Cuando comenzó la pandemia, parecía que el mundo se unía ante lo desconocido e incontrolable. Los gobiernos se fueron dando cuenta que el mundo está unido por hilos invisibles y que el Covid-19 es un hilo mortal que requiere de todas las fuerzas del hombre para combatirlo.
Los riesgos de caer en la des-esperación de los pueblos y el des-concierto de las naciones
Cómo afecta el factor destructivo que lleva al des-concierto de las naciones y los gobiernos, y a la des-esperación de las poblaciones.
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Fue así que escuchamos discursos alentadores sobre los cambios que este virus dejaría en la humanidad. La ilusión de un mundo mejor, más equitativo y más solidario parecía poder concretarse. Claro que en algunos lugares comenzó a faltar alcohol, en otros barbijos, en otros respiradores. El comercio internacional era indispensable, pero sobre todo, un comercio concertado pacíficamente entre las naciones ya que la humanidad estaba y está en peligro.
De repente, necesitamos dinero para la investigación y dar a luz una vacuna por lo cual era indispensable el intercambio de insumos y la transferencia de conocimientos.
Se tomó conciencia de que sin ciencia y tecnología, y sin científicos, médicos, enfermeros y muchos otros especialistas y trabajadores, es decir, sin el factor humano, se vuelve imposible la lucha.
Hasta acá todo parecía ético y humanitario.
Sin embargo, hay otro aspecto que es también humano: el factor destructivo que lleva al des-concierto de las naciones y los gobiernos, y a la des-esperación de las poblaciones
Mientras al principio de la pandemia festejamos el concierto de naciones, hoy estamos ante las puertas de la guerra por las vacunas. La ilusión de un cambio en la conformación del mundo cae ante la evidencia de que los países pobres no tendrán vacunas y los ricos las tendrán en reserva.
Súbitamente el mundo cayó en la cuenta que la circulación de bienes, servicios, alimentos, traspaso científico, está condicionada.
Otra vez el "nuevo mundo" parece utopía.
En el mientras tanto, una parte de la población mundial des- espera y teme el des-concierto. ¿Qué quiero señalar? Que estamos amenazados por otros virus: por ejemplo, que los países se des-concierten y en lugar de cooperar se desentienden de los otros, o que la gente deje de esperar soluciones y des-espere, es decir, caiga en la desesperanza y la rebeldía como la de los jóvenes que transgreden los protocolos para mostrar que existen.
Des-concierto y des-esperación son dos amenazas que inciden en lo social y en lo individual, y ambos deprimen.
Estamos amenazados por el riesgo que prime el “sálvese quien pueda”, posición de dudoso éxito. La amenaza de la desesperación y el desconcierto generalizados es grave ya que puede conducir a situaciones de crueldad, de abuso de los más vulnerables.
Dentro de este panorama tenemos países con mejores recursos. Algunos ya tienen vacunas y planificación para aplicarlas a sus poblaciones, otros aún no tienen modo de alcanzarlas.Si bien en cada caso habrá que discernir la responsabilidad de los gobernantes en el éxito o fracaso en resolver la pandemia, la guerra por las vacunas ha comenzado.
Hemos escuchado la falsa dicotomía entre economía y salud. Dicotomía que se agravará si la pandemia no puede controlarse a corto plazo. ¿Por qué? Porque economía no es solamente dinero para las vacunas, sino recursos para producir o comprar alimentos, para sostener las redes de comunicación, para abastecer y distribuir medicinas, y salud no es solamente estar sano sino prevenir las enfermedades o tener los medios para curarlas.
Vivimos un mundo entrelazado, en permanente intercambio y este factor puede ser letal si se olvidan o destruyen sus basamentos solidarios, humanitarios y resilientes.
Tras esta pandemia todos seremos resilientes, es decir sobrevivientes a las amenazas del Covid y de la insensibilidad si alguien o algunos se arrogan un conocimiento y un privilegio superiores y deciden lucrar con él.
Este individualismo terrorífico puede encarnarse en un hombre, un laboratorio, un gobierno. ¿Y que resulta de este individualismo? La explotación de otros, la xenofobia, la discriminación y el abuso.
Por esto es que reitero que hay un virus más letal aún que el Corona: es que el mundo se des-concierte y las personas se des-esperen y nos impulsen a batallas evitables con políticas solidarias, o a depresiones generalizadas por el horror a la muerte masiva.
La desesperación es el agobio de dejar de esperar una salida a la angustia. Ya se está registrando el aumento de suicidios o del "dejarse morir" por falta del incentivo para cuidarse del contagio. Entonces, la fantasía de "destrucción del mundo", fantasía melancólica, se expande y contagia tanto como el corona-virus.
(*) Directora de la publicación La Época APA Online y Coordinadora de Formación Permanente de APA. Coautora del libro "Psicoanálisis & Sociedad, Nuevos Paradigmas en Lo Social" (Ed. Dunken).




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