Hay un dato de la economía argentina que empieza a describir con especial crudeza lo que sucede dentro de los hogares: cada vez cuesta más pagar las deudas.
Mientras la mora de las empresas se mantiene en 3,5%, la de las familias ya alcanza el 12,8% y llega al 15,9% en los préstamos personales. Fuera de los bancos, el cuadro es todavía más delicado: entre los proveedores no financieros de crédito, la irregularidad alcanza el 26,9% y trepa al 34,1% en los préstamos personales. Millones de argentinos combinan hoy deuda bancaria y no bancaria.
La mora de las familias creció con fuerza en 2026 y el deterioro se concentra en los préstamos personales, las tarjetas y el financiamiento no bancario.
Hay un dato de la economía argentina que empieza a describir con especial crudeza lo que sucede dentro de los hogares: cada vez cuesta más pagar las deudas.
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En mayo de 2026, la irregularidad del crédito bancario al sector privado llegó al 7,7%, según el Banco Central. Pero ese promedio esconde dos realidades muy diferentes. Mientras la mora de las empresas fue del 3,5%, la correspondiente a las familias alcanzó el 12,8%. Es decir, la irregularidad del financiamiento a los hogares es actualmente alrededor de 3,7 veces superior a la de las empresas.
La evolución es además persistente. A comienzos del año, la mora de las familias se ubicaba en 10,6%. Pasó a 11,2% en febrero, 11,5% en marzo, 12,1% en abril y finalmente 12,8% en mayo. En apenas cuatro meses acumuló un incremento de 2,2 puntos porcentuales. En el mismo período, la mora empresarial pasó de 2,8% a 3,5%.
El problema de la deuda argentina de 2026 tiene, por lo tanto, una característica definida: su epicentro está en los hogares y, particularmente, en el crédito destinado al consumo.
Para dimensionar correctamente el fenómeno es necesario hacer una aclaración. Cuando el Banco Central informa que la mora de las familias es del 12,8%, no está diciendo que el 12,8% de las familias argentinas están con deuda y morosos
La morosidad mide qué proporción del saldo de dinero prestado se encuentra en situación irregular. Por lo tanto, significa que el 12,8% del financiamiento otorgado a las familias está dentro de la cartera considerada irregular. La cantidad de personas endeudadas y el porcentaje del dinero prestado que no se paga normalmente son dos indicadores diferentes. Y ambos son necesarios para comprender la magnitud del problema.
Cuando se desagrega la mora según el tipo de crédito aparece otro dato significativo. Los préstamos personales son hoy la línea bancaria con mayor irregularidad: pasaron del 13,2% en enero al 15,9% en mayo. Las tarjetas de crédito siguieron una trayectoria similar: la mora pasó del 10,1% al 11,7%.
Los créditos con garantías muestran, en cambio, una situación considerablemente mejor. La irregularidad de los prendarios fue de 5,8% y la de los hipotecarios apenas del 2,1% en mayo.
La fotografía es elocuente:
El deterioro está concentrado justamente en las herramientas de financiamiento más vinculadas con el consumo corriente y las necesidades inmediatas de liquidez.
Un préstamo hipotecario permite adquirir un activo ( una casa por ejemplo) y normalmente surge después de una evaluación crediticia considerablemente más rigurosa. Un préstamo personal o una tarjeta, en cambio, pueden convertirse rápidamente en el mecanismo utilizado para cubrir el desfasaje entre ingresos y gastos. Cuando el crédito deja de financiar una compra extraordinaria o una inversión y comienza a utilizarse sistemáticamente para llegar a fin de mes, el problema deja de ser solamente financiero: pasa a convertirse en un indicador del presupuesto cotidiano de los hogares.
Pero observar solamente a los bancos permite ver apenas una parte del fenómeno. En los últimos años adquirieron creciente importancia los Proveedores No Financieros de Crédito (PNFC).
Son empresas que otorgan préstamos o financiamiento pero no funcionan como bancos tradicionales. Dentro de este universo se encuentran fintech de crédito, emisores no bancarios de tarjetas, plataformas digitales, empresas comerciales que financian compras y otros prestamistas. No todos los PNFC son fintech, aunque una parte importante de las fintech que otorgan créditos pertenece a esta categoría.
Y allí los niveles de irregularidad son mucho más elevados. Según el último informe específico publicado por el Banco Central, con datos a febrero de 2026, la mora total de los PNFC alcanzó el 26,9%. Pero nuevamente el promedio esconde una situación todavía más grave en determinados productos: la irregularidad de los préstamos personales llegó al 34,1% y la correspondiente a tarjetas de crédito al 19,4%.
Es decir: aproximadamente uno de cada tres pesos prestados mediante préstamos personales por este universo de proveedores se encontraba en situación irregular.
La expansión del crédito no bancario tiene una explicación. En general, estas plataformas permiten acceder al financiamiento con procedimientos más rápidos, digitales y con menores requisitos que los exigidos por la banca tradicional. Eso amplía el acceso al crédito. Pero también incorpora al sistema a personas con perfiles financieros diferentes y, muchas veces, con menor capacidad para obtener financiamiento bancario tradicional.
Existe además un elemento fundamental: el costo del dinero. El Banco Central informó que, en febrero de 2026, las tasas nominales anuales para préstamos personales de determinados proveedores no financieros se ubicaron alrededor del 144%, mientras que en tarjetas de crédito no bancarias alcanzaron aproximadamente el 87%. Una deuda pequeña puede entonces transformarse rápidamente en una obligación difícil de cancelar.
Y ahí aparece una de las paradojas del nuevo mapa crediticio argentino: los préstamos no bancarios son, en promedio, mucho más pequeños que los bancarios, pero alcanzan a una enorme cantidad de personas y presentan niveles de irregularidad considerablemente mayores.
La dimensión social del fenómeno aparece cuando se deja de mirar pesos y se cuentan personas. A diciembre de 2025, 20,3 millones de argentinos tenían algún tipo de financiamiento, prácticamente el máximo histórico. Esto equivalía al 54,7% de la población considerada por el Banco Central para este indicador.
El crecimiento del crédito digital fue particularmente acelerado. En diciembre de 2025 había 6,7 millones de personas con crédito fintech, dos millones más que un año antes, un crecimiento del 44%. Y la expansión continuó. Para febrero de 2026, los PNFC financiaban aproximadamente a 12,1 millones de personas, un 5% más que en agosto de 2025. Dentro de ese universo, las fintech ya superaban los 7 millones de clientes.
Pero probablemente el dato más revelador sea otro. La cantidad de personas endeudadas con proveedores no financieros equivalía en febrero al 85% de la cantidad de deudores personas humanas del sistema financiero tradicional. Sin embargo, todo el dinero prestado por esos proveedores representaba solamente el 18% del saldo de deuda que las personas mantenían con las entidades financieras.
En otras palabras: muchísimos deudores, créditos promedio más pequeños y una mora mucho mayor.
A esto se agrega un fenómeno que merece particular atención: la superposición de fuentes de financiamiento.
En diciembre de 2025, 6,7 millones de personas tenían simultáneamente financiamiento de entidades financieras y proveedores no financieros, el nivel más alto registrado hasta ese momento. Al mismo tiempo, se había reducido a 7,9 millones la cantidad de personas financiadas exclusivamente por entidades financieras. En febrero de 2026, los deudores compartidos entre bancos y PNFC ya rondaban los 6,9 millones.
Esto introduce otro riesgo: una persona puede aparecer como cliente de un banco, una fintech, una tarjeta no bancaria y una plataforma comercial al mismo tiempo. El endeudamiento deja entonces de poder analizarse mirando una sola deuda. Lo relevante pasa a ser la carga financiera acumulada del hogar.
Hay que hacer también una distinción importante. El deterioro de la capacidad de pago de las familias no implica que el sistema bancario argentino se encuentre en una situación de insolvencia.
El propio Banco Central señala que las entidades mantienen elevados niveles de liquidez y solvencia. En mayo, las previsiones constituidas por los bancos cubrían el 86,3% de la cartera irregular, mientras que la cartera irregular neta de previsiones equivalía apenas al 2,2% de la Responsabilidad Patrimonial Computable del sistema.
Esta distinción es central. Puede existir simultáneamente un sistema financiero con capacidad para absorber pérdidas y millones de hogares atravesando un creciente estrés financiero. La alarma que muestran los números actuales no parece estar principalmente en los balances de los bancos. Está en los balances familiares.
El ahorro y el crédito cumplen una función económica indispensable. Permiten adquirir una vivienda, comprar un automóvil, financiar educación, realizar una inversión o simplemente distribuir en el tiempo un gasto extraordinario. También puede funcionar como puente entre el momento en que una familia necesita realizar un gasto y el momento en que recibe sus ingresos.
El problema aparece cuando ese puente comienza a utilizarse permanentemente. Si una familia recurre a una tarjeta, luego refinancia el saldo, toma un préstamo personal y posteriormente incorpora un crédito de una fintech para atender obligaciones anteriores, se genera una cadena en la cual nuevo financiamiento comienza a reemplazar capacidad genuina de pago.
No todos los endeudados atraviesan esa situación y el crecimiento del crédito tampoco puede interpretarse por sí mismo como una señal negativa. De hecho, el acceso al financiamiento constituye un elemento necesario para el desarrollo económico y la inclusión financiera. Lo preocupante surge de la combinación de variables: más personas endeudadas, creciente utilización simultánea de distintos proveedores y aumento sostenido de la irregularidad, especialmente en las modalidades de crédito de consumo.
Hoy la principal señal de alerta. NO está fundamentalmente en las grandes deudas empresariales. Tampoco en los créditos hipotecarios. Está en los hogares, en los préstamos personales, en las tarjetas y, con una intensidad todavía mayor, en una parte creciente del financiamiento no bancario.
La discusión económica sobre el crédito no debería limitarse entonces a determinar cuánto crece el volumen prestado. Hay una segunda pregunta, quizás más importante: ¿para qué se endeudan las familias y con qué capacidad real cuentan para devolver ese dinero? Porque cuando el crédito sirve para anticipar consumo o financiar inversión, puede ser una herramienta de progreso.
Pero cuando comienza a utilizarse para reemplazar ingresos que ya no alcanzan, el aumento del crédito puede dejar de ser una señal de bienestar. Y la morosidad empieza a mostrarlo.