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Duhalde le propuso el nuevo destino a Amadeo el martes por la tarde, mientras el canciller Carlos Ruckauf, desde luego ausente, esta vez para realizar su enésima visita a Nueva York, donde viven su hija y sus nietos. El miércoles seguramente Alfredo Atanasof le informó la novedad a James Walsh durante el desayuno: «Amadeo será el nuevo embajador argentino en los Estados Unidos». Walsh festejó por su excelente relación con el nuevo diplomático; también por sus recelos hacia Guelar, cuyo desplazamiento adquiría a esa hora la forma de un decreto en la Secretaría de Legal y Técnica de la Presidencia de la Nación. El afectado se enteró de la decisión ayer durante un viaje privado a San Pablo. La discreción fue una exigencia de Duhalde, quien tenía pensado dar la primicia a los senadores que integran la comisión de acuerdos.
Para halagar a Roberto Lavagna, algunos funcionarios atribuyeron ayer la caída de Guelar a los desaires que el ministro de Economía le imputó en el despacho presidencial el lunes por la mañana, como parte de su informe sobre el último viaje a Washington. A Lavagna lo irritó menos la indiferencia de Guelar -que se expresó, al parecer, en que no le ofreció un auto con chofer para sus desplazamientos- que la galantería del embajador hacia personas con las que el titular de Hacienda se iba a enfrentar en esas horas. Gracias a un argentino que trabaja en el Fondo Monetario Internacional se enteró de que el viernes pasado Anne Krueger había recibido una orquídea con una afectuosa esquela desde la representación argentina ante los Estados Unidos. Detalles de antipatía personal terminaron por dominar finalmente la imagen de Guelar que se fue dibujando esa mañana en el escritorio de Duhalde, donde le reprocharon desde el disfraz de «Hannibal» que utilizó para alegrar a la comitiva argentina la noche de Halloween hasta la vaquita «Valentina» que utilizó como mascota durante su larga permanencia en Washington -Guelar ya había sido delegado de Carlos Menem en ese destino-. En rigor, el Presidente había tomado la decisión hacía tiempo. La buena relación del embajador con Menem, a quien defendió discretamente de las acusaciones de Otto Reich -el subsecretario de Estado lo incluyó en una lista de corruptos latinoamericanos- se volvió intolerable para la Casa Rosada, mientras Guelar subía puntos en Anillaco hasta convertirse en un candidato promisorio a la Cancillería si el riojano regresa al poder. Una declaración periodística terminó por sellar el destino del diplomático: «La interna del PJ podría complicar el acuerdo con el Fondo» dijo hace pocos días. Duhalde lo tomó como una imputación hacia él, quien se asume abiertamente como una de las partes en conflicto.
Sin embargo la llegada de Amadeo a Washington no se vuelve comprensible atendiendo sólo al deterioro de la relación de Guelar con el centro del gobierno. Para comenzar con una síntesis: Duhalde decidió tener un representante personal ante el gobierno de George Bush y, en especial, los organismos multilaterales. Alguien que traduzca y controle para él la negociación económica internacional -que incluye el acuerdo con el Fondo, la gestión de créditos con el BID y el Banco Mundial y las transacciones por la deuda pública-, es decir, que cumpla el rol que le cupo a Amadeo el lunes pasado por la mañana cuando, alejado ya Lavagna del despacho presidencial, gestionó el reencuentro de Duhalde con Horst Köhler para que se reanimen las conversaciones con el Fondo. Es verdad que Amadeo mejoró bastante su vínculo con Lavagna, que atravesó largos años de tirantez. Pero hasta esa tensión lo favoreció como candidato porque, si bien la relación del Presidente con su ministro de Economía sigue siendo excelente, hay signos cada vez más frecuentes de que el hombre de Lomas de Zamora comenzó a comprender las determinaciones internacionales, sobre todo norteamericanas, que pesan sobre la política local y quiere controlarlas de la manera más directa posible.
Amadeo promete ser un buen intérprete. Economista de profesión, realizó durante el gobierno de Duhalde seis viajes a los Estados Unidos, algunos de los cuales fueron públicos y sirvieron de auxilio a las gestiones de Jorge Remes Lenicov y Lavagna. Desde la inauguración de la actual administración, fue un protagonista de la relación bilateral con Washington, en la que intervino personalmente y también a través de su amigo Alan Stoga, a quien el gobierno contrató para defender sus intereses en esa capital. Fue el comienzo del fin en su relación con Guelar: el embajador entendió, naturalmente, que ese convenio era peyorativo para su función oficial e hizo todo por boicotearlo. Hasta se reconcilió brevemente con Lavagna, con quien ya mantenía una mala relación garantizada por el hecho de que el ministro actual había sido en los '80 su antecesor en Bruselas como embajador ante la Comunidad Económica Europea (en cualquier burocracia las sucesiones generan recelos irreparables).
El nuevo embajador tiene una agenda propia en el destino asignado. No sólo por sus contactos con varios «think tanks» de Washington, también porque es uno de los argentinos que ha mantenido relaciones más fluidas con el Banco Mundial y el Bid, «cajas» que Duhalde mira con codicia creciente. Esas vinculaciones las adquirió Amadeo antiguamente, las cultivó más en tiempos de Menem, cuando ocupó la Secretaría de Desarrollo Social y, más tarde, la de lucha contra el narcotráfico. Ahora servirán para cumplir con el designio de Duhalde, que es incrementar el trato con esos organismos.
Se agrega a todo esto su experiencia personal en Norteamérica: desde su adolescencia de estudiante «intercambista» en Fort Worth (Texas) hasta su exilio canadiense como profesor de economía y tecnología y la permanencia en el Wilson Center de 1993, en calidad de becario senior. Para su nueva función tal vez luzcan menos su paso por la presidencia del Banco Provincia y aún por la Cámara de Diputados que su matrimonio con una noble, la condesa Beatriz «Dzidza» Orlowsky, con quien tuvo 5 hijos. Vista desde el palacio San Martín, casi la biografía de un hombre «de la casa».
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