5 de noviembre 2026 - 17:42

Elecciones en EEUU: es la economía, Trump

La inflación y el debilitamiento del consumo marcaron las elecciones estadounidenses, mientras la inversión en IA abre interrogantes para los mercados.

La inflación y el deterioro del consumo marcaron el escenario económico de las elecciones de medio término en Estados Unidos.

La inflación y el deterioro del consumo marcaron el escenario económico de las elecciones de medio término en Estados Unidos.

@whitehouse

Estados Unidos acaba de finalizar un proceso electoral que representó una derrota contundente del dominio republicano y un freno a las aspiraciones de poder de Donald Trump. Se trata de unos comicios atravesados por un problema poco habitual para la sociedad norteamericana: la inflación, que incluso puede derivar en estanflación en algunos sectores específicos. La tasa alcanzó un pico de 4,2 % y condicionó directamente el ánimo de los votantes. La pregunta que surge es, entonces, qué implica este escenario para los inversores globales.

Para comprender el derrotero electoral de las midterms es necesario entender que la política es, en esencia, una continuación institucional de la economía. En este caso, eso significa mirar antes que nada la inflación, el principal tema de la agenda política norteamericana. Para hacerlo, vale una breve descripción del estado de situación del problema. Estados Unidos atraviesa un periodo inflacionario que tomó fuerza a partir de marzo de 2026 y que llegó, en mayo de ese mismo año, a un pico de 4,2 % interanual. A septiembre de 2026 el IPC se ubica en 3,7 %.

El número es claramente alto para los estándares americanos y genera un impacto directo en el segundo aspecto que ayuda a explicar la derrota del trumpismo, es decir, el consumo. En efecto, la inflación comienza a reflejarse en el comportamiento de los consumidores: aunque el gasto continúa creciendo en términos nominales, al descontar el aumento de los precios el consumo real muestra indicios de estancamiento. Al mismo tiempo, la tasa de ahorro personal cayó al 3,8 % en septiembre de 2026, frente al 4,0 % de agosto, mientras que el índice de confianza del consumidor de la Universidad de Michigan retrocedió un 10,4 % interanual en octubre.

A pesar de los intentos de la administración Trump por frenar este proceso, distintos factores externos e internos alimentan su desarrollo. Entre los principales se encuentran el encarecimiento de la energía, impulsado por la guerra con Irán y las tensiones geopolíticas en Medio Oriente, que explicó más del 60 % del aumento mensual del índice en mayo y empujó la nafta a una suba de 34,2 % interanual en septiembre; los aranceles comerciales, que elevaron el costo de los productos importados y de los insumos utilizados por las empresas locales; y la persistencia de aumentos en determinados servicios, como vivienda, seguros y transporte. A esto se suman las presiones de demanda en sectores específicos, como la infraestructura tecnológica y los centros de datos vinculados con la inteligencia artificial.

En este contexto, la Reserva Federal enfrenta el desafío de contener la inflación sin frenar excesivamente la actividad económica. Si bien puede utilizar las tasas de interés para moderar el consumo y el crédito, tiene menos herramientas para contrarrestar shocks externos, como el petróleo, o decisiones comerciales, como los aranceles. Mientras tanto, la inflación núcleo, que excluye alimentos y energía, se ubicó en 2,6 % en septiembre, lo que indica que buena parte del problema proviene de la oferta.

La apuesta por la inteligencia artificial y sus costos

Otro factor clave que hace a las dificultades para reducir la inflación y reactivar el consumo es la carrera por la IA. La competencia entre las grandes tecnológicas por liderar el desarrollo de la inteligencia artificial absorbe una proporción creciente de los recursos de la economía: capital, energía eléctrica, chips, terrenos, mano de obra especializada y materiales de construcción se destinan a levantar centros de datos y a ampliar la capacidad de cómputo, en lugar de dirigirse a producir los bienes y servicios que consumen los hogares. A su vez, la mayor demanda de electricidad presiona sobre las tarifas y el avance de los proyectos tecnológicos encarece la construcción, el equipamiento y la mano de obra que otros sectores también necesitan.

Los montos que las compañías tecnológicas destinan a infraestructura se justifican por una promesa de rentabilidad que todavía no se materializó. Si esa expectativa se frustrara, el ajuste no se limitaría a las acciones del sector, sino que golpearía a un país que resignó consumo y ahorro para sostener la apuesta. Así, mientras Wall Street se encuentra expectante ante la expansión, el votante enfrenta una economía con indicios de inestabilidad cada vez mayores. Esa brecha ayuda a explicar, también, el voto castigo.

Qué escenario enfrentan los inversores globales

Ahora bien, ¿qué implica todo esto para el inversor global? Que el escenario premia la prudencia y castiga la concentración. Con una inflación que no cede, una Reserva Federal con margen acotado y mercados que descuentan un futuro tecnológico brillante, apostar todo a los activos expuestos a la volatilidad es una decisión riesgosa.

En ese terreno, los activos reales recuperan atractivo en la medida que el contexto invita a pasar de un “flight to quality” a un “flight to real assets”. Esto es, hacia activos con menor exposición a una erosión de valor, como el oro, el real estate comercial o el self-storage, al que The Wall Street Journal llegó a calificar como “a prueba de recesiones”.

La política estadounidense acaba de recordar lo que los mercados suelen olvidar en las fases de entusiasmo: tarde o temprano, la economía de los hogares cobra la cuenta. Para el inversor global, la prudencia no es una postura defensiva sino la única que no depende de que todo salga bien.

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