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Sin embargo, los jerarcas del catolicismo no quieren aparecer ahora precipitando un encuentro que el gobierno les negó varias veces en anteriores oportunidades. Inclusive, antes de la última asamblea de obispos celebrada en San Miguel, la cúpula de la institución intentó verse con el Presidente y no se les concedió la entrevista. El único contacto con el oficialismo en esa oportunidad fue la visita del ministro de Educación, Daniel Filmus, quien concurrió a la reunión y sedujo a los clérigos reunidos a pesar de llevar adelante una gestión más que lejana a lo confesional en su cartera (algo similar logró en el Círculo de Armas, antro de los más desafectos al oficialismo actual, claro).
Algo similar sucedió con el cardenal Jorge Bergoglio, habitual interlocutor de Eduardo Duhalde y de uno de los suyos dentro del gabinete, José Pampuro, el ministro de Defensa (quien trata al arzobispo semanalmente, desde que era secretario general del bonaerense). A Bergoglio le suspendieron tres entrevistas a último momento desde la Casa Rosada, donde se cultiva poco el protocolo. La explicación fue la misma: «Va a pedirnos algo que no estamos en condiciones políticas de conceder».
El entredicho con Aguer parece haber sido un chisporroteo sólo tangencialmente vinculado con esa estrategia de enfriamiento. Un Presidente que tiene en el Ministerio de Justicia (no se sabe por cuánto tiempo más) a Gustavo Béliz, no puede declararse tan ofendido porque un pastor cobije a Francisco Trusso (h), antiguo sponsor del joven apostólico (le pagaba el alquiler del departamento, el sueldo de algunos colaboradores, la tarjeta de crédito y los trajes que confeccionaba un sastre traído desde el conurbano). Aníbal Fernández, el ministro del Interior, trató de poner paños fríos con el prelado platense. Lo llamó por teléfono y, dicen, habló con él amigablemente: ambos se conocen de los tiempos en que Fernández trabajaba para Carlos Ruckauf como ministro de Trabajo y militaba -como el gobernador y el obispo- en el pensamiento de derecha. De todo esto hace poco más de dos años. El ministro se encargó de publicitar esta conversación con Aguer y, de paso, hizo un pedido tradicional en todos los gobiernos desde el siglo XIX: la candorosa pretensión de que «cuando se hace una crítica se haga también una propuesta».
De todos modos, no será Aguer el vínculo más estrecho que tendrá este gobierno con quienes regulan la fe católica. Ese lugar lo seguirá ocupando, aunque discretamente, Bergoglio. Como con los piqueteros, los sindicalistas o los empresarios, también en la Asamblea Episcopal la Casa Rosada pretende trazar una línea de amigos y adversarios. Los funcionarios tal vez conocen la enemistad entre el arzobispo de La Plata y el de Buenos Aires desde que ambos eran obispos auxiliares de Antonio Quarracino. ¿Recelos ligados a la sucesión de ese cardenal fallecido? Puede ser. A propósito, no habría sido Aguer sino más bien Bergoglio el beneficiario, en su carrera hacia el arzobispado porteño, de las excelentes vinculaciones del banquero Trusso en el Vaticano. En otras palabras: Trusso fue fiador de Bergoglio en ese momento, pero Bergoglio no fue el fiador de Trusso como sí hubiera correspondido. Fue Aguer, y por orden del Vaticano, nadie sabe si para beneficiarlo o porque allá le tienen más confianza.
Piqueduros y piqueblan-dos, sindicalistas réprobos y gremialistas elegidos, ¿también en el campo de la fe habrá pastores del gobierno y pastores de la vereda de enfrente? Tampoco en este orden el Presidente sería demasiado novedoso: después de todo, Raúl Alfonsín y Carlos Menem también tuvieron adherentes y detractores en la Asamblea Episcopal. En campos contrarios, obviamente.
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