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Este aislamiento de Cavalieri no se produjo solamente por las antipatías que cosecha entre sus pares desde hace décadas: también estuvo impulsado por las negociaciones secretas que un sector de la CGT viene realizando con el líder de los camioneros para alcanzar la unidad en marzo del año que viene. En las conversaciones con sus pares, Moyano adelantó ya la semana pasada que «Néstor (Kirchner) ya me aseguró que lo de Carrefour va para mí». La decisión, por lo que se ve, ya fue tomada y no exactamente por Tomada, el ministro. A propósito: ¿qué estará estudiando? ¿Le habrá avisado Kirchner que ya decidió por él?
La reunión de ayer comenzó con un planteo del propio mandamás de Comercio, quien realizó una aclaración innecesaria: «No vengo a que griten viva Cavalieri». Carcajada general, «el Gitano» tragó saliva y siguió: «Tenemos que defendernos entre todos, porque no se trata de un problema de encuadramiento entre camioneros y mercantiles por Carrefour. Lo que seguirá a esto es el ataque al modelo sindical argentino. Es decir, cualquiera va a poder quedarse con los afiliados de cualquiera. Es ese modelo el que tenemos que defender porque, si no, el gobierno terminará tocando la Ley de Asociaciones Profesionales (es la que rige a las organizaciones sindicales)».
El planteo de Cavalieri encontró resistencias demasiado pronto. Juan García, del sindicato de playas de estacionamiento, le recordó la cantidad de veces que los empleados de comercio impugnan negociaciones ajenas con el argumento de que «con la excusa de que son un gremio de servicios, tienen que quedarse con todo». La mejor ilustración la dio Domingo Petrecca, representante de los sepultureros, cuando dijo que «hasta a mí me discute que, como los cementerios privados son negocios, mis afiliados deben ser empleados de comercio». Segunda carcajada de la tarde.
En auxilio de Cavalieri salió Carlos West Ocampo. Mientras trataba de que su amigo no naufragara en la discusión, huyó hacia el mundo de las ideas: «Aquí no se trata de defender a un compañero ni a una organización. Debemos defender el modelo sindical». Fue entonces que lo interrumpió Vicente Mastrocola, del Sindicato del Plástico: «También eso es relativo. ¿Cuál es el modelo que tenemos que defender? Yo estoy en contra de la fragmentación que quiere imponernos (Víctor) De Gennaro, que quiere que a cada línea interna de un gremio se la convierta en sindicato. Pero también estoy contra el modelo de Cavalieri, que no es la fragmentación sino la globalización. Es decir, que todos seamos empleados de comercio. Decimos qué cargo nos das en tu gremio y vamos todos para allá porque entre Moyano y vos no hay diferencias».
«El Gitano» se fue soltando el nudo de la corbata, mientras sus abogados defensores se convertían progresivamente en fiscales. Daer, quien supone que las pulsiones por la unidad sindical terminarán desplazándolo de su cargo, pidió «que las relaciones entre nosotros no lleguen al agravio». Dante Camaño, representante de los gastronómicos de la Capital, insistió: «El agravio no se reduce a las palabras. Si yo firmo un convenio y Cavalieri me lo impugna sin causa, especulando con que algún ministro le dé la razón, también es un agravio». Mastrocola, que ya no soportaba tanta solemnidad, le puso un rayo de humor a la tarde: «Para mí, Armando, también es un agravio que los diarios te llamen menemista». Tercera carcajada de una jornada más bien austera en sonrisas entre los capitostes sindicales.
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