Cómo convertir una crisis adolescente en un episodio psicótico

Opiniones

En la serie Borgen, Laura, con su "nerviosismo" y tristeza, se constituye en la emergente del conflicto de este grupo que trata de llevar adelante las tensiones y desgarros con una sonrisa y buena educación.

Laura está ingresando en la adolescencia, tiene un hermano menor a quien protege, su madre cocina y se dedica a la política, su padre enseña en la Universidad. Ambos conforman una pareja cariñosa, entre ellos y con los hijos. De pronto a su madre se le presenta la oportunidad de ocupar el puesto de Primera Ministra de su país y no podrá hacerse cargo del cuidado del hogar. Ya que el matrimonio rechaza la posibilidad de contar con ayuda doméstica para no alterar la dinámica cotidiana, pactan que el padre se hará cargo de la atención de los hijos. Este plan fracasa rápidamente, el modelo de familia ideal naufraga, el padre se va y hace otra pareja que es presentada prontamente a los hijos ante la desesperación de la madre. Los padres al principio ocultaron lo que sucedía entre ellos, pero a una persona perceptiva e inteligente como Laura, no se le escapó el drama hasta que finalmente demanda llorando a su madre saber sobre la situación. Ahora se delega en la hija gran parte de las tareas, especialmente en sostener a su hermano, claramente preferido por la madre. Ella, siempre responsable, se empeña en cumplir con todo.

Nada nuevo bajo el sol. La caída de los padres idealizados de la infancia fue señalada ya por Freud en su Metamorfosis de la pubertad. De una niña confiada e ingenua va surgiendo una mujercita reflexiva y enojada. Los tres duelos característicos de la adolescencia: por los padres idealizados de la infancia, por la identidad y por el cuerpo infantil tienen lugar en Laura en un momento especialmente conflictivo. La rápida desarticulación de la familia desafía su capacidad de adaptación. La mujer elegida por el padre es pediatra, el padre se vanagloria de la buena relación que los hijos establecen con ella que, no solo dispone de más tiempo que la madre, sino que es especialista en niños y le señala que no está tomando en cuenta que su hija está un poco nerviosa…

Laura, con su “nerviosismo” y tristeza, se constituye en la emergente del conflicto de este grupo que trata de llevar adelante las tensiones y desgarros con una sonrisa y buena educación. Laura comienza con dificultades en la relación con sus pares. No solo por las vicisitudes familiares, ella tiene sus conflictos propios e independientes. Su cuerpo está cambiando, se ve fea, alta, flaca y poco atractiva. Se acerca una actividad de campamento y ella plantea claramente su rechazo y decisión de abstenerse de participar. La madre minimiza la situación, cree que su hija disfrutará y solucionará sus problemas enfrentando esa experiencia. Como era de esperar, la hija se angustia durante el campamento, no logra comunicarse por teléfono con su madre y entra en una crisis de angustia. El padre y su nueva mujer son convocados y tienen que ir a socorrerla; desde su rol de pediatra ella recomienda administrarle psicofármacos. La madre se niega rotundamente ya que siempre con su ex marido habían criticado la tendencia creciente de la época a la medicalización de niños y adolescentes. Pero el padre vuelve a mostrar su debilidad y se somete al criterio de su nueva mujer.

Deciden entonces visitar a un psiquiatra y allí la madre, rápidamente, acepta su opinión influenciada por la autoridad médica y sus sentimientos de culpa. Laura se niega terminantemente a ser medicada, pero es presionada y vigilada por sus padres. Bajo los efectos de la medicación se la ve alterada, agresiva, se corta el cabello a lo varón. De la dulce niña que conocíamos solo quedó esa adolescente de cara afilada, desafiante y con mirada perdida. Luego de un tiempo, comienza a simular que traga las pastillas. El hermanito lo nota y se alarma, pero no se atreve a delatarla. Un día mirando fotos con su padre, señala una donde se ve a su hermana sonriendo y dice: “aquí está Laura, antes de la separación de ustedes y de que enloqueciera”. Es el único que puede unir algo de lo que le sucede a su hermana con el conflicto en que está sumergida la familia. La interrupción abrupta de la medicación provoca en Laura una nueva crisis de angustia y se decide su internación en una institución neuropsiquiátrica. Es altamente conmovedora la escena donde se la ve sentada con sus padres y el psiquiatra donde se le explica que “por su propio bien” será separada de su familia y enviada a una institución para su restablecimiento; su mirada expresa lo que sus labios no pueden expresar: indignación, angustia, soledad, falta de comprensión, la impotencia de ser señalada como “la enferma” cuando ella es un síntoma del desastroso manejo familiar. Finalmente explota en presencia del psiquiatra y tira los papeles de su escritorio. Esto confirma su “locura” y lo “acertado” de la indicación terapéutica.

Lo que sucede después, tal vez sea irrelevante. La Institución a la que va Laura resulta ser muy buena, la directora es una persona comprensiva, el lugar es alegre, tiene sesiones de psicoterapia grupales y logra hacerse de una amiga íntima. Mejora, le quitan la medicación y vuelve feliz a su hogar. Sabemos que las historias suelen ser distintas, las instituciones suelen ser menos acogedoras cuando no se trata directamente de lugares punitivos, las psicoterapias menos efectivas, la medicación no disminuye, sino que aumenta y el diagnóstico de psicosis se afianza y queda como estigma. Muy lamentablemente a veces el adolescente entra y no sale tan rápido, a veces no sale nunca.

Al margen de estas consideraciones es interesante cómo la serie danesa Borgen plantea la dificultad en conciliar la dedicación a una profesión con la posibilidad de tener una familia armónica, especialmente en el caso de la mujer. La madre, en su función de Primer Ministra, ha tenido que negociar, uno tras uno, sus ideales al toparse con fuerzas que amenazaban su continuidad en el cargo. Así decidió continuar en una guerra cuando su propósito era retirar las tropas, se vio obstaculizada en defender a los inmigrantes y a las causas ecológicas. En ese contexto accede a la medicalización de su hija. Es difícil resistir la presión de los poderosos, desde los comercializadores de armas hasta las grandes industrias farmacéuticas. La conclusión que deberían extraer los millones de personas que la ven y se identifican con sus personajes, es que, pese a la desconfianza y las objeciones, los psicofármacos curan las crisis adolescentes y solucionan la protesta de los hijos hacia los padres. “Su hija está muy grave” le dice el psiquiatra a los padres cuando Laura intenta desesperadamente librarse de la droga que embota sus sentidos y reacciona con violencia ante la violencia sufrida.

No se trata de cuestionar la necesidad de psicofármacos en algunos episodios psicóticos. Pero transformar una crisis adolescente en una enfermedad, castigar la denuncia juvenil al sistema familiar o social con el rótulo de “gravedad” es parte de una política que no acepta cuestionamientos ni diferencias. El genio de Freud señaló con contundencia, que en este período “…se consuma uno de los logros psíquicos más importantes, pero también más dolorosos, del período de la pubertad: el desasimiento respecto de la autoridad de los progenitores, el único que crea la oposición tan importante para el progreso de la cultura, entre la nueva generación y la antigua”.

Un psicoanálisis hubiera podido ayudarla a encontrar palabras para sus afectos, pero en ningún momento se lo considera como opción. Valga esta reflexión como defensa de las “Laura”. Muchos adolescentes en la vida real sufren episodios de descompensación, que, con tolerancia y comprensión terapéutica, remiten y se encauzan en una expresión fructífera para sí mismos y los demás.

(*) Psicoanalista de la Asociación Psicoanalítica Argentina.

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