Todos los años -desde hace algunas décadas ya-los Estados Unidos alimentan a unos 80 millones de personas sin recursos que, de otra manera, padecerían hambre y desnutrición.
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Esto supone alimentar -gratuitamente-a más de dos países del tamaño de la Argentina, obviamente. No es poco ciertamente y cabe reconocer que es, en rigor, el mayor esfuerzo -de este tipo de donaciones alimentarias concretas-que existe en el mundo.
No obstante, hace tan sólo cinco años, los beneficiarios del mismo eran unos 100 millones de personas. Y lo cierto es que el flagelo del hambre en el mundo afecta a muchos más, en verdad a unos 850 millones de personas que no tienen posibilidades de comer adecuadamente.
Nuestro país, que podría ciertamente hacer lo suyo en este capítulo (aunque sea a nivel regional), atento a que es una potencia agrícola, hasta ahora ha estado ausente de este tipo de esfuerzos regulares y se ha limitado a participar puntualmente en emergencias concretas.
Preocupación
Los norteamericanos están, por su parte, replanteando lo que, en esto, vienen haciendo. Ocurre que los costos de distribución, logística, y transporte se están «comiendo» una parte cada vez más grande de los recursos asignados a este esfuerzo, tanto que se estima que sólo un tercio del dinero afectado a este programa se destina específicamente a la compra de alimentos.
Algo que genera una creciente preocupación y está empujando el referido replanteo, en línea con una propuesta que la administración del presidente George W. Bush viene haciendo desde hace ya dos años, sin éxito, dado que el Congreso de su país no la ha aceptado, hasta ahora. Pero las cosas pueden estar empezando a cambiar en función de la realidad.
La idea de la administración del Presidente Bush es la de permitir que hasta una cuarta parte de los alimentos que se adquieren para ser distribuidos como parte de este esfuerzo sea adquirida directamente en los propios países en desarrollo, que están más cerca de los lugares en los que hay una crisis alimentaria. Esta propuesta no sólo permitiría llegar antes a los lugares en los que existe una crisis alimentaria, salvando vidas, sino que además mejoraría la eficiencia toda del esfuerzo norteamericano.
De aceptarse lo que pretende la administración Bush se alteraría un requisito que existe desde la década del 50, cuando naciera el programa de «Alimentos para la Paz», al que nos referimos. Es aquel que exige que los alimentos donados sean producidos en los Estados Unidos. La administración ha cumplido siempre con este requisito, religiosamente, aunque adquiere sus alimentos en el mercado abierto, donde cuatro firmas han venido concentrando la mitad de las ventas en los últimos años: Cargill, Midland, Bunge y Cal Western Packaging.
Una institución privada no gubernamental norteamericana, el Banco de Recursos Alimentarios, ha sido, según informan los medios, pionera en esto y, con sus recursos, compra los alimentos que distribuye en los propios países en desarrollo en los que opera, ayudando así a morigerar el hambre y, además, a crear allí oportunidades de negocios y trabajo que, de otra manera, no existirían. Por esto, la propuesta de cambio debería ser estimulada desde todos los rincones del mundo.
(*) Ex embajador de la Argentina ante las Naciones Unidas.
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