25 de marzo 2004 - 00:00

Activistas van ahora por más "museos"

Entre las casi 200 organizaciones vinculadas a los derechos humanos -algunas politizadas y de inclinación insurrecta con visión propia de los derechos humanos- se teme que el Museo de la Memoria, con vista al río, que comenzó a gestarse ayer en la ESMA constituya un entierro de esa lucha. No es que esto termina, sino que de ahí que algunos clamen por nuevos museos y posesión de todos los sitios militares donde se practicaron tormentos (el Vesubio, Patricios), con el previsible riesgo de que esa acumulación física y geográfica finalmente se convierta en una rutina turística, como los ex campos de concentración nazis diseminados por Europa. Se preservan recuerdos ominosos para que no se repitan, se exalta cierta curiosidad, pero se sepulta la campaña permanente por otras causas. Y ése es un dilema para algunas de esas organizaciones, como el hijo que en el acto de ayer dijo: «Hasta la victoria siempre».

El apartamiento discriminatorio de gobernadores peronistas en la ceremonia no era sólo una paradoja, ya que muchos de ellos sufrieron prisión, tortura o persecución en marzo del '76, como José Manuel de la Sota, Jorge Busti o Jorge Obeid, por mencionar algunos. Esa exclusión obedece a intereses políticos, a recluirlos en otro sector (contaminado, obvio), del mismo modo que nadie en el recuerdo menciona a la presidenta volteada entonces (María Estela Martínez de Perón) o, si se atrevía a participar, el casi seguro bombardeo a Carlos Menem aunque éste hubiera pasado 5 años presos bajo los militares en condiciones nada agradables. Hay, entonces, una intencionalidad por crear un espacio propio -a caballo de estos episodios- más asentado en la declaración de guerra a ciertos dirigentes que en una propuesta de gobierno. Algo parecido a los enfrentamientos de los '70.

Kirchner casi mimetizó en un mismo infierno, ayer, a los '70 de los militares con los años '90 en general, casi un plagio de la fusión torpemente declarada también en la víspera por el socialista Luis Zamora: «Yo no sé cómo anda suelto Pagani, de Arcor, que en los '70 apoyaba al gobierno». Sin prejuicios confunde al padre (ya muerto) con uno de los hijos del empresario.

Como si fuera adrede, igual que el Ejecutivo, quien por otra parte nunca menciona a Domingo Cavallo -amigo y consejero financiero del santacruceño-, quien sí tiene la peculiaridad de enancarse en los dos procesos hoy anatematizados por la administración. El olvido selectivo, como el recuerdo, también es parte del haber presidencial.

• Castigo social


Si está claro y avanzado este propósito político, uno de los instrumentos imaginados para hacerlo prosperar es la constitución de nuevos y más amplios «juicios de la verdad». Estos tribunales sin efecto jurídico que se tratan de aplicar sobre causas ya juzgadas de violaciones a los derechos humanos y con la única pretensión de castigo social podrían extender sus límites: convocar a quienes en la Argentina de los '70 tuvieron responsabilidad no militar pero sí, en silencio, por nulo, escaso o fuerte compromiso, respaldaron al Proceso (o convivieron con él). Más que imputar, dicen, demandarán explicaciones, para que cada uno -en una sociedad que apoyó con tanto encomio el golpe de Estado como hoy sostiene a Kirchner, todo según las encuestas- expíe su participación o aclare su rol. A periodistas, empresarios, economistas, sacerdotes, intelectuales, artistas, sindicalistas, premiados, convocados, beneficiados y a todo aquello que en ese momento representaban. Es notable la lista de personajes ya elaborada con sólo la lectura de los diarios (se infiere de esta nómina la casualidad de que muchos hoy cercanos a la Casa Rosada o de habitual visita también en el pasado mantenían los mismos contactos).

Con la excusa de la deuda moral, se propone al estilo de Mao una gigantesca autocrítica, algo parecido a lo de Kirchner, quien en menos de 4 días dijo que «había sido cobarde», que «pedía perdón», tal vez porque no disparó un tiro ni fue detenido, tampoco pudo defender ningún preso político ni participó en la Asamblea Permanente y apenas si conoció en el último año a Madres y Abuelas de Plaza de Mayo cuando ya estaba en el poder o en sus inmediaciones. Afortunados los hombres que cambian para bien, diría un salmo. Tal vez con ese tipo de confesiones se alcance el Nuevo Cielo.

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