27 de diciembre 2001 - 00:00

Alberto, no Adolfo, aparece como motor real del gobierno

En la imagen no está sentado a la diestra del «Señor padre», sino a la izquierda del «Gran hermano»: «el Adolfo», y es algo más que un símbolo esa ubicación. Intelectual -ávido lector, al revés de otros políticos con formación constitucional-, artista (pinta y gusta de presumir de su obra plástica), ese controvertido divorciado llamado Alberto, hermano del Presidente, puede ser observado como el poder bifronte de los Rodríguez Saá: participa en todo, decide en todo, aunque es menos propenso a los flashes que su pariente. No es lo único. Más elitista en el pensamiento, menos populista y conservador que «el Adolfo», «el Alberto» -abogado y solitario-dispone una inclinación socialdemócrata que hoy parece marcar a la nueva administración. Más por el anuncio de que no desean repetir episodios luctuosos (como los del final de Fernando de la Rúa) y por alcanzar una paz social, sin que importe el precio que pague la economía del país.

Gobierna casi en paralelo a su hermano y la combinación mutua, hoy promueve un cóctel más cercano al venezolano general Chávez que a una administración liberal como la chilena. Además, Alberto es un rebelde de la reciente época menemista. Siempre chocó intelectualmente con Eduardo y más despreció aún al encono de Carlos. Fue este Rodríguez Saá, renunciante a su banca de senador, quien trató de «mamarracho» el proyecto de reforma constitucional del '94, el pacto con Raúl Alfonsín que permitió la reelección de Menem. Los dos Rodríguez Saá, a su modo, quieren ofrecer una versión del peronismo distinta de la menemista, más vernácula y tradicional, distributiva, como si fueran los cincuenta, con un pródigo Banco Central repleto en oro.

Se admite en otros niveles de gobierno que este giro, tal vez, sea temporal. Aunque hay pasos y compromisos que luego costarán desandar. Quizá tenga esa expectativa Carlos Grosso, hoy influyente, en apariencias, pero con mínimo voto frente al dúo, hombre que también registra una personalidad enigmática a desentrañar, debido a sus casi 10 años de ostracismo donde acumuló reflexiones, pero también resentimientos.

Al binomio gobernante, en rigor, lo acompañan otros dos consejeros: el jefe de la SIDE, Carlos Sergnese, y el virtual encargado del mínimo gabinete Luis Lusquiños, nombres de apoyo, íntimos conductores de la feligresía puntana de los Rodríguez Saá. Tanto que a Sergnese, alguna vez, le costó purgar la burla popular en San Luis. Era hábito un cartel proselitista del gobernador colocado en algunas obras que decía: «Con sus impuestos se hizo este puente». Frente a la casa del nuevo jefe de la SIDE, colocaron otro cartel con la siguiente leyenda: «Con sus impuestos se hizo esta casa».

Cuatro ases

Como en las barajas, son cuatro ases. Un cuarteto superior donde sólo dos mandan, de los cuales, uno reluce y el otro se embosca. Tienen el hábito de consultar y mandar y, eventualmente, se aproximan a Vernet, a Frigeri y, un poco menos, a Gabrielli. Pero su funcionamiento es casi parroquial. Son muchos años de gestionar una población de 350 mil almas -les limita la confianza la sesión de responsabilidades-. Son provincianos puestos ortopédicamente en la Capital: también ellos, por más que lo tramitaron, fueron sorprendidos por el poder.

En lo inmediato, carecen de management para la economía, y optaron por la facilidad de respaldarse en los sindicatos, ofreciendo costosos premios. Una demagogia que ofende al mundo empresario más globalizado. Tal vez, porque San Luis no es la Argentina y, si bien puede ser una provincia felicitada por Harvard -como el estado autónomo mejor administrado-, su modelo no es transmisible a una nación de 36 millones de habitantes, se puede decir que están en el aprendizaje, en la prueba y el error. Con los militares, entendieron rápido: primero le obsequiaron a la izquierda el juicio universal y ahora ya se sabe que ningún uniformado cruzará el océano para sentarse ante el tribunal. Alivia pensar que corrigen con el mismo vértigo con el que proceden, pero asusta imaginar el capricho populista que anida en el cuarteto o en el dúo principal.

No sólo se juega un dúo familiar, sino tal vez el último partido político que queda.

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