Fue un resplandor, luego se extinguió mortecina a una lucecita. Apenas minúscula en el gabinete. Así transcurrió el primer mes de Sergio Massa como jefe de Gabinete, quien llegó con expectativas propias de cambios: logró, hasta ahora, que Cristina de Kirchner ofreciera una conferencia de prensa y, en algunos casos, dialogue eventualmente con el periodismo. En cambio, otras alteraciones de fondo, como también imaginaba su antecesor (Alberto Fernández), se estrellaron en el paredón de Olivos.
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Producto de la crisis del momento (narcotizado el gobierno por la derrota ante el campo y el surgimiento de Julio Cobos, hasta con amenazas de retiro de la administración), Massa aterrizó con sugerencias -amplificadas por la prensa, con la cual supo tener óptima relación- que, en principio, surgían de la ortodoxia económica y de cierta oxigenación para el gobierno. En principio, se colgó de la prédica habitual para reemplazar a Guillermo Moreno, luego a quitarle responsabilidad sobre el control del INDEC; también a otorgarle algún tipo de relevancia al Ministerio de Economía, demasiado apagado, ya que su titular, Carlos Fernández, hace tiempo que registra un apodo preciso: Bernardo (por el mudo que acompaña al Zorro en sus aventuras, nominación surgida de la picaresca bonaerense). No acercó a quien habría deseado para el cargo -algún colaborador de quien recibía informes económicos-, más bien empujó el rol más activo del titular del Banco Central, Martín Redrado, figura quizá más predecible para los mercados. Ninguno de esos proyectos avanzó y, en el ejercicio, tal vez haya advertido que Fernández no piensa diferente de Redrado, salvo que no lo dice. Igual poco importa decirlo: el esquema previo a la crisis se mantiene.
Néstor Kirchner volvió del duelo (evitando discursos), en verdad «nunca se fue», como bien dijo su esposa Cristina ante una pregunta.
Tampoco prosperó Massa en ajustar su propio equipo: si pretendió sustituir a Pepe Albistur o a Romina Picolotti (deseada por su gracia y el volumen de sus contratados), nula satisfacción obtuvo ni aun proponiendo reemplazos propios (como el del marplatense Marcelo Artime para el cargo de la dama). Le quedó, sí, alistarse en la hilera de acompañantes a los reiterados actos públicos de la Presidente, siempre con su compañerito de la «salita azul», el ministro del Interior Florencio Randazzo -como los peronistas llaman a estos dos jóvenes del equipo-, con quien había competido para alcanzar la Jefatura de Gabinete.
Protocolar entonces lo de Massa, menos significativo que el Fernández renunciado, también el tigrense maniatado para impulsar bajo su égida a otros ministros que han hecho del inmovilismo una forma de vida y ni cuentan con una agenda, ya que de proyectos ni hablar. Se remite en exclusivo entonces al poder del no cambio del Kirchner varón, quien lo impuso en el cargo, y al cual naturalmente nada le transfirió sobre sus pretensiones de cambio cuando éste lo sorprendió con la designación. Con cartas más abiertas y francas, tal vez hoy podría quejarse; sólo escuchó «ocupate de ordenar a los gobernadores», y así procedió (por encima, además, de su colega Randazzo). Lo que entendía para la crisis, se adormiló como un lirio en esta etapa contemporizadora del matrimonio oficial, pescadores de voluntades perdidas ( Reutemann, Schiaretti, quizás Solá) y de otros reticentes, que no disfrutan del estilo «light» -criticado por la Presidente- que hoy les permite navegar con más estabilidad. Para no agregar escarnio a la fugacidad de Massa, tal vez él haya contribuido en esa movida. Aunque ese maquillaje en la pareja parece efímero: ellos se entusiasman -y lo reconocen- sólo cuando se radicalizan. Habrá que esperar entonces a la recuperación de la memoria.
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