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24 de enero 2006 - 00:00

Los obstáculos al diálogo en el mundo de la política

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Ocurre que gobernar es mucho más que administrar el momento. Supone esencialmente definir estrategias; esto es, liderar la formación de consensos básicos. Y luego implementar la manera de alcanzar los objetivos compartidos. Para esto es necesario superar el plano superficial de las imágenes, tener propuestas y contenidos, y estar dispuestos a debatirlos. En una democracia pluralista, esto se hace mediante la confrontación ordenada de ideas. Con apertura mental. Dialogando, entonces, lo que incluye querer y saber escuchar. Esto es todo lo opuesto al discurso único: el del poder, que excluye a los demás de la declamada «transversalidad», para recluirlos en la «tangencialidad».



Pero además hay que desterrar lo que Jimmy Carter definiera gráficamente como el «fundamentalismo» que parece haberse afincado en las conductas de algunos políticos. Aquellos que pretenden hacernos creer que siempre tienen razón y que cualquiera que no comulgue con el evangelio que ellos predican está simplemente equivocado, de movida nomás. Los autoritarios, entonces, en actitudes y conductas. Los que arremeten contra todo aquel que ose expresar un desacuerdo. Los que con frecuencia lucen airadamente «disgustados» contra todo aquel que -con opiniones- «interfiera» en la implementación de su agenda, a la que presentan como inconmovible. Los mismos que -ante el disenso- llegan rápidamente al abuso en el lenguaje y hasta en los gestos.

Los «fundamentalistas» tienen definiciones estrechas de todo. Las suyas, ciertamente. Se vuelven, además, fácilmente emotivos y hasta creen que cualquier cambio de dirección o negociación para acercar distancias o resolver diferencias es, para ellos, un signo de debilidad. Para distinguir a los « fundamentalistas» hay que buscar en ellos cuatro constantes, que los identifican: rigidez notoria en las concepciones, una actitud de dominación sobre los demás, una tendencia manifiesta a la concentración de poder y la exclusión de todos aquellos que disienten, a quienes ni siquiera reciben. Con su peculiar manera de ser, los «fundamentalistas» expresan, es obvio, una forma particular de totalitarismo.

Dialogar exige también advertir que en la sociedad en que vivimos -producto de la tremenda revolución en materia de información y comunicación- hemos reducido la cultura al mensaje corto. Por eso se cae siempre en lo simplista, cuando no en lo sensacionalista. Por esa misma razón la comunicación suele ser mezquina y, a veces, irresponsable, sino perversa.

A lo antedicho se suma la aparición de una nueva «obsesión política». La de seguir a la «opinión pública», por cambiante que ella sea, para «no equivocarse». Sin advertir que muchas veces ella se edifica sólo sobre emociones. Esto es dedicarse a buscar el « negocio político» de corto plazo. No es liderar. Es provocar la creciente apatía de muchos sobre la «cosa pública», en general. Es vivir en función de ruidos y tendencias. Es terminar capitulando fácilmente ante el tumulto y no ante a la verdad. Es navegar, según nos acaban de decir, «a los bandazos».

Pero hay más. Seguir esclavizadamente a la presunta «opinión pública» empuja al populismo. Porque se escucha prioritariamente a la indignación. Y porque hasta se cae en tratar de fabricarla, para luego aprovecharla. Sin advertir que no siempre detrás de la protesta hay reclamos justos. Ni que los decibeles excesivos pueden confundir y oscurecer las decisiones. Ni que, en todo caso, las protestas muestran los problemas y no los remedios. Gobernar es, en síntesis, mucho más que adaptar el discurso a las visiones y episodios circunstanciales. Es, como hoy parece suceder en Chile, tener y seguir un rumbo claro, con un consenso extendido, y saber mantenerlo.



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