Bush les otorgó a dos generales el poder de derribar aviones
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Competencia
Arnold es el jefe de defensa aeroespacial de Estados Unidos y, desde la base de Tyndall, es responsable de más de 10.000 militares, mientras que Schwarz, comandante del mando de Alaska, tiene a sus órdenes a unos 21.000 efectivos. Por su parte, Rumsfeld ordenó a los aviones de combate militares que estén preparados para despegar con sólo diez minutos de alerta.
Antes de los atentados no existían reglas formales sobre qué debían hacer los militares con un avión secuestrado, aunque momentos después de los ataques, Bush ordenó que cualquier avión comercial de pasajeros que rechazase instrucciones de aterrizar podía ser derribado.
El general Ralph Eberhart, jefe del Comando de Defensa Aérea para América del Norte (NORAD), señaló que las fuerzas armadas estadounidenses se habían preparado para la eventualidad de que un avión civil pudiese ser tomado por terroristas en Europa o Sudamérica, pero no en Estados Unidos.
Sin entrenamiento
«Si alguien nos llamaba y decía: 'Tenemos un avión secuestrado a 100 millas, que viene desde Europa o Sudamérica, hay terroristas a bordo y se apropiaron del avión', ése era el escenario con el que nos habíamos entrenado», reconoció Eberhart. Agregó que «no nos habíamos entrenado -y por Dios hubiera deseado haberlo hechoen un escenario en el que esos aviones despegaban de Boston y, minutos después, se estrellaban en Nueva York». «Todo ha cambiado», se lamentó.
Los dos generales autorizados para tomar la controvertida medida de derribar un avión de pasajeros secuestrado dependen del NORAD, el búnker construido en el interior de una montaña de Colorado que, desde los años de la Guerra Fría, vigila por la eventualidad de ataques nucleares contra Estados Unidos.
Los radares del NORAD apuntan al espacio aéreo externo a Estados Unidos. Este organismo creó una «línea abierta» con la FAA, responsable de los vuelos civiles, para recibir notificaciones instantáneas de situaciones anómalas.
Radares
Al mismo tiempo, una serie de radares móviles estarán ubicados en doce puntos distintos de Estados Unidos para permitir a los militares vigilar los vuelos civiles.
El 11 de setiembre, el Pentágono disponía sólo de 14 ca zas en alerta, en siete distintas bases norteamericanas. Ahora, al menos cien cazas están en condiciones de partir desde 26 bases distintas, en no más de 10 minutos.
El patrullaje de los cielos de Nueva York, Washington y de otras grandes ciudades norteamericanas por parte de la aviación militar se transformó en rutina después del ataque. Los estadios donde se juegan los partidos del campeonato de fútbol norteamericano son vigilados desde lo alto por los cazas. Las mismas precauciones se tomarán en el caso de las World Series, la final de béisbol, y otras manifestaciones deportivas consideradas posibles blancos de un atentado.
Falsas alarmas
En tanto, situaciones que hasta ahora no eran consideradas de emergencia, como los silencios de radio o del sistema que registra lo que sucede en la cabina del piloto en los vuelos de línea, generaron en las últimas dos semanas respuestas excepcionales. En los dos casos de este tipo que se conocieron, los cazas levantaron vuelo, pero se trató siempre de falsas alarmas.




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