31 de diciembre 2001 - 00:00

Caída inevitable

Al momento de la renuncia del ex presidente Fernando de la Rúa el panorama argentino no dejaba de ser gravísimo, pero sí previsible en qué medidas adoptar. Una Asamblea Legislativa debía designar un presidente provisorio, propuesto por los justicialistas -como mayoría parlamentaria-y votado también por los radicales que asumían la responsabilidad de haber entregado antes el gobierno y con un país en crisis. Ese presidente, con consenso amplio, debía completar el mandato hasta el año 2003, en que se harían las elecciones normales.

En lo económico debía avanzarse en algo ya previsto mucho antes: lanzar una cantidad de bonos LECOP al mercado para dar liquidez, normalizar en buena parte la cadena de pagos, mejorar la demanda y -era obvio e inevitable-que iba a devaluarse, pero quizá poco. Además, como no es convertible, no presionaba sobre el mercado de cambios y las reservas en divisas del país. Así se descomprimía momentáneamente la situación social de la clase media (a otros sectores salariales, nada menos que 3.700.000 personas les sobra con que les dejen retirar $ 1.000 por mes, porque no ganan esa suma) y se lograban días para un plan profundo y designar un gabinete ministerial respetable. No olvidemos que ya al momento del alejamiento de De la Rúa, estaban congelados los depósitos y se requería pensar mucho una salida por un problema existente.

Inclusive se había pensado que ese presidente provisorio debía ser el senador misionero Ramón Puerta, hombre mesurado, de ambiciones contenidas, con buena relación con todos los gobernadores justicialistas y también con el radicalismo. Puerta, además, tenía bien claro que un gobierno surgido de tal Asamblea Legislativa debía ser de coalición frente a la emergencia. Tanto lo meditó -y hasta concretó entrevistas informativas-que tenía pensado para ministro de Economía a un hombre rescatable del delarruismo como Chrystian Colombo, acompañado por otros de probada seriedad, como retornar a Pedro Pou, tener el apoyo prestigioso de Roberto Alemann, pero representado por Manuel Solanet, incorporar hombres nuevos como Emilio Cárdenas, mantener en relaciones financieras con el exterior -tan importantes hoy-a Miguel Kiguel o eventualmente reponer a Daniel Marx. Quizá también convencer patrióticamente a Ricardo López Murphy de que asumiera la Secretaría de Hacienda a la par con los otros coordinados por Colombo. Sumar a hombres nuevos -como hoy se reclamacaso Mauricio Macri.

En una Argentina donde se postergaban legítimas ambiciones personales y bien concientizada que se está en un caso terminal, hasta se pensaba que podría seguir como canciller Adalberto Rodríguez Giavarini. No debía declararse el default -aunque estaba planteado de hecho-, sino negociar con los acreedores externos de la deuda pública como se negoció con los internos. Declararlo abiertamente es generar ya temibles juicios internacionales con la Argentina.

Un gobierno así, de coalición con consenso, o con parecido nivel de hombres, hubiera despertado comprensión en el exterior y calmado un poco a la gente. Internacionalmente no nos iban a dar plata nueva porque están hasta juramentados de no ayudar a la Argentina si no ven un real esfuerzo político y económico por hacer el sacrificio que posterga desde hace años de gastar desde el Estado sólo según el ingreso fiscal. La venta de las empresas públicas, acrecentar la deuda interna y externa fueron las formas con que el país disfrazó, durante décadas, la necesidad de vivir con racionalidad en el manejo de sus gastos y subsidios estatales.

Ese plan racional de emergencia tenía otra virtud: no le descargaba al justicialismo la responsabilidad de levantar -al menos estabilizar-sólo una situación económica tan extrema porque era y es obvio que no podrá. Más aún: si no se cumplía -o si no se cumple, porque todavía hay tiempo ante la nueva Asamblea Legislativa-también el peronismo, como el radicalismo, quedaría incinerado para las elecciones de 2003. En este caso ¿en manos de quién caerá la Argentina? ¿Del misticismo dislocado de Elisa Carrió? ¿De las hordas de vándalos que asuelan las calles de Buenos Aires cada vez que pueden filtrarse en una manifestación pacífica y que procuran sovietizar la República?

El plan era ampliable y mejorable en varios aspectos. Por ejemplo, Carlos Menem podía ir a pedir ayuda en Estados Unidos y ante la administración Bush en nombre de un gobierno provisorio pero realmente representativo de las fuerzas políticas nacionales mayoritarias descartando, por el momento, ambiciones políticas personales.

Otro aporte, muy interesante, era aprovechar estos dos años para reformar la Constitución Nacional de 1994 sacándole los terribles males que a ella se agregaron simplemente por un pacto. Se suprimiría el costoso e inocuo Consejo de la Magistratura. No más de un cuerpo legislativo por provincia, eliminar el «tercer senador» para bajar el costo de la política, retornar al colegio electoral que defendía más el federalismo, eliminar el jefe de Gabinete que no aportó nada -ni en las crisis como era su misión en la inspiración de Raúl Alfonsín-, imponer consejos ad honorem de letrados como en muchas provincias para proponer jueces, y otras.

Pero, casi inexplicablemente, distintos personajes de la vida nacional destruyeron todo lo que se venía analizando y así la única esperanza que le quedaba a la Argentina de comenzar a zafar de uno de sus peores momentos en siglos.

ADOLFO RODRIGUEZ SAA.
Un buen gobernador de 18 años en una provincia de 350.000 habitantes bien administrada se supuso capacitado para dirigir a 36 millones de argentinos. Ambición legítima pero sin ninguna planificación para ello. Tomó el poder con sólo decir, cuando otros mandatarios justicialistas dudaban, «yo quiero ser presidente aunque sea por 90 días». Pensó que no serían 90 días, que continuaba. Pero fue una sorpresa absoluta la cantidad de fallas que cometió en la semana que estuvo en la presidencia. ¿Su falla es porque los demás gobernadores justicialistas lo apoyaron en la asunción y luego -como se quejó- lo dejaron solo o decepcionó a esos gobernadores por lo que expuso en sus discursos y designaciones ministeriales? Habrá que evaluarlo con más tiempo. Prometió lo que no puede cumplir, habló de un millón de planes Trabajar (2.200 millones de dólares por año) con lo que no iba a pagar en concepto de intereses de deuda externa olvidando, inexplicablemente, que si no se podía pagar era porque no había esos fondos. ¿Con qué entonces iba a financiar ese millón de planes prometido? Incorpora y se mezcla con lo más extremo y casi delirante de la izquierda. Se fotografía con los sindicalistas más repudiados por la sociedad argentina, elige un equipo de ministros decepcionante al que se lo llamó «el tren fantasma», dio la impresión de retornar el peor peronismo, el de Isabel Perón en los años '70. Pretendió con populismo y demagogia captar a la gente cansada, precisamente, de populismo y demagogia, y despreciativa de quien en lugar de convocarla a una austeridad difícil pero reconocida como necesaria le promete paraísos inexistentes. Curioso en Rodríguez Saá que a su provincia, San Luis, la erigió en una de las mejores administradas del país sobre la base de una sólida y bien promocionada producción industrial. ¿Qué lo llevó a no encarar desde el gobierno nacional lo mismo que hizo muy bien en San Luis?

JOSE MANUEL DE LA SOTA.
Una de las mejores reservas políticas del justicialismo cae en un inexplicable juego político que destruyó toda posibilidad de formar un gobierno sólido de coalición. Introduce inconstitucionalmente la ley de lemas sin reformar la Ley Electoral. También el provisoriato de dos meses con una elección presidencial en marzo que prácticamente nadie quiere. Con esto espanta al radicalismo, se rompe la posibilidad de un verdadero gobierno con consenso multipartidario y logra un presidente provisorio debilitado votado por una diferencia parlamentaria de sólo 31 votos. Todo porque desconfía de trampas en las urnas bonaerenses con Eduardo Duhalde-Carlos Ruckauf en una interna partidaria justicialista. Probablemente tiene razón para desconfiar del duhaldismo, pero elige un pésimo método que le quita la posibilidad al país de un gobierno fuerte en este extremo momento.

SERVINI DE CUBRIA.
Esta jueza, contenta con las gentilezas que le dirigió últimamente la izquierda, dispone insólitamente juzgar a buenos funcionarios como Ramón Mestre y Enrique Mathov, del delarruismo, por haber dispuesto la defensa de la Casa de Gobierno de los activistas gremiales y de izquierda enardecidos el 20 de diciembre. Logra agravar la situación del país con triple efecto. Cambia un apresurado Rodríguez Saá a un jefe de Policía como Rubén Santos que luego de horas de ataques de los vándalos decidió defender los símbolos de la República en Plaza de Mayo ese día. Logra atemorizar a un ya de por sí totalmente endeble ministro del Interior nuevo, como el mendocino Rodolfo Gabrielli, que ordena la inacción de la Policía y se cae en el caso único en la historia argentina de que son atacados por la izquierda -esta vez sin activistas gremiales-la Casa de Gobierno y la CGT. Por ese hecho pasaran a la historia, sin duda, la jueza Servini de Cubría, el ineficiente Gabrielli y el nuevo jefe de Policía, Roberto Giacomino.

RUCKAUF-DUHALDE.
Se unen en amor y se separan y vuelven a unirse. El dúo es un «bluff» ante la gente, pero tienen gran capacidad de destrucción de cualquier consolidación de un gobierno. Ruckauf ahora no quiere volver a gobernar la provincia de Buenos Aires, donde debe hacer un ajuste de 1.500 millones de pesos por el desborde de su antecesor Eduardo Duhalde. Quiere ser jefe de Gabinete «de cualquier gobierno» con ideas que para nada coinciden con las necesarias en este momento del país.

LOS MINISTROS.
Es inconcebible cómo algunos personajes aceptaron en esta situación precaria de mando nacional cargos de ministros o asesores para los que no estaban preparados en absoluto. Algunos están desactualizados y atrasados décadas. Otros no se preocuparon por analizar la opinión que la gente tenía de ellos. También hubo los que aceptaron cargos ministeriales que ni sabían qué responsabilidades les corresponden. Incapaces, además, de frenar los excesos verbales y promesas imposibles del presidente del provisoriato Adolfo Rodríguez Saá. Renunciaron el sábado, pero en 7 días hicieron muchísimos males.

EL PARLAMENTO.
Curiosamente el Parlamento, en un juego de contrapesos, se mostró racional frente al utopismo del Poder Ejecutivo cuando normalmente se da lo contrario. Los legisladores parecen tomar conciencia plena de que, vía asambleas legislativas, son los únicos capaces de dar una salida a la actual crisis de mando en el país.

LOS ECONOMISTAS.
Hablan mucho, escriben mucho, pero aportan poca practicidad. El fugaz presidente del Banco Nación, el comentarista David Expósito, se apropia de una idea ya hace tiempo esbozada por los banqueros, como es la salida temporaria con LECOP. La llama «tercera moneda» cuando ya lo era sin agregarle pomposidad y propone, sin medir las consecuencias inflacionarias aún en recesión, poner en la calle 15.000 millones de bonos de ese tipo cuando un tercio bastaría. Otros economistas no dicen cosas que todos saben. Colaboran así a la tontera del gobierno de no querer asumir que terminó la convertibilidad, que ya está en la calle la devaluación y que no podrá retener por más tiempo el pago de insumos básicos de la producción, por lo cual necesitará ajustar las reservas estratégicas a un triple o cuádruple mercado cambiario, como repetidas veces sucedió en el país. Rodolfo Frigeri pide consejo tardío a 15 economistas, la mayoría sin relieve hoy, donde el principal concurrente, Humberto Petrei, aporta la única idea que merece análisis: usar el UEF chileno (unidad de cuentas ajustable por el nivel de precios). Y nadie aporta al gran problema de salir del «corralito» bancario, por lo menos admitiendo que no hay salida inmediata y que es irresponsable prometer que ahora se retomarán a un peso un dólar. Nadie le aconsejó a Rodríguez Saá lo mínimo (gran olvido de Cavallo) como es, dentro de la arbitrariedad general, desde ya, renovar escalonadamente los plazos fijos y prohibir su paso a cuentas corrientes o de ahorro. La razón es simple: no poner tremenda masa de dinero en «línea de largada» apenas se tome una medida de levantamiento.

LOS JUSTICIALISTAS.
Los 10 gobernadores de la Liga Federal (provincias más chicas del PJ) sin mucho entusiasmo aprobaron la designación presidencial de Rodríguez Saá, pero de alguna manera lo apoyaron pidiéndole rectificaciones obvias. Principalmente el salteño Juan Carlos Romero, que también tiene una provincia bien administrada. Tienen a su favor que los sorprendió el apoyo, aunque con juego político propio detrás, del cordobés De la Sota. Ayer sólo la mitad de ellos concurrió a la convocatoria del presidente puntano. Sin moverse, aunque más que una estrategia sea una característica, Carlos Reutemann se ubicó en ser observado casi como la única figura nacional de reserva que le queda al país de cualquier partido. Ni aportó a este provisoriato del cual desconfió desde el arranque ni creyó nunca que habría. Carlos Menem también salvó su imagen, más no sea porque no quiere elecciones en marzo que no le convienen por impedimentos legales, o trabas al menos.

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