4 de diciembre 2003 - 00:00

Avatares

Eduardo Moliné O'Connor llegó al Senado junto a su esposa e hijos. Hizo declaraciones a los movileros, muy similares a las que viene repitiendo desde el inicio de la embestida en su contra. «Creo que me quieren destituir para que no falle en favor de los ahorristas», denunció y calificó de «farsa» el juicio político.Volvió a mencionar la palabra «discriminación», pues se lo acusa a él a pesar de que otros ministros de la Corte firmaron los mismos fallos Macri, Meller y Magariños.

• Con su familia, fue a rezar hasta la imagen de la Virgen que está ubicada a pocos metros del recinto, a un costado de la entrada senatorial al Salón Azul. Luego, se recluyó en el Salón de Lectura, donde se realizaron las audiencias con testigos y la acusación, a la espera de que terminara la sesión secreta. Moliné pidió sentarse en el centro del recinto, tal cual hizo durante los alegatos, para presenciar la votación. Quería ver a los senadores en el momento de la sentencia. Pero le advirtieron que sólo podría ubicarse en un palco.

Los radicales fueron los que más entraron y salieron del recinto. La rionegrina Amanda Isidori aprovechó que ya había expuesto Carlos Maestro -jefe del bloque UCR- para salir hasta el pasillo y tomar unos mates que le acercó su secretaria. Su comprovinciano Luis Falcó, que abandonó anteanoche la bancada (molesto porque lo desplazaron de la candidatura a vice 1 de la Cámara alta, en beneficio de la chaqueña Miriam Curletti), estuvo la mayor parte de la deliberación afuera del hemiciclo.

• Acostumbrado a pelear en circunstancias adversas, el santacruceño Carlos Prades paseó por las adyacencias del recinto con la idea fija de convencer a los disidentes de su partido de que acompañaran la decisión de la escudería radical de rechazar la destitución. Probó con Falcó, pero su malestar todavía fresco con el resto de sus correligionarios pesó más que cualquier argumento jurídico.

Mucho más tensa fue la conversación entre Prades y el jujeño Gerardo Morales, quien tiene un sello independiente de la UCR (Frente Cívico). Morales que, al igual que Falcó, iba a acompañar la embestida, terminó la conversación con un «quién te creés que sos». «Ni siquiera me invitaron a la reunión de bloque», se enojó Morales. Prades le advirtió que «si querés volver algún día al bloque, sería bueno que siguieras la postura que vamos a llevar nosotros». La discusión se produjo a pocos metros de la Sala de Periodistas, motivo por el cual este cruce fue la comidilla de la tarde.

• Los peronistas trataron de mantenerse dentro del recinto. Hubo excepciones como el entrerriano Jorge Busti, quien utilizó el viejo recurso doméstico de llegar hasta su despacho usando la peluquería del Senado y así evitar contacto con los medios.

Hubo un festival del corrillo en la víspera. Resultó más que sugestiva la versión sobre la presencia de Aníbal Fernández ayer en el Senado, mientras se desarrollaba la sesión secreta por el juicio político. Hasta ahora, ningún funcionario del gobierno había aparecido directamente vinculado con el proceso contra la denominada «mayoría automática» menemista, excepto Gustavo Béliz que había lanzado una feroz diatriba mediática contra Julio Nazareno (además del propio Néstor Kirchner, claro está, que pidió la ejecución por cadena nacional de radio y TV). El ministro del Interior apenas se habría dejado ver, pero parecía inoportuno que hubiera llegado a esta ala del Congreso en una ocasión tan poco oportuna, sobre todo porque los legisladores permanecían encerrados en el recinto y no podían atender otros asuntos. Algunos cronistas memoraron un episodio que hubiera resultado poco grato para Aníbal Fernández: la aprobación en el mismo cuerpo de la reforma laboral de Fernando de la Rúa, bajo la supervisión de Alberto Flamarique.

• A pesar de las restricciones, algunos colaboradores se colaron en la sesión reservada, que empezó a las 16.10. Curiosamente, lograron sortear los vallados y al personal de seguridad presuntos asesores de Cristina Fernández de Kirchner. Los privilegiados tuvieron que salir, a los 10 minutos, advertidos por otros funcionarios del cuerpo.

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