9 de julio 2004 - 00:00

Bendijo Kirchner a Moyano y cerró pleito con la CGT

Hugo Moyano
Hugo Moyano
Como si no estuviera informado o, en cambio, decidido a involucrarse en la cuestión sindical, ayer se supo que Néstor Kirchner habló por teléfono con Hugo Moyano y lo felicitó por haber sido consagrado secretario general de la CGT. Parecía no saber que ese desenlace en marcha aún estaba en discusión entre los gremios o, menos ignorante, en rigor quiso definir la porfía a favor del camionero, al que considera su amigo. Curiosamente, también respaldó una operación compartida con Luis Barrionuevo (gastronómicos), su enemigo, quien fue un factor gravitante en el acceso de Moyano. La felicitación de Kirchner resultaba decisiva: todos saben de la docilidad sindical a cualquier inspiración oficial. Cambian los tiempos, no las costumbres.

Fue una lluvia bendita para Moyano, quien debe haberse puesto nervioso ayer al enterarse que se pasaba para el lunes la cumbre sindical que hoy debía confirmarlo. Es que la dilación anunciada tenía nombre y apellido: Armando Cavalieri. El dirigente mercantil, quien nunca imaginó la premura con que se armó la candidatura de Moyano, trató de desperezarse luego de haber sido madrugado. Justo a él que inventó el reloj sindical. Su operación resultó tardía, aunque recogía a su lado a Carlos West Ocampo (Sanidad) y, con menor intensidad, a Oscar Lescano (Luz y Fuerza). En su pregón anti-Moyano, Cavalieri sostenía que hombres de la Administración Kirchner le habían transmitido la inconveniencia de que al frente de la CGT fuera un dirigente tan combativo. Tal vez no mentía: Carlos Tomada, el ministro de Trabajo, no observa con buenos ojos al camionero, quien puede proponer un cambio en esa cartera. El dato de Cavalieri, sin embargo, se cayó al piso al divulgarse la opinión del Presidente; además, casi todos lo sospechaban: nadie le reconoce comunicación fluida con el gobierno (más bien es repelido), mientras sí se sabe que Moyano tiene acceso directo al celular presidencial y comparte con su gremio responsabilidades en el área de Transporte (por lo menos).

Si los peronistas suelen tragarse sapos, una condición para permanecer en el partido, ayer Kirchner digirió de un bocado al dulce (para él) Moyano y al indigesto Barrionuevo.

Menuda función. Casi innecesario su gesto porque ya se conocía que Cavalieri no había podido convencer a la UOCRA (Gerardo Martínez) ni a UPCN (Andrés Rodríguez) para que negaran a Moyano. Más bien, ellos le arruinaron su operación: necesitaba esos respaldos (léase congresales en la central obrera) para bloquear la llegada del camionero.

• Reyertas

El esfuerzo del mercantil se comprendía: guarda con Moyano reyertas graves, ya que éste le ha birlado afiliados con violencia y complicidad oficial en supermercados y, si estas cuestiones de encuadramiento ocurrieron sin que el camionero presidiera la CGT, más complicado se vuelve el futuro cuando éste alcance la secretaría general. Una reedición, si se quiere, de añejos conflictos como los de metalúrgicos contra los mecánicos. Del otro lado, a su vez, señalan que Cavalieri y sus socios han manejado a gusto la Comisión Arbitral de la CGT, lo que supone capturar también ellos afiliados de otros sindicatos. Como se ve, cuentas a saldar por todas partes.

Otro que irritaba a Cavalieri, también a numerosos dirigentes, era Barrionuevo, con quien se reserva pleitos de celos y figuración. Lo imaginan además en un proyecto duhaldista contra Kirchner, apoyado en los intendentes del conurbano, para convertir a la CGT en la receptora de los planes sociales que hoy monopolizan los piqueteros. Arguyen, con este propósito, una mejor contención social para los desocupados, control de la calle en lugar de la anarquía actual y expectativas de canales laborales para gente que hoy ni piensa en trabajar. Por supuesto que, detrás de esta iniciativa, se esconde la búsqueda de fondos oficiales y de un poder superior para los gremios. Extraña que Cavalieri no compartiera la consistencia de esta idea.

Tanto a él como a West Ocampo les iba mal en su recorrida telefónica para cazar adherentes, inclusive hasta cuando apelaba a viejos sentimientos. Es que Moyano ha insultado en repetidas ocasiones a «los gordos» y, en esa práctica, no sólo aludió a los mercantiles sino que hasta se tiroteó con los de la Construcción. Pero, esas afrentas quedaron en el olvido y, al contrario, algunos «gordos» hasta imaginaron la conveniencia de una autocrítica por haber separado tanto a la CGT de Rodolfo Daer de las necesidades sociales. De eso, el dúo ni siquiera quiso escuchar.

Naufragó el tándem también en proponer una alternativa a Moyano. Primero con el poco conocido Enrique Salinas, de la UOM y, luego, con la tentadora traición a Juan Manuel Palacios (Colectiveros) para que suplante a su socio. Si hasta Palacios dijo que no, a ver si se piensa que no es un hombre de palabra. Esos movimientos de Cavalieri-West Ocampo inquietaron a Moyano, y como gesto ofreció la subsecretaría general de la CGT, su segundo, a una mujer: Susana Rueda, del propio consejo directivo de Sanidad. En pos de la unidad, y para que no se aparte el más que nunca dúo dinámico, los otros gremios les recordaron que la unción a Moyano no significaba que éste tuviera el control gremial. En rigor, está 3 a 1 abajo en cualquier votación si se aparta de la línea.

Pero, ¿será posible controlar a Moyano? Pregunta no sólo válida para los sindicalistas, también para el atento Kirchner que se precipitó en felicitar porque se une la CGT (como si eso lo beneficiara), la preside un amigo, con quien debe creer -incluyendo a Barrionuevo- que se inicia el proceso de transparencia que él imaginaba en la central obrera.

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