controlar la inflación en las últimas tres décadas, los únicos que tuvieron éxito fueron la tablita de Martínez de Hoz (1976-1980), el plan austral de Sourrouille (1985-1988), la convertibilidad de Cavallo (1991-2001) y el todavía anónimo modelo devaluador productivista de Lavagna (2002-actualidad). Excepto la convertibilidad, los otros tres planes exitosos coincidieron con períodos de fortísima depreciación del dólar (la medimos respecto del oro, como la inversa del precio de la onza Troy en dólares). La tablita se benefició gracias a una fenomenal pérdida de valor del dólar de 83%, entre octubre de 1976 y enero de 1980. El austral debió haber agradecido una pérdida de 38%, entre enero de 1985 y diciembre de 1987, y el modelo devaluador productivista ya lleva el beneficio de una depreciación del dólar de 41% desde abril de 2001 a la fecha.

Hoy ya resulta evidente que si a fines de 2001 hubiésemos sabido a ciencia cierta que el dólar se encaminaba a perder 40% de su valor, no habría habido necesidad de devaluar 70% nuestra moneda frente al dólar como lo hicimos. Medido en oro, el valor del peso es hoy mucho menor aún: apenas 21% de lo que era en 2001. Una depreciación así la habrían juzgado innecesaria hasta los argentinos más productivistas, heterodoxos y críticos de la convertibilidad. Cuando se aplicó el remedio con todo rigor, la enfermedad estaba a punto de curarse sola.

Los cuatro planes mencionados, incluso la actual «neoconvertibilidad 3 a 1» vigente desde hace 2 años, deben su éxito antiinflacionario a algún tipo de fijación cambiaria del peso con el dólar.

• Referencia

El tipo de cambio fijo aprovecha el hecho suficientemente demostrado de que los agentes económicos argentinos toman al dólar como referencia de valor desde hace muchas décadas. Mientras su valor es relativamente predecible, los mercados están estables, se puede planificar e invertir y la economía crece.

La explicación de la mencionada dependencia externa de nuestros planes económicos es, entonces, muy sencilla. Radica en que es mucho más fácil para los gobiernos mantener un tipo de cambio fijo con el dólar cuando éste se deprecia que cuando se aprecia. Seguir una depreciación como la acontecida estos cuatro últimos años, por ejemplo, requiere simplemente emitir mucha moneda como para depreciar el peso con el único cuidado de no depreciarlo más rápido de lo que la Fed deprecia el dólar. Difícil resulta, en cambio, mantener la fijación cambiaria cuando el dólar se aprecia. Es entonces que, tarde o temprano, no se puede seguir al dólar y sobrevienen los estallidos (1981, 1989) o los estancamientos (1998-2001).

¿Cuándo ocurrirá la próxima reversión del ciclo? ¿En 2005, en 2006 o todavía más adelante? Y, en segundo lugar, ¿sobrevendrá un nuevo estallido? ¿O ya nos habremos curado de la « dólardependencia» para ese entonces? A juzgar por lo que se ha hecho hasta aquí, los anticuerpos no están activados. El único plan que soportó un dólar en suba leve o estancamiento alto fue la convertibilidad, hasta que la suba resultó muy fuerte ( desde 1996) y, sobre todo, persistente: duró más de cinco años en niveles muy apreciados y terminó por quebrar la tolerancia política a un sistema monetario tan estricto.

¿Qué tuvo la convertibilidad para poder soportar tal exigencia? Se logró imponer la idea de que la regla monetaria era endógena, es decir, dependía de las normas legales y las conductas institucionales, y no de la discrecionalidad de los funcionarios.

Eso generó confianza en un peso que respondía a reglas claras y permitió sostener esa política aun ante apreciaciones del dólar. Debemos comprender esa lección para adoptar un nuevo régimen monetario claro y transparente, que todos comprendan, hasta los ciudadanos comunes. El tipo de cambio fijo se tornará difícil de mantener en los próximos años y habrá que pasar a otro régimen tan sencillo y comprensible como éste. Todavía tenemos tiempo para hacerlo, pero cuanto antes lo hagamos, mejor. Cuando el dólar se aprecie en el mundo (y no deberíamos descartar que ello ya haya empezado en enero), empezará a correr el tiempo de descuento.

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