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23 de abril 2002 - 00:00

Activistas impidieron la sesión

Ayer un simple y desconocido ciudadano fue agredido en la acera del Congreso Nacional sólo por tener un parecido físico con el titular del Senado, Juan Carlos Maqueda. Inclusive en el Congreso se comenta algo peor, cómico pero que no deja de ser trágico: no hace falta tener algún parecido físico con un político para que un ciudadano corra riesgo sobre su integridad. Bastaba ayer que alguien, con mala intención, gritara «ése es Maqueda» así fuera totalmente distinto y la gente iracunda con los políticos lo agrede igual porque no conoce bien al senador cordobés. Consecuencia: nadie está exento de riesgo. En el caso de los políticos cada día la gente está más convencida de que sus tropelías en designar empleados públicos, recomendar insolventes que vaciaron bancos oficiales, gastar en sus punteros los presupuestos de ANSeS y PAMI y agotar los ingresos del Estado son la verdadera causa de la grave crisis actual. Lo señala un sondeo del sociólogo Artemio López: 35% de los interrogados considera que la clase política es el primer problema del país. Cuando los ingresos de esos consultados son superiores a $ 2.000, 50% contesta que el principal problema del país (superior al desempleo, la inseguridad, etc.) es su clase política, como drama en sí mismo y causa de los demás flagelos.

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El ministro pensaba visitar a legisladores PJ para negociar la redacción final de la iniciativa, pero finalmente algunos senadores y diputados saltaron este «corralito» y se trasladaron hasta el Palacio de Hacienda. Desde allí, José Alperovich, Jorge Matzkin y Jorge Obeid relataron por teléfono las novedades a sus compañeros de bloque que permanecían encerrados.

Nadie podía entrar ni salir, sin distinción entre agentes rasos y funcionarios con fueros o sin ellos. No había privilegios o entradas VIP que sirvieran, y la ley -aun cuando no estuviera consensuado el texto- resultaba imposible de ser debatida con semejante presión popular.

Los manifestantes no distinguían entre personal y senadores o diputados. Tampoco los cronistas parlamentarios quedaban exceptuados, al igual que cualquier mortal de saco y corbata que quisiera ingresar en las cámaras. Primero, recibían insultos y, si no había reacción, corrían peligro de sufrir golpes de puño o proyectiles, incluida una papa que quedó tirada sobre la vereda de Diputados.

Hasta el mismo personal de seguridad estaba temeroso, a pesar de que había grupúsculos de ahorristas y activistas de izquierda, encabezados por la diputada porteña Vilma Ripoll (Izquierda Unida), que no superaban el medio centenar. Estaban distribuidos en las 4 calles que rodean el edificio. Es decir que, en ninguno de los accesos, había más de 15 o 20 personas a la caza de legisladores, después del mediodía. Como prevención clausuraron las puertas y no atendían a quienes, credencial en mano, intentaban franquear los límites del Congreso.

La protesta recién se hizo fuerte al anochecer, cuando los empleados hacían cola -y horas extra- para poder abandonar su lugar de trabajo. Entre ellos, se paseaban el radical bonaerense Enrique Vázquez y los frepasistas Darío Alessandro y Rodolfo Rodil, bastante desorientados por la posibilidad de recibir agresiones de la multitud por la continuidad en el oficialismo, originalmente con la Alianza y ahora con Eduardo Duhalde. La versión, después desmentida, de que habían apedreado el automóvil del senador Mario Losada (UCR-Misiones) no parecía el mejor augurio.



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