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30 de agosto 2005 - 00:00

Perturbadores actúan. El Estado está fugado

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Lo mismo hacen los enfermeros del Garrahan, los camioneros de Moyano, los empleados de Aerolíneas, los empresarios que piden «protecciones» a los políticos para impedir la competencia del exterior, los funcionarios que obstaculizan con normas e interpretaciones cambiantes y muchos otros que entorpecen el desenvolvimiento de las actividades, por la fuerza de su presencia o el incumplimiento de sus obligaciones.

Desplazan a los usuarios y a las actividades legítimas, estorbando los derechos de otros.
Precisamente, para evitar estos impedimentos, la apropiación de la fuerza por grupos particulares, nació el Estado. Justamente, evitar esas obstrucciones constituye el bien público, el objeto de los políticos. Exactamente, las fuerzas del orden y la Justicia, tan castigadas por los medios y los políticos, son las encargadas de impedir la obstrucción a las actividades productivas y sociales, en los países avanzados.

Las tecnologías productivas están disponibles y los humanos son genéticamente iguales. No obstante, Noruega, el país de mayor ingreso por habitante, Suiza, EE.UU., Japón, y el resto de las naciones prósperas se diferencian de las rezagadas por la proporción de esfuerzos que se destinan a la creación de riqueza en lugar de impedirla y a defenderse de esas obstrucciones. Esas naciones aprendieron a construir un orden social, compuesto por un complejo de instituciones y gobernanzas especializadas, como Estados, empresas, asociaciones diversas. Cada una concentrada en ampliar los derechos individuales de actuación, la capacidad productiva de su gente, asegurando previsibilidad, el crédito que nutre las relaciones humanas y hace prosperar a la gente.

En cambio, las naciones rezagadas se debaten en antagonismos mal resueltos que esterilizan los esfuerzos individuales, como hacen los piquetes. Están sometidas a la obstrucción, a la ignorancia, a no comprender cómo se construye la riqueza del conjunto. Esas naciones ceden ante los reclamos y premian a los obstruccionistas, dando una señal clara: impedir es un negocio.







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