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17 de agosto 2019 - 00:01

José de San Martín: de las guerras de la Independencia a los museos

Su exilio, que comenzó en 1824 y culminó con su muerte, contribuyó a dotar a su figura de un aura especial.

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Retrato de San Martín, François Joseph Navez , Bruselas, ca. 1828.
Patrimonio Museo Histórico Nacional

La figura de José de San Martín ha sido elevada paulatinamente a la de máximo prócer de la historia nacional. Miles de páginas, obras de arte, manuales escolares, películas, canciones y exhibiciones, se han producido para inculcar, evocar e indagar sus invalorables aportes a la causa de la independencia sudamericana. A su vez su imagen ha sido piedra angular de la construcción de una conciencia nacional argentina, desde el siglo XIX hasta nuestro presente. En efecto, San Martín es considerado el Padre de la patria, en una construcción nacida en ámbitos políticos e historiográficos, que se ha transformado en una suerte de sentido común nacional. En esta inmensa tarea los museos han desempeñado un papel nada desdeñable.

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Ya durante su vida, San Martín fue admirado por muchos de sus contemporáneos. Su exilio, que comenzó en 1824 y culminó con su muerte, contribuyó a dotar a su figura de un aura especial, asociada al sacrificio, la renuncia y de algún modo también al misterio. En 1887, en su Historia de San Martín y la emancipación sudamericana, Bartolomé Mitre sintetizó esta experiencia como “el ostracismo de héroe”, legando una marca interpretativa de larga duración en la historiografía. Durante aquellos largos años, algunos destacados integrantes de la Generación del 37, como Domingo F. Sarmiento y Juan B. Alberdi, visitaron a San Martín en Europa, dejando interesantes páginas acerca de la impresión que les produjo su figura.

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Sillón de terciopelo rojo, reconstrucción de la habitación de San Martín, MHN.

El héroe en la vitrina

Durante el siglo XIX, los museos históricos han participado de la construcción de relatos acerca del pasado, habitualmente orientados a la exaltación de las historias nacionales. Las colecciones exhibidas funcionaban en este sentido como una suerte de mediadoras que, dotadas de un sentido trascendente, vinculaba a los espectadores del presente con los hombres públicos y las gestas del pasado. En la Argentina el primer museo histórico, el actual Museo Histórico Nacional, fue creado en 1890 al calor de la modernización del país, la consolidación del Estado y la inmigración masiva. Por entonces, la figura de San Martín ya tenía todos los componentes necesarios para constituirse en el máximo referente de la argentinidad.

Poco tiempo después de la apertura del Museo, Adolfo P. Carranza, su primer director, escribió a Josefa Balcarce, nieta del prócer, para solicitarle los objetos y muebles que habían formado parte de la habitación donde su abuelo había muerto, en la ciudad francesa de Boulogne-sur-Mer. La donación de Josefa incluyó objetos tales como la cama mortuoria, el sillón de terciopelo rojo donde San Martín se sentaba a escuchar las lecturas de su hija y las imágenes que decoraban su dormitorio, entre ellas una miniatura de Simón Bolívar.

Durante estos mismos años, a solicitud del Museo, Manuela Rosas, hija de Juan Manuel de Rosas, donó el sable corvo que José de San Martín había utilizado en las guerras de la Independencia. San Martín había legado este sable a Rosas en reconocimiento a su defensa de la soberanía argentina. El dormitorio y el sable pronto adquirirían un gran poder simbólico, político y narrativo.

La fiebre sanmartiniana en los 30

Algunas décadas más tarde, en un contexto signado por la presencia de las fuerzas armadas en el poder, se profundizó el enaltecimiento de la figura de San Martín. El historiador Eduardo Hourcade se ha referido al fenómeno de la “fiebre sanmartiniana”, emblemáticamente representada por las producciones de Pacifico Otero, autor de una extensísima Historia del Libertador y fundador del Instituto Sanmartiniano, y del escritor Ricardo Rojas, autor de El santo de la espada. En un contexto de crisis de la democracia, fracturas e impugnaciones políticas, la figura de San Martín se convertía en un ideal dotado de significados diversos. Mientras que para Otero representaba al héroe militar como un modelo de virtud y ascetismo, para Rojas era más bien un santo laico, cuya historia debía ser una lección de civismo para las fuerzas armadas.

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Inauguración de la reconstrucción del dormitorio de San Martín en 1935, MHN.

En 1935 el Museo inauguró un novedoso espacio museográfico: la reconstrucción del dormitorio mortuorio del prócer, engalanada e iluminada como una escena teatral. Se hicieron reconstrucciones de ventanas y puertas y la cama del prócer fue cubierta por una bandera donada por los generales del ejército, previamente bendecida. La inauguración se realizó con gran pompa y presencia de autoridades eclesiásticas, militares e historiográficas. Unos años antes, en la casa en la que San Martín había vivido en Boulogne-sur-Mer, la Cancillería argentina, asesorada por el MHN, inauguraba el Museo “General San Martín”, para el cual produjo reproducciones de los objetos que Josefa Balcarce había donado al Estado argentino. En esos mismos años el Museo se hizo cargo del cuidado del mausoleo de San Martín en la Catedral, adonde al parecer la fiebre sanmartiniana también se hacía eco. En una carta escrita en 1935, el director del Museo le pedía al responsable del Mausoleo que reuniera todas las “cintas, tarjetas y objetos” que dejaban los visitantes, testimonios elocuentes de un culto anónimo que el Museo cuidadosamente recogía.

El patrimonio en disputa

Una figura consensuada suele ser también disputada. Reivindicado por liberales, nacionalistas y peronistas, el legado sanmartiniano se convirtió en un terreno de conflictos, que en la convulsionada década de 1960 eclosionó en torno a los robos del sable corvo. En agosto de 1963 el sable fue robado del MHN por la Juventud Peronista. Sus autores expresaron que el sable del Libertador, símbolo de soberanía y libertad, no era digno de estar en manos de un gobierno imperialista y que proscribía al peronismo. Recuperado y devuelto al Museo, en 1965 el sable fue nuevamente robado en un confuso episodio y recuperado otra vez al año siguiente. Pero esta vez no volvió al Museo. Gobernaba Onganía y el campo de fuerzas favoreció su guarda permanente en el Regimiento de Granaderos a Caballo.

Muchas décadas después, en el año 2015, el sable regresó al Museo con un amplio despliegue celebratorio. Allí continúa hasta el presente, muy cerca del relato en torno a la historia argentina pero a la vez en un espacio propio, en una suerte de altar laico precedido por sables de los demás guerreros de la Independencia. Una vez más el sable expresa una representación de San Martín como el máximo prócer de la historia nacional, que los museos también contribuyeron a forjar.

*La autora es historiadora, directora del Museo Roca. Instituto de Investigaciones Históricas y docente de la FFyL de la UBA.

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