Entre anarquía armada y guerra civil
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El conflicto que hoy se vive en Irak puede explicarse en forma simplificada así:
1) La insurgencia sunita -la rama musulmana minoritaria que gobernó el país con Saddam- ataca ferozmente tanto a las fuerzas de EE.UU. como a las fuerzas del gobierno iraquí pronorteamericano. Ello no impide que dentro de esta insurgencia existan diferencias entre quienes están motivados por las creencias religiosas y los ex partidarios, tanto civiles como militares de Saddam, deseosos de regresar al poder y tomarse la revancha.
2) Está también la insurgencia chiita -la rama musulmana mayoritaria en Irak que fue sojuzgada por Saddam- que por razones religiosas y culturales ataca tanto a los insurgentes sunitas como a las tropas de EE.UU.
3) A su vez, el gobierno electo de Irak, encabezado por Nurial Maliki, que se sustenta fundamentalmente en la mayoría chiita, utiliza sus fuerzas (policía y ejército con relativo grado de organización y disciplina) para enfrentar a la insurgencia sunita, pero que parece tratar de usarlas lo menos posible contra los insurgentes de su propio sector, mencionados precedentemente.
4) Se encuentra también la minoría kurda, que hasta ahora ha logrado mantenerse bastante al margen del conflicto.
5) En este marco, las fuerzas de EE.UU. quieren terminar con la insurgencia sunita y la insurgencia chiita que, a la vez, combaten entre sí y simultáneamente quieren que el gobierno iraquí de amplia mayoría chiita combata con más energía a la insurgencia de su propia rama y se muestre más amigable con los sunitas que no combaten, integrándolos al gobierno. ¿No se parece esto más a una anarquía armada que a una guerra civil?
Pareciera que sobre el conflicto armado entre sunitas y chiitas Washington quiere impulsar otro dentro de la propia mayoría chiita, con lo cual pasarían a librarse al mismo tiempo dos guerras civiles paralelas, con el riesgo de que las tropas de EE.UU., que son atacadas hoy desde dos frentes (la insurgencia sunita y la chiita), pasen a ser atacadas también por sus actuales aliados iraquíes.
A más de cuatro años del inicio de este conflicto, es claro que Washington cometió dos errores centrales.
El primero es político, ideológico y cultural: creer que la democracia soluciona todos los problemas en todos los países del mundo. Los logros políticos en este campo han sido mucho más grandes que los militares. Desde 2003, Irak, Afganistán, Palestina y el Líbano han realizado elecciones libres con buena concurrencia y aprobación de la supervisión internacional. Pero los procesos democráticos no han resultado eficaces para resolver los conflictos y no es seguro que la democracia iraní -que en términos políticos funciona bastante bien- pueda impedir que continúe o escale el conflicto desatado por su desarrollo nuclear.
El segundo es militar y es el error de haber disuelto las fuerzas armadas y la policía iraquíes, como si se tratara de la derrota de Alemania y Japón en la Segunda Guerra Mundial. Los 160.000 efectivos de EE.UU. en Irak, para hacer de soldados, policías, asistentes sociales y funcionarios de diverso tipo, para un país con la población y la dimensión de Irak resultan claramente insuficientes.




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