1 de septiembre 2023 - 11:41

La medicalización de la vida cotidiana

El imperativo de nuestra época en occidente es "no hay malestar", "no pienses" y "sé feliz", en una especie de debilidad mental sorprendente que hace de la pasión por la ignorancia una virtud.

Prescribir un medicamento no es el problema, sino que se prescriba indiscriminadamente, y que sea la primera y la única elección terapéutica.
Prescribir un medicamento no es el problema, sino que se prescriba indiscriminadamente, y que sea la primera y la única elección terapéutica.
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El tema que vamos a abordar no es fácil desde ningún ángulo en el que nos ubiquemos, pero permítanme situar mi posición sobre este tema. Prescribir un medicamento no es el problema, sino que se prescriba indiscriminadamente, y que sea la primera y la única elección terapéutica. Su influencia abusiva se encuentra en la infancia, en la adolescencia, en la adultez y en la tercera edad. Esto da cuenta del desplazamiento de la idea de enfermedad a la de malestar, que propone el uso del medicamento ya no con el fin de curación, sino con el de bienestar.

Si se define como enfermedad algo que no lo es, entonces se abre un vasto mercado de remedios y tratamientos que prometen la “solución”. Mientras que medicar es un acto médico, la medicalización alude a los entrecruzamientos de factores teóricos, políticos, sociales y económico-comerciales que intervienen en la producción, distribución y venta de las grandes industrias de tecnología médica y farmacológica, ¿para que? Para dar una supuesta legalidad a su sustento y a su praxis. Destaquemos que la tendencia a la medicalización es mayor en el campo de la Salud Mental.

Como plantea M. Foucault, en la clase del 17 de marzo de 1976, en Defender la sociedad, la medicalización es una estrategia del poder político, que utiliza el saber técnico de la medicina para intervenir sobre los cuerpos y la población, con el fin de movilizar fuerzas, extraerlas y hacerlas obedecer a los requerimientos creados por los imperativos de la época.

El imperativo de nuestra época en occidente es “no hay malestar”, “no pienses” y “sé feliz”, en una especie de debilidad mental sorprendente que hace de la pasión por la ignorancia una virtud. Imperativos contemporáneos que, por un lado, implican un no querer saber, y por otro apelan a la voluntad y redimen al sujeto de interrogarse por la propia posición. No hay causas, existe una tendencia o síntomas exportados en donde se intenta des-responsabilizar al sujeto sobre su decir y sus actos por vía de lo genético, lo orgánico o lo contextual. Esto surge de la necesidad del amo de turno de des-responsabilizarse él mismo. Entonces estas prácticas y estas clínicas tienen esta misma estética, creyendo que el psicofármaco puede resolver el malestar, tentando al sujeto a no saber hacer con su padecer.

Pero esta lógica lleva necesariamente a la deshumanización. Los actos no tienen consecuencias si se construye un falso límite en el psicofármaco.

Antes de avanzar sobre los factores de la medicalización me interesa remarcar la naturalización de este proceder en la vida cotidiana de las personas. La ingesta de remedios se ha naturalizado a tal punto que se ha convertido hoy, en una forma de vida. Ansiolíticos, analgésicos, opiáceos, laxantes, antiácidos, multivitamínicos y viagras de todos los colores, no sólo se venden en las farmacias sino también en Internet y en supermercados. Se estima que el 20% de los medicamentos se ofrecen por fuera de los circuitos legales de comercialización. En Estados Unidos se ha transformado en la tercera causa de muerte después de las enfermedades cardiovasculares y el cáncer. Desnaturalizar esta práctica es necesario para poder entender y progresar hacia una clínica sostenida en la ética.

Avancemos ahora por el eje económico-comercial. Actualmente asistimos a un probable cambio de paradigma en la lógica del mercado. Anteriormente se sostenía que el mercado se regulaba a sí mismo, concepción que se encuentra fracasada y que demuestra que una praxis sin regulación se destruye a sí misma.

No pretendo desatender al beneficioso papel desempeñado por la investigación y desarrollo impulsados por las industrias médico-farmacéuticas, que ha dado lugar a múltiples tratamientos efectivos que mejoran la vida de las personas. Un ejemplo de esto es el descubrimiento de los psicofármacos a partir de la década de los ´50, que ha producido una revolución en el tratamiento de las psicosis. Desde el campo del psicoanálisis no solo no nos oponemos a la correcta prescripción de medicamentos, sino que incluso en determinados casos agudos, particularmente en el tratamiento de las psicosis, estos nos permiten establecer las condiciones necesarias poder realizar un abordaje vía la palabra.

Pero es necesario reflexionar sobre su papel en la medicalización innecesaria de la vida.

Los laboratorios privados se encuentran dirigidos por la lógica del mercado, para ellos la salud no es un derecho, sino un negocio. Hace falta que situemos las diferentes presiones de los laboratorios para medicar y qué medicar.

El Agente de Propaganda Médica (Visitador Médico) está lejos de ser un promotor de las bondades del producto que ofrece y difunde, siendo un coactor del médico a fuerza de favores económicos. Si en este momento tomáramos cualquier producto de cualquier laboratorio, y calculáramos el costo y las ganancias, rondarían según el producto, entre el 500 y 5000%. Los invito a que lo hagan y verán lo conservador que he sido.

Y somos nosotros y el estado quienes tenemos que regular estas lógicas comerciales. Un poder de este tipo no es compatible con el bien común o la democracia. Es de esperar que dicha industria no repare en esfuerzos para ampliar mercados. En el límite, este camino conduce a una situación en la que para cada nuevo diagnóstico o tratamiento se puede crear una enfermedad, con independencia del carácter beneficioso que aquellos aporten.

Después de los laboratorios y los profesionales sanitarios, las redes y los medios de comunicación de masas son la principal fuente de infección psíquica, de información sobre la salud y propaganda sobre nuevas enfermedades.

En cuanto al eje teórico e ideológico, aparece en primer orden el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM IV). La primera versión (DSM-I), al igual que la Clasificación internacional de enfermedades (CIE), surgen del anhelo de confeccionar una clasificación universal dentro del campo de la Salud Mental, esto es, un para todos.

Entonces, este universal del para todos que soporta este tipo de manual globalizante, desemboca en la desaparición de un saber especializado, en la falsa universalización "científica" y en la descalificación efectiva de las demás praxis de la salud mental. El hombre del DSM IV es un hombre a quien se le rehúsa toda subjetividad.

Nosotros consideramos a este tipo de clasificaciones como una coacción a la adaptación a un sistema que por su estructura excluye al sujeto.

Esta clínica contemporánea con su diagnosis y articulada a los medicamentos, permite al sujeto liberarse de toda explicación causal, de todo sentido, y de afirmar una ilusión de ser todopoderoso. Sin embargo, el fracaso terapéutico se explica por un error, ya sea en la precisión de la clasificación o en la de la elección de la medicación.

El mejor ejemplo de lo desarrollado con anterioridad es la proliferación de los pasajes al acto homicidas que provienen de niños o adolescentes en los Estados Unidos que inquieta a la opinión publica norteamericana y condujo a la congregación de todo tipo de saberes para tratar de entender lo que la clínica psiquiátrica y psicológica actual no puede despejar.

Conclusión

Si se define como enfermedad algo que no es tal, se abre inexorablemente un inmenso mercado de remedios y tratamientos que prometen soluciones mágicas e inmediatas.

Se está etiquetando de enfermos a personas que podemos considerar sanas y se les está sometiendo a tratamientos que conllevan indudables efectos adversos, tanto por el mismo proceso de etiquetado como “anormal”, como por los posibles efectos de las terapias, que nunca son absolutamente inocuas.

En el campo de la Salud Mental la medicalización se fomenta a partir de la hegemonía que ha adquirido la psiquiatría y la psicología biológica. Frente al desarrollo de las neurociencias la psiquiatría ha dejado de lado el modelo de la psicogénesis para resolver el conflicto en beneficio de una clasificación de las conductas que reduce el tratamiento a la supresión de los síntomas. La enfermedad es una falla que hay que suprimir y no un problema a entender donde hay que dar cuenta de una etiología. Esto demuestra, como decíamos, el desplazamiento de la idea de enfermedad a la de malestar, que propone el uso del medicamento no ya con el fin de curación, sino el de un supuesto bienestar.

La codicia del constructo del DSM V, es una subversión radical del síntoma en nombre de un nuevo “saber” que intenta hacer una desaparición de la clínica psiquiátrica clásica y los aportes del psicoanálisis.

Por lo expuesto, el DSM es un manual creado para justificar una praxis, una moral normativizante, una intervención medicamentosa, una medicalización de la vida cotidiana, en resumen: una clínica sin ética.

No hay salud posible con una clínica mercantilizada y sin ética.

Psicoanalista. Lic. en Ciencias de la Psicología (UBA). Especialista en Psicología Clínica. Expresidente y miembro fundador de la Asociación Argentina de Salud Mental (AASM).

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