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19 de abril 2004 - 00:00

"Duros, los delincuentes; no quienes votamos leyes"

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¿Alguien con un poco de sentido común puede deducir que fue por hambre el asesinato de Axel Blumberg, de Juan Manuel Canillas, de Diego Peralta, de Santiaguito Pérez y de tantos otros?

¿Fue el hambre la causa por la que le cortaron un dedo los secuestrados y se lo mandaron en una caja a la familia para acelerar el rescate? ¿Fue por hambre que violaron y asesinaron a las niñas Mariela Fernández y Mónica Vega? La respuesta es obvia.

Sobre el particular he trabajado en la Cámara de Diputados, merced a varios impulsos. Unos cuantos proyectos han sido presentados, pero convengamos en que, si Axel no hubiera muerto y su padre no hubiera salido con su cruzada, no habríamos sesionado.

Si la gente no hubiera venido a reclamar su urgencia en la protección de nuestros hijos, tampoco habríamos sesionado. Y por último, si Blumberg no hubiera sido un hombre de espíritu indomable, pero responsable y respetuoso de las instituciones, tampoco habríamos sesionado.

Como se anticipara, a Axel no lo mataron ni el hambre ni la desocupación, ni la miseria, ni la Policía. A Axel lo mató un puñado de perversos asesinos que, de haber estado en prisión como debían estar, no hubiera podido secuestrarlo ni, mucho menos, matarlo. Y si hubo policías entre aquéllos, éstos serán más delincuentes que los otros y merecen doble castigo, pero cuidado, la génesis de estos policías delincuentes es la misma que los asesinos de Axel: la impunidad abolicionista que termina por ingresar al delito aun hasta los más timoratos.

Y es por allí donde pasa la esencia del pedido de la gente el 1 de abril: «No dejen salir a los asesinos antes de cumplir sus condenas y encierren a los asesinos que están en libertad para que no sigan matando. No queremos ser nosotros rehenes del delito ni presos del miedo y del terror de tener un Axel en casa». No hacía falta el reclamo, lo sabíamos. Algunos lo veníamos denunciando y materializando en proyectos legislativos. Pero la comprometida indiferencia de otros nos condenaba a la desesperanza y al inmovilismo. «Son las causas no los efectos», se nos decía. «Hay que discutir todo»...; «no sirven sólo las leyes»...; «no hay que ser duros»... «Es el hambre y la injusticia social»..., para finalmente no hacer nada.



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