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17 de julio 2026 - 13:01

La clave de la Selección (y de los mejores equipos de trabajo) para dar vuelta los partidos

La reacción colectiva es el punto esencial del equipo de Lionel Scaloni. Tanto contra Egipto como contra Inglaterra, se vio esa confianza compartida.

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La Selección argentina sienta sus bases en la confianza colectiva.

Durante buena parte del partido frente a Egipto, la historia parecía escrita. La Selección argentina de fútbol estaba dos goles abajo y el panorama invitaba más a la resignación que a la esperanza. Sin embargo, algo cambió. No fue únicamente una cuestión táctica ni una aparición individual. Hubo una reacción colectiva, una energía compartida que se propagó entre los jugadores y terminó impulsando una remontada que parecía improbable.

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Esa capacidad para reaccionar ante una situación adversa también pudo verse contra Inglaterra, cuando el equipo argentino pudo dar vuelta el partido cuando faltaban apenas unos minutos para el pitazo final y pudo sellar con un histórico 2 a 1 su pasaje a la gran final de la Copa del Mundo.

Este tipo de situaciones, donde se genera una energía colectiva que suele superar ampliamente la individual, suele despertar una pregunta inevitable fuera del fútbol: ¿puede trasladarse algo así a los equipos de trabajo?

La respuesta parece estar en una diferencia que muchas veces pasa desapercibida. Trabajar en equipo no es exactamente lo mismo que compartir una energía colectiva. Un grupo puede estar alineado en sus tareas, cumplir objetivos y coordinar esfuerzos de manera eficiente. Pero existe un nivel adicional, un plus difícil de medir, que aparece cuando las personas creen genuinamente que pueden lograr algo importante juntas.

En equipo, Argentina dio vuelta resultados que parecían imposibles.

La Selección ofreció una muestra de ello. Cuando el resultado era adverso, nadie pareció jugar por su cuenta. Por el contrario, la sensación fue que el convencimiento de unos alimentó el de otros. La confianza se volvió contagiosa. Y ese contagio terminó modificando el desarrollo del partido.

Las empresas también disputan sus propios partidos. Inteligencia artificial, incertidumbre económica, cambios tecnológicos y nuevas expectativas desafían a las organizaciones todos los días.

En ese contexto, esperar a que las condiciones externas mejoren ya no constituye una estrategia. Los equipos de alto desempeño avanzan porque comparten un propósito claro y confían unos en otros. Cuando todos saben hacia dónde van, la incertidumbre deja de paralizar y pasa a convertirse en un desafío que se enfrenta de manera colectiva.

Pero así como existe el contagio positivo, también existe su contracara. Del mismo modo que un equipo puede convencerse de que todavía está a tiempo de revertir una situación difícil, también puede caer en la dinámica opuesta: la sensación de que cualquier inconveniente es una señal de derrota inevitable. En esos casos, el problema no suele ser la falta de talento, sino la pérdida de confianza colectiva.

Por eso resulta interesante observar otro aspecto de este grupo argentino. Muchos de sus integrantes comparten años de convivencia, experiencias, desafíos y triunfos. Algunos son amigos. Otros construyeron vínculos profundos a través del tiempo. Más allá de las diferencias individuales, existe un capital de confianza acumulado que se vuelve decisivo cuando aparecen los momentos críticos.

En una organización ocurre algo similar. La confianza no surge cuando estalla una crisis. Tampoco se improvisa cuando llega un desafío complejo. Se construye mucho antes, en cada conversación, en cada proyecto compartido y en cada experiencia de colaboración. Del mismo modo que la confianza de la Selección no nace durante los noventa minutos, la innovación, el compromiso y la capacidad de adaptarse al cambio son el resultado de una cultura que fortalece la colaboración y alinea a las personas detrás de un objetivo común.

También hay otro factor que suele marcar la diferencia. En el fútbol existen jugadores cuya influencia va mucho más allá de los goles. Son quienes levantan al equipo después de un error, quienes sostienen la confianza cuando el partido se complica y quienes recuerdan constantemente cuál es el objetivo común.

En las organizaciones existen perfiles similares. No siempre ocupan posiciones formales de liderazgo. Sin embargo, viven los valores, inspiran a sus compañeros y transmiten orgullo por el lugar donde trabajan. Son personas que ayudan a sostener la energía colectiva cuando aparecen las dificultades y que actúan como verdaderos embajadores de la cultura.

Quizás allí se encuentre ese “extra” que parecen guardar los grandes equipos para los momentos decisivos. No se trata de magia ni de motivación espontánea. Es el resultado de una construcción sostenida de confianza, propósito compartido y sentido de pertenencia.

Las organizaciones más exitosas no son necesariamente las que reúnen al mejor talento individual. Son aquellas que logran que ese talento juegue para el mismo lado. Porque, igual que en la cancha, los grandes resultados rara vez dependen de una sola persona. Son el reflejo de una cultura donde el éxito individual está conectado con el éxito colectivo.

Culture & List Manager de Great Place To Work

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