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10 de julio 2007 - 00:00

Como su socio Duhalde, ahora Kirchner, alambrado en Bs. As.

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El 3 de mayo de 2004, Néstor Kirchner calificó a este conjunto de dirigentes bonaerenses como el «grupo Mausoleo». Se habían reunido para anunciar el traslado de los restos de Juan Perón a la quinta de San Vicente. Hoy todos están junto al Presidente: Jorge Obeid, Eduardo Duhalde, José Manuel de la Sota, Antonio Arcuri, Daniel Scioli, Brígida de Arcuri, José María Díaz Bancalari, Eduardo Camaño. El fin de semana, en San Luis, se juntó el otro peronismo: Carlos Menem, Alberto y Adolfo Rodríg
No es un panorama alentador para el Presidente: Kirchner vuelve, como antes Duhalde, a alambrar la provincia de Buenos Aires. Pero con los mismos efectos que en 1999: alambrado para que nadie entre ni les dispute poder, pero alambrado también para salir y buscar fortuna por el resto del país. Es la razón, entre otras, por la cual Duhalde nunca pudo ser presidente por el voto popular.

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Los dos peronismos -el que gobierna y el otro- están dispuestos a festejar el resultado del anti-congreso de San Luis. Para el kirchnerismo no puede haber mejor noticia que esta reaparición del peronismo del interior porque le permite exhibirse en el ring peleando con alguien. Antes, Mauricio Macri le impidió, al bajar a la Capital Federal como candidato exitoso, polarizar con posibilidades de dividir la cancha entre dos grandotes y dejar al resto de los dirigentes como espectadores. Del otro lado, el ex senador Héctor Maya lo ilustró con una frase rabiosa: «Acá marcamos la cancha, es Nueva Chicago-Tigre, y no entra nadie más». Le observaron que el ejemplo no era el mejor porque en esa pelea hubo un muerto. «Bueno, entonces es Boca-River, de un lado los que estuvimos con los compañeros muertos, del otro, los vivos que se quedaron con la valija y están gobernando.»

Este peronismo disidente logra desde hoy pelear la legalidad de su congreso, que no tiene peores papeles que los que puede tener un congreso kirchnerista; los dos usan listados de congresales provistos por María Servini de Cubría. Con eso espera llegar al 28 de octubre peleando con el oficialismo en tribunales y tener derecho a usar patente y símbolos partidarios, como lo hicieron las tres fórmulas o neolemas en la presidencial de 2003. Con el auxilio que da el escudito, los camafeos de Perón y Evita y la marcha, el peronismo de San Luis cree que podrá alcanzar por lo menos 20% de los votos el 28 de octubre. La fórmula que logre cerrar surgirá de un arbitraje de encuestas entre Carlos Menem, Adolfo Rodríguez Saá y Ramón Puerta, y confrontará con lo que tenga a mano con Cristina de Kirchner.

  • Acuerdo

  • Con el resto de los postulantes habrá un acuerdo de no agresión, de manera que cada cual mantenga un caudal de votos que fuerce la segunda vuelta. Con 20% del candidato peronista, el 10% que pueda sacar Ricardo López Murphy, el 10% de Roberto Lavagna, el 10% de Elisa Carrió, en una elección con 70% de los votantes, habría -según especulan los peronistas disidentes- segunda vuelta. Y en segunda vuelta, todo es posible, hasta sacarlos a los Kirchner del poder que Néstor, por lo menos, ha resignado retener.

    El gobierno festeja el gesto de San Luis porque cree que está en 2003 y puede señalar la foto de Potrero de los Funes como un tren fantasma. No tiene respuesta cuando se le indica que Kirchner ha quedado cautivo del grupo Mausoleo, de aquella foto de los ex duhaldistas en el estribo del vagón que usó Perón en campaña y que se exhibe en el museo de San Vicente. Señalan a los Menem, Puerta y Rodríguez Saá como un retrato del pasado. Kirchner rodeado de José María Díaz Bancalari, Juan Mussi, Julio Pereyra, Cacho Alvarez, Cristina Fernández, Julio De Vido, Felisa Miceli, los Fernández y Romina Picolotti son otro tren tan fantasmal como el de San Luis. Un empate técnico, por lo menos, en materia de estética política.

    El resultado de San Luis lo examina el gobierno también bajo otra luz: la principal expertise de Kirchner en el poder es la capacidad de manejar y hasta paralizar a la dirigencia. Es discutible que Kirchner gane elecciones (su partido las ha perdido todas ya este año), pero tiene un poder de hipnosis eficaz sobre los dirigentes políticos -propios y adversarios-, a quienes ha convencido de que puede ser reelecto, y que si no, la pone de candidata a la señora esposa; y que todos los demás, oficialistas u opositores, son impresentables y ni merecen existir en la política, salvo bajo su protección. Logra, y es el ejemplo más claro de ese influjo sobre los dirigentes, que Daniel Scioli admita su padrinazgo, pese a que si el vicepresidente es el mejor candidato a jefe de Gobierno porteño y el mejor candidato a gobernador de Buenos Aires, seguramente es también el mejor candidato a presidente. Kirchner lo logra manejando con eficacia -siempre entre dirigentes- imágenes, poder, chequera, manipulando encuestas y a la prensa -la maltrata con agresiones, pero también otorga prebendas a un sector de ella-, creando estereotipos y jugueteando con la arbitrariedad desde el poder para desmantelar cualquier armado, propio o ajeno, político.

    Esta respuesta del peronismo «de a pie» de San Luis quiebra ese poder porque es una respuesta de dirigentes del peronismo que confronta con la política del oficialismo, que también está encapsulada en el universo de los dirigentes. ¿Tiene votos el peronismo que se juntó en San Luis? No les importa porque el gesto es hacia adentro de la cúpula. «Acá no vino runfla -repetía Alberto Rodríguez Saá el fin de semana-; acá vinieron 1.000 que son dirigentes.» No querían tropa porque esta vez se trataba de mostrar dirigencia.

  • Esquema clásico

    El trazado que resulta de San Luis, en realidad, repone un esquema clásico en el PJ: de un lado, el peronismo de la provincia de Buenos Aires, ahora con los Kirchner a la cabeza, que depende de una esperanza blanca venida de otro distrito para mantener el poder. Del otro, el peronismo del interior, con base en distritos con menos votantes, pero con cacicazgos más sólidos. Confrontaron en 1987 esos dos peronismos y ganó el interior. En 1989 se unieron para sumar la gravitación de los grandes distritos del conurbano que intentaba dominar Eduardo Duhalde a la calidad de candidato que aportaba Menem, dueño del PJ y aliado a los caciques del interior y los sindicatos. Menem creyó que ganaba el control de todo el peronismo; Duhalde, en cambio, imaginó siempre que el peso de los votos lo aportaba Buenos Aires y que Menem apenas sumaba la pequeña diferencia que necesitó el peronismo para ganarle al resto.

    Esa foto volvió a repetirse en 1999, con Menem llegando al final de su mandato y organizando una elección de sucesión para que perdiera el peronismo de Buenos Aires, que había puesto a Duhalde como candidato. También en 2001, cuando Menem recibía en su lugar de detención a todo el peronismo del país, salvo a Duhalde, que se negaba a acercarle solidaridad alguna, aunque su adversario estuviera entre rejas por actos de un gobierno que habían compartido durante diez años.

    En 2002, Duhalde organizó los congresos del PJ con una sola intención: evitar que Menem volviese a la presidencia. Contribuyó el riojano retrocediendo en la pelea partidaria; Duhalde hizo presidente a Kirchner con una sola justificación: «Es el único peronista que no va a arreglar con Menem». Más allá de las peleas entre Kirchner y Duhalde entre 2003 y 2005, han reconstituido al peronismo bonaerense como una fuerza que busca mantener el poder. Lo trae a Scioli de otro distrito, como en 1989 lo había traído a Menem o en 1999 a Ramón Ortega. Duhalde distrajo a los peronistas disidentes de San Luis y los alentó a hacer el anti-Congreso, pero se negó a viajar y mostrarse en esa foto con amigos de toda la vida. Es la prueba de su alianza objetiva con Kirchner.

    No es un panorama alentador para el Presidente: Kirchner vuelve, como antes Duhalde, a alambrar la provincia de Buenos Aires. Pero con los mismos efectos que en 1999: alambrado para que nadie entre ni les dispute poder, pero alambrado también para salir y buscar fortuna por el resto del país. Es la razón, entre otras, por la cual Duhalde nunca pudo ser presidente por el voto popular.
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