La secretaría general del Mercosur parece haber tomado otra temperatura desde que la ocupa Carlos Chacho Alvarez, merced a una gestión del matrimonio Kirchner. A diferencia del tono discreto y componedor que le aplicaba su antecesor, Eduardo Duhalde, ahora el secretario general ha decidido «marcar agenda», por utilizar un término que -como se advirtió ayer- irrita al Presidente, pero agrada a los superiores del diplomático en el monopolio «Clarín». Alvarez habló en dos oportunidades, ayer, durante un seminario organizado por la fundación socialdemócrata Friedrich Ebert, en Montevideo. Lo escuchaban funcionarios internacionales, intelectuales, políticos y público interesado en ese tipo de reuniones. Cuando un dirigente sindical uruguayo le advirtió los riesgos que tiene para la integración regional el conflicto desatado en torno a la instalación de dos papeleras en Fray Bentos, Alvarez se despachó: «Eso se debe a que la lógica que adoptaron los presidentes de los dos países es la de seguir el camino de las encuestas. Las encuestas indican que 70% de la opinión pública de ambas orillas apoya el conflicto. Por eso ellos exacerban esas posturas. Pero si se sigue con esta lógica no se va a poder evitar el choque de trenes».
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A la audiencia le pareció, por lo que se pudo ver, bastante razonable el planteo de Alvarez. Aún cuando, es cierto, su promotor Kirchner quedara convertido en un demagogo (por citar a Mario Vargas Llosa), igual que Tabaré Vázquez, con quien el secretario general debe convivir en Montevideo.
Chacho se expresó sobre el posible « choque de trenes» al finalizar el seminario y a propósito de una consulta de Fernando Berasaín, un gremialista que integra el Foro Consultivo-Económico Social. Sobre el conflicto de las papeleras, Alvarez aconsejó «sacarlo de las manos de quienes privilegian el nacionalismo por sobre el regionalismo» y, de ese modo, «bajar los decibeles y auspiciar el diálogo».
Insistencia
La disidencia de Chacho con la estrategia adoptada por Kirchner es bastante insistente: ya hace dos semanas se había manifestado a favor de que el diferendo se dirima en una instancia regional del Mercosur, no en el tribunal de La Haya. El Presidente le mandó contestar a través del bloque de diputados del Frente para la Victoria, Agustín Rossi, quien manifestó el más rotundo rechazo del oficialismo a esa opción (claro, Alvarez hizo esa recomendación cuando Rossi debía buscar los votos en favor de una resolución que llevara el pleito a La Haya, como prescribe el Estatuto de Administración del río Uruguay).
En el seminario había representantes de varias ONG vinculadas al Mercosur, pero que no componen sus organismos de decisión. Allí se mezclan militantes sociales con ociosos charlistas. Alvarez, cuya sensibilidad es especial para ese tipo de público, prometió integrarlas a todos y darles más participación en las discusiones. Pero en él esas promesas no fueron demagógicas. Al contrario, parecían parte de un programa estudiado, sobre todo desde el punto de vista retórico: «Quiero bruselizar Montevideo», dijo el ex vicepresidente. Se refería a la intención de darle a las instituciones regionales con sede en la capital del Uruguay la misma dimensión, para la mayoría de los conocedores elefantiásicas, de la burocracia europea asentada en Bruselas.
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