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10 de noviembre 2006 - 00:00

La "Rueda Doha", en serio peligro

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Como lo acaba de admitir expresamente Pascal Lamy, el director general de la Organización Mundial del Comercio (OMC) -desde las columnas del «The Wall Street Journal»- los plazos para poder completar con éxito las negociaciones comerciales multilaterales en el seno de la OMC (a las que se conoce como «Rueda Doha») están muy cerca de expirar. Desde julio pasado, las conversaciones entre sus diversos participantes están, en los hechos, paralizadas, y sólo si ellas se relanzan -con dinamismo- ya pasadas las elecciones norteamericanas hay todavía alguna posibilidad de completarlas con éxito. Los costos de un fracaso en esto pueden ser enormes en todos los frentes; esto es en materia económica, comercial y en el plano de lo social. Tanto, que el mismo sistema normativo y reglamentario de la OMC que, con sus pros y sus contras, ha gobernado el comercio internacional a lo largo de los últimos 60 años, podría resquebrajarse rápidamente. El acceso a los mercados, en lugar de mejorar, podría cerrarse. Y el caos reemplazaría al mínimo de orden logrado en el tiempo con esfuerzo y paciencia.

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El problema central -como lo reconoce el propio Lamy- «es la agricultura». «Representando menos de 8% del comercio mundial y menos de 5% del empleo en los países industrializados, la agricultura es el nudo gordiano que ha maniatado las negociaciones en materia de servicios y bienes industriales e inmovilizado la posibilidad de contar con mejores reglas comerciales». Ello es claramente así. «Reformar la agricultura es políticamente difícil -sigue diciendo Lamy- porque algunos sufrirán.» Pero no reformarla supone, en cambio, aunque Pascal Lamy no lo diga, que aquellos que han estado -por décadas- sufriendo en carne de sus propios pueblos las consecuencias duras de un extendido e injusto proteccionismo agrícola en el mundo desarrollado (que ha generado miseria y estancamiento en el mundo en desarrollo) sigan penando, lo que es inaceptable.

  • Dureza correcta

  • De allí la «dureza» en las posiciones sobre este tema que, correctamente, tienen los países que -como el nuestro- han sido y siguen siendo perjudicados. Hasta ahora, el liderazgo asumido por el Brasil en las conversaciones que conforman esta rueda -y las posiciones adoptadas- han sido impecables. Un fracaso en la «Rueda Doha» dejaría en el camino muchos de los pasos positivos que podrían resultar de un eventual acuerdo. Me refiero a cuestiones sobre las que se ha trabajado incansablemente en los últimos años. Como la posible eliminación de los subsidios directos a las exportaciones agrícolas que, en palabras de Lamy, «tanto daño han hecho a los agricultores de Africa, Asia y América latina». O la posible reducción de aranceles en el plano del comercio de bienes industriales y una mayor apertura en el sector de los servicios. Así como a una mejor defensa del medio ambiente, hoy más amenazado que nunca.

    A esto hay que sumarle ciertamente algunos acuerdos puntuales que también se pondrían en marcha, como el que supondría eliminar los subsidios a la actividad pesquera, que atentan directamente contra la conservación de algunas especies. La posibilidad del fracaso de la «Rueda Doha» está, por lo demás, empujando al mundo a avanzar con una red de acuerdos comerciales bilaterales o regionales, alternativa que dista mucho de ser la ideal. Entre otras cosas, porque puede conducir a un mundo comercialmente segmentado, con espacios, reglas y universos individuales que -por no ser compatibles ni coherentes entre sí- encarezcan y distorsionen el intercambio comercial global. Y, peor, que generen tensiones que empujen al mundo a conflictos serios que, sabemos, contribuyeron en su momento a enfrentar en guerra a las naciones.

    Todos tenemos la responsabilidad de contribuir al éxito de la «Rueda Doha». Y la de facilitar los consensos. Para ello, como sugiere Lamy, el comercio de los productos del sector agrícola debe dejar de ser el impedimento central a cualquier avance. Esto supone eliminar lo sustancial del proteccionismo que lo distorsiona gravemente; que es responsabilidad de quienes desaprensivamente están subsidiando -de mil maneras- a los productores agropecuarios domésticos, de modo de que la bonanza que así les aseguran se construya sobre el daño inmenso que esos injustos subsidios han provocado -por décadas- más allá de las propias fronteras, en el mundo en desarrollo, en donde han sembrado pobreza. Con firmeza -y alguna razonable flexibilidad- el éxito debiera aún ser posible.

    (*) Ex embajador argentino ante las Naciones Unidas.

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