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1 de mayo 2026 - 16:45

La inteligencia artificial no destruye empleo: elimina tareas de bajo valor y crea trabajo de mayor calidad

Dos economistas de Pennsylvania y Boston quieren tasar la automatización. La historia los contradice. Y el mercado laboral argentino también.

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La irrupción de la IA reabrió el debate sobre el futuro del empleo, la productividad y el rol del Estado frente a la automatización.

Imagen creada con IA

Un paper científico que circulo esta semana en los círculos académicos de economía del trabajo merece una respuesta directa. Brett Hemenway Falk, de la Universidad de Pennsylvania, y Gerry Tsoukalas, de la Universidad de Boston, publicaron 'The AI Layoff Trap' — La Trampa de los Despidos por inteligencia artificial. Su conclusión es que las empresas que compiten entre sí están atrapadas en una carrera armamentista de automatización que destruye la demanda de los consumidores, perjudica a los trabajadores y a los propios empresarios, y solo puede corregirse con un impuesto a la automatización.

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Es un trabajo elegante. Las matemáticas son correctas. El problema es que el modelo describe un mundo que no existe.

Para llegar a su conclusión catastrofista, los autores construyen un modelo con una sola industria, un solo producto, y trabajadores que cuando pierden su empleo por la IA simplemente desaparecen de la economía. No crean nuevos negocios. No aprenden nuevas habilidades. No generan nueva demanda en otros sectores. No hay nuevas industrias que nazcan.

Con esas restricciones, claro que el resultado es un desastre. Es como demostrar matemáticamente que el automóvil destruyo la economía porque ignoro completamente la industria petroquímica, las autopistas, los shoppings de ruta, el turismo de masas y todo lo que nacio con el auto. La trampa no esta en la IA: esta en el modelo.

La productividad como motor del cambio

En 1900, el 41% de los trabajadores estadounidenses trabajaban en agricultura. La mecanización del campo entre 1900 y 1960 desplazo a decenas de millones de personas. Por la lógica de Hemenway Falk y Tsoukalas, la demanda agrícola debería haber colapsado y los agricultores mecanizados deberían haber quebrado. En cambio, ocurrió exactamente lo contrario: la productividad libero mano de obra que pobló las fábricas, las fábricas crearon clase media, la clase media creo servicios, los servicios crearon empleo de alta calificación.

Cuando los cajeros automáticos llegaron a los bancos en los 70 y 80, los expertos predijeron el fin del empleo bancario. El economista James Bessen demostró lo opuesto: los ATMs redujeron el costo por sucursal, los bancos abrieron mas sucursales, y el empleo de cajeros subió durante décadas. La tecnología amplia el mercado lo suficiente como para absorber y superar el desplazamiento.

El argumento mas sofisticado de los autores es que la IA es cualitativamente diferente a las revoluciones tecnológicas anteriores porque ataca simultáneamente muchas categorías de trabajo, incluyendo trabajo cognitivo de nivel medio. Es verdad. Pero concluir de ahi que destruirá empleo neto es un salto sin evidencia.

Brynjolfsson, Li y Raymond — citados por los propios autores del paper — demostraron en 2025 que la IA generativa en el trabajo aumenta la productividad, especialmente de trabajadores de menor calificación, permitiéndoles realizar tareas que antes requerían mayor expertise. Eso no es reemplazo: es aumentación. Un abogado junior asistido por IA puede hacer en un dia lo que antes requería una semana. No hay menos abogados — hay mas derecho al alcance de mas personas, a menor costo.

La solución propuesta por los autores — un impuesto a la automatización — tiene el atractivo de la simetría teórica y la inutilidad de la mayor parte de los impuestos nuevos.

Primero: es implementable. Para calcularlo se necesita medir, empresa por empresa, que fracción de sus tareas fueron automatizadas. Nadie sabe como hacer eso. Ni el gobierno argentino, ni el norteamericano, ni ninguno.

Segundo: si un solo pais lo implementa, las empresas automatizan en el exterior y traen el output. Le pusiste el impuesto a las empresas locales, no a la automatización.

Tercero, y mas importante: frenarías exactamente el proceso que genera riqueza para financiar el bienestar social. El gasto en salud, educación y jubilaciones que la Argentina necesita no viene de trabajadores en empleos de baja productividad protegidos de la IA. Viene de una economía de alta productividad que genera excedente suficiente para redistribuir.

Argentina tiene un mercado laboral con problemas específicos que la IA no crea sino que podría ayudar a resolver. El costo laboral formal es de los mas altos de la region como porcentaje del salario bruto. La litigiosidad laboral es estructuralmente alta. El sector informal emplea a mas del 40% de los trabajadores. La IA puede reducir los costos de cumplimiento normativo, mejorar la gestión de recursos humanos en PyMEs, y hacer accesible asesoria legal laboral a empresas que hoy no pueden pagarla.

La respuesta correcta a la transición tecnológica no es tasar la productividad. Es modernizar el sistema de formación profesional para reducir el tiempo entre desplazamiento y reinserción. Es crear seguros de ingreso portables que no dependan del empleador. Es aceptar que algunos empleos van a desaparecer — como desaparecieron los telegrafistas, los tipógrafos y los perforistas de tarjetas — y preparar a los trabajadores para lo que viene.

La trampa no es de la IA. La trampa es del pensamiento catastrofista que frente a cada ola tecnológica predice el fin del trabajo y equivoca la receta. Los luddistas de 1812 tenian razon en que los telares mecanicos destruian su forma de vida. Estaban equivocados en que destruian el trabajo.

Hemenway Falk y Tsoukalas tienen razon en que la transicion tecnologica rapida genera disrupciones reales que merecen respuesta de politica publica. Están equivocados en que la respuesta correcta es frenar la tecnología en lugar de acelerar la adaptacion institucional.

La IA no viene a matar empleos. Viene a matar el trabajo monótono, repetitivo y sin valor agregado — el trabajo que ningún ser humano debería tener que hacer en 2026. El trabajo que queda es el que siempre debió ser nuestro, el que requiere juicio, empatía, creatividad y responsabilidad. Ese trabajo no lo hace una maquina. Y ese trabajo, en Argentina y en el mundo, va a escasear menos que nunca.

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