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9 de marzo 2007 - 00:00

Fin de un mito: dólar alto no mejora exportaciones

Que el problema de la Argentina hoy es la llegada de capitales está claro. Pero cuando se analizan los datos oficiales, al igual que con lo ya visto en la inflación, hay que tomar ciertos recaudos. Habitualmente se menciona que la inversión está en alza y supera ya a la de la convertibilidad. Pero electrodomésticos, grupos electrógenos y celulares sólo lo son para la estadística oficial. El dólar alto conspira contrala compra de maquinarias y la inversión, y en definitiva es lo que impide un crecimiento sólido de las exportaciones.

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El sostenimiento artificial de un tipo de cambio alto está en el corazón mismo del modelo económico kirchnerista. Según el discurso oficial, se trata de una política activa, «productivista», cuyo propósito es asegurar la competitividad de nuestros productos. Pero la política de dólar alto -o lo que es lo mismo, de peso débil- poco tiene que ver con el declamado aliento a nuestras exportaciones.

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Algunos sostenemos que ha sido tan sólo la excusa «progre» para efectuar un severísimo ajuste fiscal, al contraponer una recaudación dolarizada (retenciones) e indexada ( Ganancias, IVA, débitos bancarios) a salarios estatales pesificados. Pasados ya más de cinco años de la devaluación, la evolución de la balanza comercial demuestra que «tipo de cambio alto» no es igual a competitividad:

  • Si tomamos el último registro, la proyección es escandalosa. Las cantidades vendidas cayeron en enero 2% interanual mientras que las compradas treparon 25%; y el superávit se redujo a poco menos de la mitad que un año atrás.

  • Para evitar el riesgo de un desvío puntual, hay que ver qué pasó en los doce meses previos: en dólares facturados, durante 2006 las exportaciones crecieron 15% interanual,mientras que las importaciones las aventajaron con una suba de 19%.

  • Pero si nos atenemos a las cantidades, las exportaciones crecieron sólo 7% respecto a 2005; menos de la mitad que las importaciones, que aumentaron 16%.   

  • No obstante y gracias a la suba de los commodities, el superávit comercial fue 6,4% mayor al de 2005. El comercio bilateral con Brasil es la ilustración más contundente del fracaso de la política devaluacionista.

  • La política «antiexportadora» brasileña -incesante apreciación del real- y la política «pro exportadora» argentina -la denominada «devaluación competitiva»- no impidió que se acumulara en 2006 un déficit de u$s 3.720 millones en nuestra contra.   

  • Pese a la creciente brecha a nuestro favor, llevamos 45 meses consecutivos de déficit bilateral con Brasil.

  • En los últimos tres años las exportaciones brasileñas vienen creciendo 50% más rápido que las argentinas; las exportaciones chilenas, en tanto, aumentan a más del doble de velocidad que las nuestras, que siguen perdiendo participación en el comercio mundial. La política de tipo de cambio alto tampoco ha servido para cambiar nuestro perfil competitivo y algunos de los principales contribuyentes a nuestro volumen de ventas enfrentan una caída aparentemente irreversible del excedente que vinieron aportando.   

  • Pese a la política pro industrial, los productos no industriales siguieron explicando poco más de dos tercios de nuestras colocaciones.

  • El congelamiento tarifario, además de ahuyentar inversiones, impidió aprovechar la notable alza del petróleo durante 2006: los volúmenes exportados de combustibles y energía se derrumbaron 17% frente a 2005.

  • Las importaciones automotrices crecen, en tanto, más del doble de rápido que las colocaciones del sector.

  • Nuestras ventas son lideradas, con amplio margen, por el complejo sojero. A éste le siguen otros rubros agropecuarios como el trigo, el maíz y la carne; las alicaídas ventas de petróleo crudo, gas, naftas y gasolinas mantienen aún posicionespreferenciales; material de transporte y tubos sin costura son los únicos rubros industriales que franquean la frontera de los u$s 1.000 millones.   

  • Nótese que la amplia mayoría de todos estos ítems -que representan más de 48% de lo colocado el año pasado- no percibe reintegros y es castigada con retenciones, precios de referencia, prohibiciones y trabas a la exportación de diferentes tipos. El nuevo modelo tampoco alteró sustancialmente la composición de nuestras importaciones.

  • Los productos que más se importaron en 2006 fueron los relacionados con el complejo automotor, el complejo energético (fueloil, energía eléctrica y gas natural), los teléfonos celulares, y los insumos (abonos y fertilizantes) y bienes de capital ( cosechadoras, trilladoras, tractores) para el agro.   

  • Según su uso económico, los rubros que más crecieron fueron automotores (27%) y bienes de consumo (26%). Más atrás se ubicaron los bienes de capital (21%). . Dentro de «bienes de capital», sobresalen compras impropiamente rotuladas en ese rubro, como celulares, videocámaras, y computadoras.

  • Pese al sesgo anticampo del modelo, la inversión del sector rural sigue aventajando a la industria: la maquinaria rural se destaca entre los bienes de capital realmente productivos que se importaron.

  • La crisis energética dio fuerte impulso a la compra de combustibles y grupos electrógenos.

    Adjetivar la actual política económica como «pro exportadora» parece excesivo por cuanto ésta se reduce, en el mejor de los casos, a alentar la sustitución de importaciones.

    Pero subsidiando sectores ineficientes vía dólar alto no se revierte su falta de competitividad. Las importaciones de productos textiles crecen sin cesar pese a que son arquetípicos beneficiarios del modelo sustitutivo.

    Más aún, en importantes sectores asistimos a un doloroso proceso de «sustitución inversa». Caso emblemático, es el de la energía, en el que a fuerza de inversiones que atrajimos 15 años atrás habíamos logrado ser particularmente competitivos y ahora la escasez nos ha llevado a sustituir exportaciones (a Chile, Brasil y Uruguay) por importaciones (de Bolivia, Venezuela y Brasil).

    Este maltratado sector ha sido objeto de auténticas exhibiciones de nacionalismo, sólo que al revés. Tal es el caso del gas que compramos a Bolivia, cuyo precio es cuatro veces mayor al que pagamos por gas argentino. Y de la electricidad: pagamos a Brasil más del triple que lo que se le abona a las generadoras locales.

    Muchos países aplican antieconómicas políticas proteccionistas para subsidiar sectores harto improductivos. Pero a ninguno se les ocurre castigar a los que sí son competitivos. Salvo la Argentina.

    ¿Es, acaso, prohibiendo exportaciones, ahogando al sector energético y al agroalimentario, y dilapidando mercados que mejoraremos el ingreso per cápita?
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