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Para que se advierta cuál es el tema que más lo conmueve, Kirchner llevará hoy a la Casa Blanca a Roberto Lavagna, no a Sergio Acevedo (SIDE), como había pensado en un primer momento y como informó este diario ayer. Hay un gesto de sinceridad en esto: no sólo porque al gobierno lo desvela mucho más la eventualidad de tener que realizar un desembolso de u$s 2.900 millones el 9 de setiembre, que la seguridad internacional. También porque cualquier persona con sentido común sabe que es muy poco el aporte que puede hacer la SIDE a escala global, sin recurrir a servicios de terceros, para desentrañar un movimiento terrorista.
En cuanto a la composición de la delegación que verá a Bush, fue motivo de una sorda guerra interna: no sólo se había descartado, el lunes, la participación de Lavagna y se había incluido a Alberto Fernández, el jefe de Gabinete. Cuando se incorporó a Lavagna, se examinó la alternativa de mantener a Fernández a costa del embajador José Octavio Bordón. Anoche todavía se ejercían presiones cruzadas para que el jefe de Gabinete participara de la cumbre.
Lavagna participará de la entrevista pero sin saber quién será su interlocutor: si estará el secretario del Tesoro, John Snow, invitado ayer por la Casa Blanca, o si deberá cruzar palabras con Steven Friedman, el asesor presidencial para cuestiones de economía. Tal vez sea intrascendente el dato. Kirchner pretende protagonizar la charla también en esta materia, utilizando términos similares a los que usó con Köhler: «Quiero un acuerdo de tres años, voy a cumplir todo lo que pactemos, pero no me obliguen a abortar un proceso de recuperación con un ajuste fiscal insoportable».
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