Fed optó por la vía rápida. Con un recorte de medio punto conformó las expectativas. Es obvio que no se puede satisfacer a todo el mundo. En rigor, tampoco a todo el pequeño círculo que participa de la toma de decisiones. No importó. Otrora minimalista, la Fed de Ben Bernanke despachó un corte profundo de tasas de interés -mutilando 125 puntos base en dos tajos raudos apenas separados por ocho días entre sí- y definió, si hacía falta, el tenor de su juego. Con hechos, no con palabras. Los comunicados de oficio aún recitan el deber de vigilar cuidadosamente la inflación. El terreno crudo de las actitudes dice otra cosa. No hay más prioridad que mantener la marcha de la economía en los márgenes apretados de una calzada resbaladiza; a salvo de la banquina de una recesión. Lo demás, puede esperar.
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La apuesta de Bernanke es fuerte aun para los cánones de quienes comparten su misma información. La dirección del movimiento no se discute -nadie objeta dentro de la Fed la iniciativa de haberse embarcado en setiembre en la faena bajista y pocos lo hacen hoy fuera de la institución- pero la velocidad y, sobre todo, su reciente aceleración provocan vértigo en más de uno de sus colegas. Si en su momento William Hoenig, el titular de la Fed de Kansas City, prefirió pisar el freno, la semana pasada fue el turno de William Poole, el presidente de la Fed de Saint Louis. Ayer, con un nuevo elenco de jefes de distrito munidos de capacidad de voto, Richard Fisher, el mandamás de la Fed de Dallas, protagonizó un nuevo disenso. Sólo nueve de los doce distritos en los que se divide la Reserva solicitaron una reducción de medio punto en la tasa de descuento; otro indicio de la existencia de disímiles puntos de vista.
La conducción de Bernanke podrá ser muy distinta a la de Alan Greenspan; por cierto, el protagonismo personal cedió paso a una representación más colegiada de las opiniones, que no teme exponer las diferencias de criterio. Pero, se comprueba, la Fed puede ser tan expeditiva como antaño. Además, Bernanke, el adalid del enfoque de objetivos de inflación (« inflation targeting»), sale a la caza de un blanco de crecimiento con igual saña -y pragmatismo- que el mejor Greenspan. Nadie debiera sorprenderse: después de todo, Bernanke lo acompañó como gobernador de la Fed cuando la crisis de 2001 forzó a desmantelar el velamen de las tasas de interés hasta el piso de 1%. Y fue Bernanke quien escribió el manual de procedimientos -que no se llegó a utilizar- por si fallaba la maniobra y además de las velas había que desprenderse del mástil.
No deja de ser curioso que la misma institución que en agosto y principios de setiembre se negaba a considerar una baja de tasas de interés a menos que ocurriera una calamidad -conforme William Poole dixit- haya consumido ya 40% del poder de fuego que atesoraba.
Curioso
Un cuarto de punto por aquí, tres cuartos por allá; ayer, medio punto, y así se vacían las existencias. De los 525 puntos base de la dotación original, restan 300. Más curioso todavía es que se la acuse de correr detrás de los acontecimientos cuando se despacharon tantas autobombas y la economía no es todavía presa de las llamas. Nadie discute que el sistema financiero esté chamuscado pero se las ha arreglado, al menos, para compensar sus pérdidas con una pareja ración de nuevo capital. Y liquidez no le falta después del éxito del mecanismo temporario de subastas. Es verdad que la novela de las compañías de seguros monolíneas -si se produce lo que cada vez parece más inevitable, la pérdida de sus calificaciones crediticias privilegiadas- provocaría otra oleada de pérdidas contables. Pero no se le puede exigir a la Fed que negocie los aportes que hacen falta para salvar el trance.
Si las turbulencias y la cuota de pánico de la semana pasada gatillaron, como se presume, estas dos fuertes andanadas de bajas de tasas de interés antes de tiempo; también promovieron la aprobación, en un santiamén, de un paquete de estímulo fiscal en la Cámara baja de volumen no desdeñable. Si no descarrila, y nada hace preverlo, esa artillería sumará el equivalente a un punto del PBI sobre el gasto, concentrado en un par de trimestres. Que derramarán sobre una economía ligera de inventarios. Si los temores -enancados en la noción de una recesión inminente- prueban ser exagerados, la política económica habrá dispuesto ya una plataforma defensiva de gran envergadura. Quizá no alcance para mantener las cotizaciones de Wall Street en alza -cómo exigirlo cuando las ganancias por acción se derrumban 20% en el último trimestre, año contra año- ni para remediar las enfermedades graves -como la crisis inmobiliaria- que demandan tratamientos específicos. Pero para la economía que resiste el aguacero -que debiera confirmar mañana que continúa creando empleos- servirá de fuerte apuntalamiento. Con su disenso, Poole y Fisher sugieren que el empuje, inclusive, podría resultar excesivo.
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