Los argentinos y el progreso

Opiniones

A pesar de que el país decae año tras año nos arraigamos al pasado como sujetos aterrados que temen ser arrastrados por el devenir.

La fachada semi derruida del complejo médico se erigió por años impertérrita. A pesar de los ladrillos manchados por la humedad y de las aristas agresivas de un edificio extrañamente facetado, nada parecía indicar que algún día, esa mole ubicada en el cruce de la Autopista Panamericana y la ruta 197, en la zona norte del conurbano bonaerense, sería vindicada con una necesaria reforma.

Sin embargo, contra todo pronóstico, ocurrió. Y allí comienza nuestra historia:

Hace más de un año atrás, ese conocido centro médico de la zona de Talar comenzó un proceso de transformación que implicaba el recubrimiento de los muros con un moderno sistema vidriado, más propio de los edificios actuales. Si bien se podía observar que la transformación resultaba un intento de mejorar la estética superficial de un edificio que seguiría siendo esencialmente antiguo, para quienes pasábamos diariamente por allí sin dejar de poder observar el deterioro que los años habían hecho a la estructura, la decisión resultaba algo para celebrar. O al menos, eso creí en un principio.

A los pocos días de haber observado el comienzo de las obras, en un perfil de una reconocida red social, comencé a observar un sin número de reclamos airosos de “los vecinos de la zona” que se indignaban porque estaba ocurriendo dicha transformación. “Perdemos el patrimonio cultural del barrio”, “Ya no va a ser lo mismo tomar el colectivo en esa esquina”, “Nos siguen arruinando la zona con esa estética modernoza (sic)”, fueron algunos de los comentarios que pude recoger en aquel momento.

Observe el lector que no estamos hablando de la preservación de un edificio histórico o de una obra de algún arquitecto o diseñador de renombre, sino de un instituto médico hecho con ladrillos comunes décadas atrás y que desde cualquier punto de vista necesitaba ser modernizado incluso hasta por una cuestión de seguridad.

Llegados a este punto el lector se preguntará: “¿y qué valor tiene todo esto?”. Que si para muestra basta un botón, como dirían las abuelas, la anécdota sirve perfectamente de ejemplo del modo en que los argentinos en general suelen enfrentarse al progreso y que desde allí pueden, a mi humilde modo de ver, sacarse varias conclusiones.

Por un lado, cabe la pregunta de por qué gran parte de la población argentina reacciona de este modo cuando se intenta cualquier tipo de reforma, incluso cuando esta es obviamente necesaria. Y nótese que no estamos hablando únicamente de cuestiones urbanísticas, sino que el mismo fenómeno puede evidenciarse en cuanto a políticas públicas, leyes, procedimientos, equipamiento, tecnología, elecciones políticas y decenas de otros ejemplos. Nos arraigamos al pasado como sujetos aterrados que temen ser arrastrados por el devenir.

Quienes nos dedicamos a cuestiones políticas y sociales desde un punto de vista científico sabemos que encontrar “explicaciones” es epistémicamente muy difícil (muchas veces incluso imposible) pero podemos ensayar al menos algunas hipótesis:

A mí entender, los argentinos nos hayamos anclados permanentemente en el pasado producto de una actitud racionalmente defensiva. Nótese que señalar que algo sea “racional” no es lo mismo que decir que sea bueno, justo o verdadero, sino que la reacción se desprende con cierta lógica particular a partir de ciertas premisas creídas por el o los sujetos. Esa reacción, a su vez, es producto (entre otras cosas) de un vaciamiento sistemático del valor individual de cada uno de nosotros en gran medida por el sistema educativo y en consonancia directa por un sistema económico destruido. O dicho en criollo: en un país en el cual hace más de una década que no se crea empleo genuino y en el cual la economía se reduce año tras años, considerar que nuestro sustento se encuentra amenazado y tener por tanto una actitud defensiva es lógico. Si al mismo tiempo nos encontramos vaciados de competencias y capacidades reales (el por qué uso la expresión reales es para otra nota), la idea de que nos alcance ese progreso que leemos en los diarios, lleno de conceptos como automatización, robótica, inteligencia artificial, etc, resulta bastante atemorizante.

Al mismo tiempo, también podríamos decir que consciente o inconscientemente, todos sabemos que año tras año hemos estado siempre peor. Cuestión que con independencia de los discursos políticos de unos y otros, es estadísticamente comprobable sin lugar a ningún tipo de duda. De hecho, Argentina es el único país que en los últimos 40 años ha retrocedido a nivel mundial en prácticamente todos los indicadores socioeconómicos que pueden obtenerse. Nuevamente, es para otra nota el buscar una explicación al por qué, pero en un escenario así sigue siendo lógico que el futuro para nosotros no tenga esa carga de esperanza que tiene para otros pueblos, aunque lo intentemos disimular.

Es también interesante analizar que el apego al pasado se evidencia mucho más en los centros urbanos (especialmente en el AMBA) que en otras latitudes que otrora fueron vistas como cuna de la preservación y del conservadurismo. Por caso, observe el lector la enorme modernización tecnológica y procedimental que ha tenido el campo argentino vs. el atraso que puede observarse en centros históricamente industriales de ese famoso y entrañable conurbano. Nuevamente, la razón es lógica: recorra el lector con mirada atenta arterias claves como el Camino de Cintura, Camino Negro o la Avenida Hipólito Yrigoyen y observará cientos de locales que han estado vacíos por años, fábricas abandonadas y equipamiento herrumbrándose a la vera de la calle, como muestra de esa destrucción económica que mencionaba anteriormente. Que los vecinos de dichas zonas reaccionen defensivamente con respecto a lo que el futuro puede traer para ellos, nuevamente, también es lógico.

El problema con todo lo anterior es que nadie parece notarlo. Paradójicamente, a pocos meses de comenzar formalmente la campaña política pero mientras esta ya puede respirarse en cada expresión mediática de nuestra dirigencia, no se evidencia ninguna apelación a un futuro realmente mejor y superador.

Por un lado, los discursos políticos se centran en preservar lo que hemos ganado, aun cuando la pobreza, la violencia social y el crimen, no han parado de crecer sistemáticamente desde hace por lo menos cuarenta años. Del otro, solo se escucha el compromiso por reemplazar a quienes hoy gobiernan, sin que esto implique pronunciamiento concreto alguno sobre como ese potencial reemplazo cambiará finalmente un país que, como la fachada del centro médico con el que comencé esta nota, necesita esa transformación con urgencia. En medio, otros solo plantean llegar al poder para que esos unos y otros, dejen de gobernar.

Que la política en su natural especulación discursiva haya perdido el norte no debiera sorprender. ¿Pero qué ocurre con nuestros intelectuales? A mi entender algo incluso peor: la gran mayoría ha aceptado como natural la existencia de los factores que han traído al país a este lugar y se han concentrado las más de las veces en romantizar nuestros flagelos en lugar de intentar buscar soluciones para superarlos.

Desde esta perspectiva, no sorprende la enorme cantidad de artículos académicos que tienden a justificar la delincuencia, a celebrar la identidad villera, a ponderar a los movimientos sociales y a ubicarlos incluso como nuevos factores legítimos de una supuesta democracia superadora. Sí, como se dará cuenta el lector: en lugar de combatir la pobreza la normalizamos como algo nuevo que hay que preservar.

Y entonces, para culminar, ¿qué podemos hacer? Básicamente no resignarnos. No, claro que no todo futuro es siempre mejor y por supuesto que “el progreso” no es nunca y en ningún lugar garantía de nada bueno. ¿Pero acaso dudamos que este país necesita de forma urgente una reforma profunda? ¿Acaso realmente creemos que en un país tan majestuoso solo podemos aspirar a preservar fachadas manchadas por el tiempo y villas miseria?

En el fondo y más allá de nuestras reacciones cotidianas, los argentinos estamos convencidos que este país nació para ser una potencia. Lo decimos por momentos risueñamente, en otros con culpa y en otros tantos, incluso, para provocar la irritación de los extranjeros que nos cruzamos aquí y allá, pero en nuestra mente y nuestros corazones, cuando soltamos el miedo y el desánimo, sabemos que es real.

¿Y si nos convencemos al punto de darle una oportunidad a esa realidad? Ese es naturalmente el próximo paso. Lo demás entonces también vendrá.

Analista y Director de mentorpublico.com (@twvazquezok)

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