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En los más diversos rincones del mundo entero. Me refiero al «uso de la calle» como herramienta mayor de la actividad política. Los últimos acontecimientos en Georgia, Ucrania o Kirguistán, por su notoriedad, me eximen de mayores comentarios. En todos ellos, sin excepción, la gente salió espontáneamente a la calle para «quedarse en ella» hasta que sus reclamos de libertad fueran satisfechos. El denominador común fue -en todos esos casos- la manipulación de las elecciones por quienes estaban dispuestos a falsear la voluntad popular para aferrarse al poder. En Kirguistán, como en Ucrania, una vez lanzada a las calles la gente se enfrentó primero con los «matones» del gobierno y los superó y -luego- con las fuerzas de seguridad las que -ante la inmensidad de lo que enfrentaban- terminaron desapareciendo, lo más velozmente posible de la escena.
Antes, la caída de Aznar, en España, había sido ya forzada por la gente en la calle, respondiendo a una tan «oportuna» como insistente convocatoria de los medios electrónicos.
Están, además, los «grupos de choque» que son conocidos con nombres diversos, como: «cero corrupción», en Ecuador; o «grupos bolivarianos» en Venezuela; o más recientemente los «nashis» (que quiere decir «los nuestros»), en Rusia.
Entre nosotros, el tremendo «final» de la presidencia de Fernando de la Rúa ocurrió, a su vez, en dos tiempos. Ambos con la calle como protagonista. El 19 de diciembre presumiblemente la clase media -harta- salió espontáneamente a las calles a decir «basta». Al día siguiente, en cambio, la calle estuvo -cabe sospechar- en manos de «activistas» prolijamente instruidos. Lo que es bien diferente.
Por todo esto, quienes hacen de la política una profesión están ahora conscientes de ese «riesgo»: el de ser -de pronto- desalojados por una espontánea reacción del pueblo, cansado del autoritarismo. Reacción que, por masiva, suele ser inmanejable, o más bien imparable.
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