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2 de abril 2007 - 00:00

"Aserrín, aserrán, que se vaya el alemán"

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El martes 30 de marzo fue un día de clima templado. Las tapas de los matutinos tenían como títulos principales la designación de Guillermo del Cioppo en la intendencia de la Ciudad de Buenos Aires y el nombramiento de monseñor José Miguel Medina como vicario castrense en reemplazo de Adolfo Tortolo. También se pronunció la extraña palabra "desestancar" la economía, en boca de Jacques Hirsch, presidente de la UIA, luego de finalizar una reunión con el presidente Galtieri.

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"Desestancar" pretendía completar el juego de las tres "D" del equipo económico (desinflacionar, desregular y desestatizar). El trasbordador Columbia debió retrasar su aterrizaje en Nuevo México, Estados Unidos, por el mal tiempo. Los diarios reseñaban una gran expectativa por una definición británica sobre lo que estaba sucediendo en el archipiélago Georgias del Sur, a pesar de que todavía no se sabía que una fuerza naval con infantes de marina y miembros del Regimiento de Infantería 25 marchaba a ocupar las Malvinas. La cuestión sobre una presunta reacción inglesa preocupaba en todos los niveles. El sábado anterior había sido tema de conversación en una fiesta que dio el brigadier Basilio Lami Dozo con motivo del casamiento de uno de sus hijos. En ese ágape estuvieron las principales figuras del gobierno y las Fuerzas Armadas y fue llamativo por la opulencia reinante en medio de un cuadro de serias restricciones. A la salida, varios de los presentes (entre otros, Francisco Cerro y Martín Dip) salieron abrumados por las informaciones que habían recogido de los incidentes que se estaban desarrollando en el Atlántico Sur (la fuerza de ocupación, en el mayor de los secretos, había salido a invadir las islas Malvinas).

Mientras el conflicto se hallaba en plena escalada, en otros lugares de Buenos Aires, desde semanas antes, se discutía la interna sindical. Con el derrumbe de Viola y el "violismo", muchos de los dirigentes sindicales que habían mantenido diálogos y posiciones moderadas frente al Proceso militar, especialmente los reunidos en la CGT Azopardo, cayeron en lo que dio en llamarse "la bolsa de los piojos". Había llegado la hora de la CGT Brasil, pero tenía que mostrar algo. Para mostrar ese algo, desde días antes se hallaban muy activos el coronel Bernardo José

Menéndez y el sindicalista de la carne Lesio Romero. Desde que había asumido la comandancia en jefe del Ejército, el coronel Menéndez se encontraba cerca de Galtieri, abriéndole surcos con la dirigencia argentina. Después fue nombrado en el Ministerio del Interior como subsecretario de Asuntos Institucionales e imaginaba "la pata social" del gobierno; Romero, un dirigente sindical del peronismo, había estado preso en el barco tras la caída de Isabel Perón, recordado por haber sido un asiduo visitante de los dirigentes trasladados al penal de Magdalena durante mucho tiempo. Pero Romero, aunque nunca lo decía, tenía un hermano oficial naval con el que mantenía contactos en las sombras. Es decir, estaba enfrentado con el régimen militar... pero conversaba.

En trazo grueso, se armó una interna en la que los díscolos debían ganar la calle, demostrar su poder de movilización, para luego aparecer como interlocutores válidos con Galtieri. Eso opinaron muchos, mientras otros ignoraron la trama que se estaba formando. El viernes 27, Saúl Ubaldini recibió públicos apoyos de otros gremios y partidos políticos ( intransigentes, socialistas y demócrata cristianos) en reclamo del retorno "a la normalización institucional" y por "la justicia social". Hasta el almirante Massera y su partido por la Democracia Social bajaron la orden "todos a Plaza de Mayo". "Si la revolución no se hace desde el poder se hará desde la calle", escribió el ex miembro de la Junta Militar . La consigna cegetista fue "Paz, pan y trabajo" y se pedía el cambio de la conducción y la política económica.

La columna principal, con sus dirigentes a la cabeza, salió de Brasil 1482. Se veía a Ubaldini, Lorenzo Miguel, Ricardo Pérez, José Rodríguez, Pedreira, Roberto García, Ramón Valle, Carlos Ruckauf, José Zanola, Fernando Donaires, Manuel Diz Rey, Alfonso Millán, Juan José Taccone y Lesio Romero. El microcentro, cerca de la Plaza de Mayo, parecía una "ciudad ocupada", al decir del radical Antonio Tróccoli, por las numerosas fuerzas policiales. Corridas, enfrentamientos, detenciones, gases y agua fueron el fruto de la jornada. Entre los 400 detenidos hubo muchos dirigentes sindicales, Carlos Menem también. Horas más tarde fueron liberados. No se entendía cómo un gobierno que estaba en camino de una ocupación militar a las Malvinas mostraba un frente interno tan resquebrajado. Falta de coordinación y desorden, características que le fueron imputadas a Menéndez tras los hechos, ya que horas más tarde debió llamar a los mismos dirigentes para pedirles solidaridad frente al conflicto internacional en ciernes. Una frase quedó flotando en el ambiente. Se la adjudicaron a Lorenzo Miguel, cuando fue interceptado por un grupo policial: "Mire que Galtieri se va a enojar si me detiene". En la Casa Rosada se pensó en abortar el día D para Malvinas pero ya no se podía. La flota se había embarcado dos días antes y se encontraba navegando rumbo a su destino.

En esas horas llegó a una de las máquinas del subsuelo del Palacio San Martín un mensaje en clave desde Ginebra. El embajador Gabriel Martínez informó por Cable "S" 903 del 31 de marzo de 1982 sobre la imagen distorsionada y "falsa de la realidad" que se proyectaba de la Argentina a través de los corresponsales extranjeros.

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