Inglaterra lanzaría salvataje a bancos
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Que el proyecto es un secreto a voces -o, dicho de otra manera, que las discusiones no se limitan a los funcionarios del gobierno- queda claro cuando se repara en las declaraciones de un opositor, George Osborne, quien oficia como tesorero del Gabinete en la Sombra. Y quien apoyó la idea, el lunes, ante la opinión pública. Con salvedades muy específicas. El diablo, como siempre, está en los detalles. Son esos aspectos los que cabe ultimar. Es obvio que el tema formó parte de lo conversado por ministros de finanzas y banqueros centrales en la reunión del G-7. Hoy, el primer ministro Gordon Brown lo tratará personalmente con el titular de la Fed, Ben Bernanke. Brown, Darling y los líderes de los bancos principales se reunieron el martes, y Darling tiene agendado un próximo encuentro con los responsables de los bancos hipotecarios. Si el grado de avance de la iniciativa cobró estado público -y se cree que con ello se acelerarán los tiempos de los anuncios- fue por la indiscreción de Osborne.
En buena medida, el político conservador se robó la paternidad de la idea. Más aún, la versión Osborne del swap (canje) dota a los bancos de una mejoría de liquidez, pero no los libera del riesgo de crédito. Es una solución ideal -que protege al erario de las vicisitudes adversas que pudieran presentarse-, pero vertida en momentos en que mandan la necesidad y su correspondiente cara de hereje. Si lo que se pretende es dejar la crisis atrás, y evitar una pronta recidiva, la solución efectiva difiere de la ideal (como reconociera Darling). El sector público -mejor dicho, el contribuyente- deberá cargar con una mochila significativa. Y tomar una buena parte de los riesgos de una mala cobranza. Como mera oposición, Osborne podrá argumentar que su propuesta es mejor sin tener que demostrar que es practicable. El gobierno no dispone de esos lujos.
Lo que resuelva Inglaterra interesa, como es obvio, más allá de sus fronteras. Llegado el caso, la ingeniería de detalle de la Fed podrá mejorar las prestaciones de una operación de canje de similar inspiración. Lo importante es traspasar la línea de la no intervención -adquirir un compromiso que la realidad impone (y de suyo implica tomar grandes riesgos contingentes) y el discurso rechaza-. A esta altura, que la dirección de la política económica apunta en ese sentido tampoco debería ser motivo de interrogantes. La misma OCDE, en un análisis meticuloso de la crisis, publicado esta semana y que conviene leer en paralelo con el trabajo del FMI, lo dice con todas las letras. La aritmética de un rápido regreso del sistema financiero a la normalidad de sus negocios requiere cuanta acción sea posible, afirma. Incluyendo la socialización de las pérdidas. Y en ese sentido, se inclina por la experiencia norteamericana en la crisis de 1990-1991, cuando se creó una agencia -la Resolution Trust Corporation- que se puso al hombro los activos más delicados. El FMI no se ubica muy lejos. La institución -a través de su titular, Dominique Strauss Kahn- reconoció que habrá que echar mano a recursos públicos para apagar el incendio. Lo que falta es la primera decisión política concreta. Todo indica que ésa será la contribución de Inglaterra.




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