Bachelet, laboratorio para la mujer que será presidente
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Michelle Bachelet se reunirá a solas hoy durante 45 minutos
y sin agenda previa con Cristina de Kirchner en Santiago.
Ayer la presidente de Chile comenzó a recibir a mandatarios
que asisten a la cumbre en su país, entre ellos, el
presidente de Portugal, Aníbal Cavaco Silva.
Parece una explicación parcial. La economía chilena comenzó a dar señales de estancamiento, la Bolsa de Santiago anda a los tumbos, el costo de vida está en escalada -el litrode nafta, 97 octanos, cuesta 1,2 dólar: casi el doble que en la Argentina- y hay dos asuntos recurrentes y de alto costo político: el delito y el transporte. La delincuencia, no diferente de otras ciudades de América latina, aparece atada a un factor de pulso: Lagos, el «hombre del dedo acusador» -imagen que quedó registrada de cuando señaló a Augusto Pinochet-, era garante del orden.
Más flexible, semanas atrás, Bachelet tuvo que enfrentar una protesta inédita.
El transporte es su otro gran blanco. El nuevo sistema integral que se puso en marcha en Santiago funcionó pésimamente y dejó aisladas a muchas zonas. La guillotina cae sobre Bachelet, pero el « Transantiago» -esa es la marca del nuevo e impopular sistema- fue diseñado durante la última etapa de la administración de Lagos.
¿Puede ocurrirle lo mismo a Cristina? No existe, a simple vista, una competencia entre los Kirchner como sí, aunque velada, hay entre Bachelet y Lagos. Pero es inocultable que la primera dama heredará errores y problemas irresueltos de su marido: por caso, el ajedrez con Uruguay, con Botnia. La experiencia Bachelet podría descifrarse como espejo de Cristina de Kirchner. Aunque hay distancias notables, el caso de la socialista chilena arroja varios paralelismos. El más notable es el de ser las primeras presidentes electas; lo sigue el de ser «continuidad» de gobiernos del mismo signo o hasta el mismo apellido.
En la Casa Rosada suelen referir a Bachelet cuando hablan del diseño del gabinete que escoltará a la primera dama. «Hay que tener en cuenta lo que le pasó a Bachelet», dicen los operadores cristinistas. Es una advertencia que ha deslizado el propio Néstor Kirchner en conversaciones con algunos de sus ministros.
De ese modo, los tropiezos de la presidente, que «barrió» con toda la vieja guardia del socialismo chileno que había secundado a Lagos, son interpretados como una lección al otro lado de los Andes.
Se trató de un movimiento táctico: Bachelet trató de despegarse de Lagos, de adquirir entidad propia; sacarse de encima el estigma de que su antecesor hizo una gestión impecable. El costo dentro del socialismo y la Concertación fue terrible: el desgaste se agudizó y rápido los costos se hicieron notables.
En Santiago se especula con que luego de la cumbre, la presidente retocará su gabinete y colocaría en un sitio de peso a uno de los antiguos lugartenientes de Lagos: Francisco Vidal.
Viajeros que pivotan entre Santiago y Buenos Aires interpretan que sólo una nueva postulación de Lagos, en 2010, le evitaría a la Concertación una derrota en las urnas. Hay otra similitud: la oposición alista a un empresario, Sebastián Piñera, para competir por la presidencial (ver vinculada). Para los Kirchneres una excusa perfecta para dejar, como parece un hecho, que sobreviva casi la mitad de los ministros de Kirchner durante el naciente mandato de su esposa. No sólo Alberto Fernández, Jorge Taiana, Miguel Peirano y Alicia Kirchner, sino que la lista podría ampliarse a Nilda Garré e, incluso, a Ginés González García. La fina frontera entre la continuidad y la herencia, un elemento que amaga con condenar a Bachelet, aparece en el horizonte cercano de Cristina de Kirchner. En ese punto, la condición de mujeres de ambas es apenas una anécdota.




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