4 de agosto 2004 - 00:00

Cambian fachada y hasta el departamento de Rucci

José Ignacio Rucci
José Ignacio Rucci
Como dice la canción, «no viene mal una mano de pintura». Y no sólo al descascarado cielo raso. Paredes y durlocks divisorios recién pintados, pisos lustrados, nuevas líneas de teléfono, Internet, luces, escritorios, sillas y sillones, operarios de todos los rubros, son parte ya de la refaccionada CGT en lo físico que inició el triunvirato de Susana Rueda, Hugo Moyano y José Luis Lingieri. Casi para estar en línea con el gobierno, con plan de reconstrucción, fuerte y febril actividad en planta baja, primer y tercer pisos, incorporación de nuevo personal (en blanco, claro) y regularización de salarios. Como si se viviera de vuelta, al menos si uno enfrenta esta fotografía de multinacional a pleno, funcionando, con las escenas mortuorias del pasado reciente, donde nadie se podía sorprender si encontraba un cadáver en la biblioteca (tan citada y admirada por Torcuato Di Tella), en pasillos intransitados o en el casi cerrado salón Felipe Vallese. Tanto despliegue febril obligaría a que, si no pidiera aumento de sueldos el trío directivo, Roberto Lavagna bien podría citar a la central obrera como un modelo a exhibir, uno de los fenómenos de la «recuperada Argentina». Habrá que esperar alguna conmoción en el gobierno para que el ministro, a la hora de dar cualquier buena noticia, mencione este cambio en Azopardo 802.

Si hasta van a pintar la fachada del edificio (una contribución del «Momo» Venegas, del próspero UATRE, gremio de los peones de campo), y se emprenderá la remoción del quinto piso, donde está ubicado el departamento -ahora en pésimas condicionesque hizo famoso José Ignacio Rucci, utilizado entonces para recibir amigos y comer una picada más que para otros menesteres. Eran tiempos violentos en que a los hombres de la CGT les costaba salir a la calle (sólo lo hacían acompañados por profesionales del gatillo), sea por sus disputas intestinas, la amenaza de distintos grupos guerrilleros o desencuentros con otros núcleos de poder. No era falsa esa intimidación, el mismo Rucci fue la prueba letal (entre otros) de cómo los peronistas se devoraban a sí mismos. Esa suerte de inmueble del quinto piso, donde un fiel gordo -en serio, obeso por una dificultad glandular-le cortaba las puntas del pan flauta al metalúrgico, las «cucusitas» que tanto le gustaban, casi un FONAVI como herencia, ahora se convertirá en un «pied-à-terre» de algún conspicuo locatario del triunviro sindical, a menos que lo alternen una semana cada uno como exige el actual reparto en la cúspide.

• Nuevo clima

Los tres ocupantes le han otorgado otro clima al ambiente cegetista, hasta por presencia. Moyano es el más sarmientino, también el más peronista: llega temprano y se va tarde. Siempre acompañado por un asistente de apellido Cabrera. Lo sigue Rueda y, a más distancia, Lingieri. Comprensible el rito: al camionero pide más gente verlo, sobre todo las delegaciones del interior, mientras a la dama sanitaria la codician con reuniones otras mujeres gremiales (no olvidar que en la CGT, también se han instalado otras mujeres del sindicalismo). Como es de imaginar, en poco tiempo crecerá esta demanda y ellas exigirán un cupo, días femeninos, hasta un ala de la central para convertirla en su reducto. Vaticinios de un misógino, obvio.

Al principio hubo rencillas por ubicación y pertenencia de oficinas, ríspidas ocupaciones, cambio de cerraduras, algo así como cuando los legisladores ingresan al Congreso. La misma ambición de la alfombra roja. Pero todo se calmó rápido y se distribuyeron nuevos espacios, cada secretaría tiene lo suyo, los sindicatos por su cuenta pagan los gastos (de arreglos y personal) y algunos despachos hasta revelan casi estilo empresario (Viviani). No podía ser de otra manera: antes nadie oblaba la cuota a la CGT, se debían cuentas y salarios -le hicieron los empleados una sentada a la Trinidad recién llegada-, ahora hay compromiso de todos los gremios (previa moratoria) de saldar obligaciones pasadas y futuras. La luz primaria para iniciar el ciclo virtuoso la aportaron Transporte, Gastronómicos y Trabajadores Rurales. «Es que esto -comentaban-es como el Fondo Monetario Internacional. Hay que estar al día», recomendaron en una de las primeras sesiones en que se trató el tema de la globalización.

• Protección

Moyano, práctico, ocupó el despacho del anterior secretario general (Rodolfo Daer) y, para protección, dispuso de un sistema con doble portero eléctrico para entrar. Rueda, a su vez, ocupó el área de prensa que dominaba su jefe, West Ocampo (quien todavía no apareció por Azopardo). Si hubo disidencias por parcelas en el edificio, extrañamente no hubo crisis en el uso de las cocheras. Moyano estaciona en la puerta -lo mismo que sus colaboradores, quienes por problemas claustrofóbicos, seguramente, se quedan en la vereda o en la puerta del edificio como custodios-, a los otros, por el momento, ni se les ocurre disputar esos lugares. Son problemas de choferes, en todo caso. De cualquier modo, es extraño: hombres que siempre se interesaron en bólidos o modelos de última generación, nunca se han preocupado por el oscuro mundo de las cocheras. Por años, inclusive, allí pernoctó un auto de Juan Domingo Perón y casi ningún dirigente, ni siquiera los más verticalistas, sabían de su existencia. Hoy tampoco saben dónde fue a parar esa reliquia blindada.

R.G.

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