El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
De todos los columnistas del domingo, Van der Kooy es el único que avanza sobre la gran duda que existe sobre los hechos del sábado negro: ¿de qué nivel político partió la orden de desplazar a los piqueteros de Guleguaychú, detener a los activistas y llevarlos presos? La hipótesis del columnista señala al gobernador Sergio Urribarri, cercano a Cristina de Kirchner, el único mandatario provincial que cumplió la indicación de Aníbal Fernández de reprimir cortes en un país en el cual ese día había por lo menos 300 en toda su geografía.
Esa hipótesis debilita la explicación de los Fernández en casa de Gobierno, según la cual la Gendarmería actuó ante la comisión de un delito flagrante, como lo había hecho antes la Prefectura en San Nicolás.
También de todos los columnistas, éste es el más duro en calificar la situación al compararla con la de diciembre de 2001, cuando cayó el gobierno de Fernando de la Rúa. Nada puede mortificar más al matrimonio presidencial como la otra afirmación del columnista del monopolio cuando escribe que el gobierno quedó atónito con el alzamiento en todo el país en reclamo de la libertad de Alfredo de Angeli como antes le ocurrió a Néstor Kirchner ante el fenómeno Blumberg.
Van der Kooy agita la estampita de Blumberg cuando dice que De Angeli ya da instrucciones a los legisladores sobre lo que tienen que votar en el Congreso para el campo. Hubo leyes Blumberg. ¿Habrá ahora leyes De Angeli?
El resto es una descripción cruda del país hoy: parálisis en el tránsito, caída de negocios, desabastecimiento generalizado, todo con un gobierno que no ha hecho ni el mínimo gesto de acerar una solución. El remate de la columna no puede ser más desalentador para el gobierno: «La política flamea débil e impotente delante de un precipicio que asoma».
MORALES SOLA, JOAQUIN. «La Nación».
Centra la columna en dos fracasos del gobierno: 1)la caída de imagen de la Presidente, a la que considera ya incapaz de recuperarse de una formidable disipación del capital político que pudo tener al asumir; 2) el boicot de Néstor Kirchner a cualquier negociación que no remate con una rendición incondicional de los dirigentes del campo.
Ilustra lo primero en una encuesta que dice haber visto y que se publicará en los próximos días; lo segundo en el relato de algunos detalles jugosos del intento de pacificación que buscó el gobierno a través de Hugo Moyano, uno de los ministros sin cartera de Cristina de Kirchner. Como a tantos otros negociadores, lo mandaron al camionero a conversar y comer empanadas con la Comisión de Enlace del campo, le sacaron información, escudriñaron su estrategia, pero Néstor Kirchner frustró cualquier arreglo que no implicase esa rendición de las posiciones del campo.
Otro dato que aporta el columnista completa el adelanto de un regreso de Eduardo Duhalde a la actividad política: el ex presidentese reunió con 16 intendentes de Buenos Aires y con un grupo de legisladores del distrito con el propósito de disputarle al kirchnerismo la conducción del PJ bonaerense. Un partido se controla para poner candidatos; cuando se es oposición es para ganarle a quien gobierna.
GRONDONA, MARIANO. «La Nación».
Se sube de nuevo el profesor a la biblioteca para buscar inspiración en la interpretación de la vil coyuntura. Se encuentra con Alberdi e imagina que quiso un país que uniese el principio del equilibrio de poderes con el presidencialismo de tonos monárquicos que evitase la anarquía que había vivido el país desde 1820.
Los Kirchner, imagina Grondona, son víctimas del fracaso de Alberdi: la división de poderes es atropellada desde el Ejecutivo; el gobierno no puede poner orden en un país desmadrado por la pelea con el campo.
Intenta algunas hipótesis que van más allá de la personalidad del matrimonio presidencial y encuentra elementos en los que han desarrollado algunos teóricos, como el protagonismo de la muchedumbre como principal actor de la vida política (Tony Negri, por ejemplo, aunque es una lectura que no está en la bibliotecadel profesor). Grondona cree que un «poder popular» se ha convertido desde 2001 en el árbitro principal de la política argentina, reemplazando al «poder militar» que había ejercido ese rol entre 1930 y 1983. Ese poder popular que se articula en asambleas y piquetes es la madre de la anarquía que reina hoy en la Argentina.
Da mucha tela para la controversia este planteo: le responderían algunos autores que ni es nuevo el rol del «poder popular» como árbitro en sistemas democráticos. Las elecciones expresan el poder popular, y el poder militar se encargaba de que no hubiera elecciones. Otro sí: que hubiera un poder militar ¿no era en un país republicano y democrático como la Argentina un síntoma de anarquía? ¿No es una dictadura militar, aunque imponga el orden, una forma de desorden? Eso trató de expresarlo esa frase canalla que se la ha atribuido a varios autores, pero que se cristaliza en Goethe: «Prefiero la injusticia al desorden». Una falacia, porque la injusticia es una de las formas del desorden.
Inmisercorde, por lo demás, Grondona con Cristina de Kirchner: dice que pertenece a esa raza de quienes no saben nada pero no saben que no saben nada. «Es el privilegio de los ignorantes», remata.
Dejá tu comentario