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Cristina de Kirchner y Hugo Chávez en la principal cita de la Presidente con mandatarios en la cumbre del Mercosur. El venezolano, cuyo país aún no ingresó al sistema, trajo temas polémicos como la nacionalización de una acería y la provisión de energía.
Un rato antes de la reunión bilateral entre Cristina de Kirchner y Hugo Chávez, había comenzado la caravana aérea de los presidentes. Acaso por su apuro en dejar el poder ( intenta, por ahora sin éxito, que el Congreso acepte su renuncia para asumir como senador), el primer mandatario en llegar ayer a las 16.20 a esta ciudad fue el paraguayo Nicanor Duarte Frutos. Veinte minutos después fue el turno de Cristina de Kirchner, quien sorprendió al arribar sola: en la escala que hizo en Buenos Aires desde El Calafate dejó a Néstor, un gesto calculado para no perder más protagonismo a manos de un marido hiperactivo que la viene ensombreciendo cada vez que interviene en la puja con el campo. Oficialmente se habló del necesario viaje que hoy hará el ex presidente al Chaco para un encuentro del PJ local. Una explicación algo curiosa, ya que Resistencia está más cerca de Tucumán que de Capital Federal.
Más tarde, a las 17.20, fue el turno de llegada de Chávez. Luego, Michelle Bachelet, Evo Morales, Tabaré Vázquez y Luiz Inácio Lula da Silva. Con saco y pollera a cuadritos, blusa negra y pañuelo al cuello, Cristina llegó sonriente y, como el resto de los mandatarios, fue recibida en la pista de aterrizaje por el gobernador José Alperovich y su esposa Beatriz.
El que, como siempre, hizo un verdadero show en su arribo fue Chávez. Después de conversar animadamente y haciendo aspavientos con el gobernador y la exultante primera dama provincial, conversó unos 15 minutos con los periodistas, a quienes dejó tanto anécdotas bolivarianas de rigor como definiciones políticas de interés, entre las que se destacó un fuerte aval al gobierno argentino en su puja con el campo (ver nota aparte). Ensalzó al Che y, para incomodidad de Alperovich, hasta a la guerrilla que actuó en Tucumán, pero, rápido de reflejos, aclaró que «ya no es tiempo de fusiles sino de los pueblos».
Menos mal. Felicitó a Cristina por el último acto en Plaza de Mayo, dijo llevar en el corazón a Perón y a Evita y habló de un «eje geopolítico Caracas-Buenos Aires» (para congoja de la Cancillería argentina).
Por último, la emprendió contra las nuevas normas migratorias europeas, pidiendo reflexión a sus autoridades para, sin solución de continuidad, amenazar con «tomar medidas» en el marco sudamericano. Un consuelo: al menos no volvió a insistir con un boicot petrolero. Se ve que tenía ganas de hablar, ya que la siguió un rato después en el hotel Catalinas Park, encarando con la misma canción cada cámara que se le acercó.
Ya de noche llegó el turno de la «foto de familia» con todos los presidentes en la Casa de Tucumán y, luego, la cena de honor para 150 personas ofrecida por la Presidenta a sus invitados en la Casa de Gobierno. Los veinte minutos de recital de Mercedes Sosa, el menú de gigot de cordero con salsa de Malbec, acompañado de espárragos y zanahorias, y el brindis final con champán, ya sobre la medianoche, reconfortaron a los cansados huéspedes. Caricias reparadoras después de tanto trajín.




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